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READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Un torbellino había entrado en la habitación y lo había dejado todo del revés. Ahora se iba posando alrededor de Alice, soltando diminutas motas resplandecientes al hacerlo.

Pasaron unos años. Ella esperó hasta estar segura de que su voz había vuelto a la normalidad.

—Palabras.

Él asintió.

Ella se quedó pensando, se secó los ojos con la mano. Se llevó la mano brevemente al pecho, esperando a que los latidos se calmaran un poco, y, cuando él vio aquello, se estremeció, como si hubiese sido él quien le había causado ese dolor.

—Supongo que puedo quedarme un rato —dijo ella.

—Café —contestó él un momento después, y le pasó la taza. Tuvo cuidado de que sus dedos no tocaran los de ella.

—Gracias.

Intercambiaron una breve mirada. Ella soltó un largo suspiro y, entonces, sin decir nada más, se colocaron el uno junto al otro y empezaron a apilar de nuevo los libros.

Había dejado de llover. El señor y la señora Brady recogieron a su hija en el Ford grande del señor Brady y aceptaron, sin protestar, a los demás pasajeros, tres niñas pequeñas que serían sus invitadas, al menos, hasta la mañana. El señor Brady escuchó el relato de las niñas, y lo de la cuerda y lo del coche de la señora Brady, y mientras él no decía nada y asimilaba la pérdida del vehículo, su mujer se abalanzó y abrazó a su hija con fuerza, quedando en un silencio muy poco propio de ella durante un rato largo antes de soltarla, con los ojos rebosantes de lágrimas. Abrieron las puertas del coche en silencio y empezaron el corto trayecto a casa mientras Beth comenzaba a recorrer a pie el camino anegado hacia su casa, despidiéndose con la mano hasta que el coche desapareció de su vista.

Margery se despertó y sintió la mano cálida de Sven entrelazada con la suya. Tensó los dedos en un acto reflejo antes de ir recuperando la conciencia y recordar todos los motivos por los que no debía hacerlo. Estaba medio enterrada en mantas y edredones y el peso de todos ellos resultaba casi excesivo, apresándola. Entonces, empezó a mover con cuidado cada dedo del pie, tranquilizada al ver la obediencia con que su cuerpo respondía.

Abrió los ojos, parpadeando, y vio la oscuridad, la lámpara de aceite junto a la cama. Los ojos de Sven se movieron hacia ella y se quedaron mirándose, justo mientras los pensamientos de ella se ordenaban hasta formar algo que tuviera sentido. Su voz, cuando habló, sonó ronca.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

—Algo más de seis horas.

Se quedó pensativa asimilando la información.

—¿Sophia y William están bien?

—Están abajo. Sophia está preparando algo de comer.

—¿Y las chicas?

—Todas a salvo. Parece que en Baileyville se han perdido cuatro casas y esa colonia junto a Hoffman ha quedado completamente destruida, aunque supongo que cuando amanezca habrá aún más. El río sigue desbordado, pero ha dejado de llover hace una o dos horas, así que podemos esperar que ya ha pasado lo peor.

Mientras él hablaba, Margery recordó la fuerza del río contra su cuerpo, los remolinos que la arrastraban, y se estremeció sin querer.

—¿Charley?

—Perfectamente. Le he estado cepillando y le he dado como premio por su valentía un cubo de zanahorias y manzanas. Ha intentado darme una coz para quitármelo.

Ella lo miró con una pequeña sonrisa.

—No he conocido nunca a ningún mulo como él, Sven. Le he exigido demasiado.

—Dicen que has ayudado a mucha gente.

—Cualquiera lo habría hecho.

—Pero no lo han hecho.

Se quedó quieta, agotada, cediendo a la presión de las mantas, al calor soporífero. Su mano, hundida bajo los edredones, se deslizó hacia el bulto de su vientre y, un minuto después, notó la agitación de respuesta que hizo que algo dentro de ella se tranquilizara.

—Y bien —dijo Sven—. ¿Me lo vas a contar?

Ella levantó los ojos hacia él, hacia su rostro bondadoso y serio.

—He tenido que desnudarte para meterte en la cama. Por fin he visto por qué me has estado rechazando todas estas semanas.

—Lo siento, Sven. Yo no quería… No sabía qué hacer. —Parpadeó para controlar unas lágrimas inesperadas—. Supongo que tenía miedo. Nunca he querido tener hijos, ya lo sabes. Nunca he sido de las que están hechas para ser madres. —Sorbió por la nariz—. Ni siquiera pude proteger a mi propio perro, ¿no?

—Marge…

Se secó las lágrimas.

—Supongo que pensé que si no le hacía caso, que con mi edad y todo eso, quizá… —Se encogió de hombros—. Se iría… —Él hizo una mueca de dolor, un hombre que no podía soportar ver a un granjero ahogando a un gatito—. Pero…

—¿Pero?

Ella se quedó un momento en silencio. Después, bajó la voz hasta un susurro.

—Puedo sentirla. Me dice cosas. Y me di cuenta allí, en el agua. No es en realidad una posibilidad. Ya está aquí. Quiere estar aquí.

—¿Sentirla?

—Sé que es una niña.

Él sonrió y negó con la cabeza. La mano de Margery seguía manchada de negro y él dejó que su dedo pulgar se deslizara sobre ella. Después, se frotó la nuca.

—Entonces, vamos a hacerlo.

—Supongo que sí.

Se quedaron sentados un rato en la penumbra, cada uno acostumbrándose a la idea de un futuro nuevo e inesperado. Abajo, Margery pudo oír un leve murmullo de voces, el tintineo de cacerolas y platos.

—Sven.

Él la miró.

—¿Crees… que todo este jaleo de las inundaciones, con tanto levantar y tirar de cosas y el agua negra…, crees que habrá perjudicado al bebé? He sentido unos dolores. Sentí un frío espantoso. Aún estoy entumecida.

—¿Sientes algo ahora?

—Nada desde…, bueno, no recuerdo.

Sven pensó su respuesta con cuidado.

—No está en nuestra mano, Marge —dijo. Envolvió con sus dedos los de ella—. Pero forma parte de ti. Y si ella es una parte de Margery O’Hare, puedes apostar a que está hecha de hierro. Si algún bebé puede salir de una tormenta como esta, será el tuyo.

—El nuestro —le corrigió ella. Le agarró entonces la mano y la metió bajo las mantas para que pudiera apoyar su cálida palma sobre su vientre mientras él no apartaba los ojos de los de ella en ningún momento. Margery se quedó inmóvil un instante, disfrutando de una profundísima sensación de paz que notó cuando la piel de él tocó la suya, y entonces, obediente, el bebé se movió de nuevo, apenas un leve suspiro, y los ojos de los dos se abrieron a la vez de par en par, los de él buscando en ella la confirmación de lo que acababa de sentir.

Margery asintió.

Y Sven Gustavsson, un hombre que no era conocido por su gran emotividad, se llevó la mano que tenía libre a la cara y tuvo que girarse para que ella no le viera las lágrimas en los ojos.

Los Brady no estaban acostumbrados a usar palabras estridentes. Aunque su unión no podría describirse como una perfecta conjunción de formas de pensar, a ninguno de los dos les gustaban los conflictos dentro de la casa y cada uno de ellos sentía un respeto tan sano por el otro que rara vez se permitían mantener una discusión abiertamente airada y conocían lo suficientemente bien las respuestas del otro después de haber pasado casi treinta años evitándolas.

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