Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Así que la noche siguiente a las inundaciones trajo una especie de impacto sísmico en el hogar de los Brady. La señora Brady, tras supervisar que se les daba de comer y beber a las tres niñas en la habitación de invitados y haber mandado a Izzy a la cama, y tras esperar a que el servicio se hubiese retirado, anunció la intención de su hija de volver al proyecto de la Biblioteca Itinerante con un tono que indicaba que no iba a aceptar más discusiones al respecto.
El señor Brady, tras pedirle que repitiera de nuevo esas palabras para asegurarse de que la había oído bien, respondió con una firmeza poco normal en él —quizá estaba crispado por la pérdida del coche y las frecuentes llamadas de teléfono que había recibido en las que le informaban de que varias empresas de Louisville se habían visto perjudicadas por las inundaciones—. La señora Brady respondió con no menos énfasis e informó a su marido de que conocía a su hija como a sí misma y nunca había estado más orgullosa de ella que ese día. Él podía sentarse y dejar que terminara convirtiéndose en una mujer encerrada en casa insatisfecha e insegura como su hermana —y todos sabían en qué había terminado eso— o animar a esa audaz, emprendedora y hasta ahora inédita versión de la niña a la que conocían desde hacía veinte años y permitirle hacer lo que más le gustaba. Y añadió, con cierto tono agudo, que si él quería hacer caso de ese estúpido de Van Cleve sobre asuntos concernientes a su propia hija, ella ya no estaba segura de quién era la persona con la que había estado casada todos esos años.
Eso era una declaración de guerra. El señor Brady recibió aquellas palabras con igual fuerza y, aunque su casa era grande, sus voces resonaron por los pasillos revestidos de madera y continuaron durante toda la noche hasta que empezó a amanecer —sin que les oyeran las niñas comatosas ni Izzy, que había caído de repente por un acantilado de sueño—. Y en ese momento, tras haber llegado a una tregua incómoda, los dos agotados por ese inesperado giro en su unión, el señor Brady anunció abatido que necesitaba cerrar los ojos, al menos, una hora, porque tenían por delante un largo día de limpieza y Dios sabía cómo se suponía que iba a poder ahora con ello.
La señora Brady, algo aplacada con la victoria, sintió una repentina ternura por su marido y, un momento después, extendió una mano conciliadora. Y así fue como, justo cuando la luz amanecía, la criada los encontró una hora y media después, aún completamente vestidos y roncando sobre la enorme cama de caoba con las manos entrelazadas.
18
Un tendero emprendedor de Oklahoma vendió recientemente dos docenas de fustas en dos días. Tres clientes, sin embargo, dijeron que las suyas las iban a usar como caña de pescar mientras que una le fue vendida a una madre que quería «dar una tunda» a su hijo.
The Furrow, septiembre-octubre de 1937
Margery se estaba lavando el pelo el domingo por la mañana, con la cabeza agachada sobre un cubo de agua caliente, escurriéndolo y retorciéndolo hasta formar una gruesa cuerda brillante, cuando Alice entró. Alice murmuró una disculpa, medio adormilada y un poco atontada —no se había dado cuenta de que había alguien dentro— y se dispuso a salir de espaldas de la pequeña cocina cuando vio el vientre de Margery, brevemente visible entre su fino camisón de algodón, y volvió a mirar, incrédula. Margery la miró de reojo a la vez que se envolvía la cabeza con una sábana de algodón y se dio cuenta. Se enderezó y se colocó la mano sobre el ombligo.
—Sí, es verdad. Sí, estoy de más de seis meses. Y ya lo sé. No formaba parte del plan, precisamente.
Alice se llevó la mano a la boca. De repente, recordó cuando vio a Margery y a Sven en el Nice ’N’ Quick la noche anterior, ella sentada encima de él toda la noche, con las manos de Sven protegiéndole el vientre.
—Pero…
—Supongo que no presté a aquel librito azul la atención que debía.
—Pero…, pero ¿qué vas a hacer? —Alice no podía apartar los ojos de aquella redondez. Le parecía irreal. Los senos de Margery, por lo que veía ahora, eran de un tamaño casi obsceno, con las venas azules insinuadas que se le cruzaban por el pecho, donde la toalla se le había caído para mostrar un trozo de piel clara.
—¿Hacer? No hay mucho que pueda hacer.
—Pero ¡no estáis casados!
—¡Casados! ¿Es eso lo que te preocupa? —Margery soltó un silbido—. Alice, ¿crees que me importa un pimiento lo que la gente de aquí pueda pensar de mí? Sven y yo estamos prácticamente casados. Vamos a criar a nuestra hija y vamos a ser más cariñosos con ella y el uno con el otro que la mayoría de los matrimonios de por aquí. La voy a educar y le voy a enseñar a diferenciar el bien del mal y, mientras ella tenga a su madre y a su padre para quererla, no veo por qué debe importar a nadie lo que yo lleve en mi mano izquierda.
Alice no podía entender cómo una mujer podía estar embarazada de seis meses y no importarle que su bebé fuera un bastardo, que incluso pudiera ir al infierno. Y, sin embargo, al ver la seguridad y la alegría de Margery, su aspecto —sí, si le miraba la cara con atención, bien podría decirse que estaba radiante—, costaba afirmar que aquello era de verdad un desastre.
Soltó un largo suspiro.
—¿Lo… sabe… alguien?
—¿Aparte de Sven? —Margery se frotó el pelo con fuerza y, después, se detuvo para comprobar con los dedos lo mojado que lo tenía—. Bueno, no es que lo hayamos gritado a voces precisamente. Pero no podré ocultarlo mucho más tiempo. Al pobre Charley le van a flaquear las patas si sigo engordando.
Un bebé. Alice se vio invadida por una compleja mezcla de emociones: sorpresa, admiración, porque, una vez más, Margery había decidido vivir su vida según sus propias normas, pero, impregnando todo lo demás, tristeza porque todo tenía que cambiar, porque quizá no pudiera volver a galopar con su amiga por las laderas de las montañas, reírse con ella entre las acogedoras paredes de la biblioteca. Seguramente, Margery tendría que quedarse ahora en casa, ser una madre como cualquier otra. Se preguntó qué pasaría incluso con la biblioteca sin Margery: ella era su corazón y su columna vertebral. Y, entonces, le vino otro pensamiento más preocupante. ¿Cómo iba a seguir viviendo ahí una vez que naciera el bebé? No habría espacio. Apenas había suficiente ahora mismo para los tres.
—Casi puedo oír tu inquietud desde aquí, Alice —gritó Margery mientras se dirigía a su dormitorio—. Y te aseguro que nada tiene por qué cambiar. Ya nos preocuparemos por el bebé cuando llegue. No tiene sentido que le des más vueltas hasta entonces.
—Yo estoy bien —dijo Alice—. Solo estoy contenta por ti. —Y deseó con desesperación que fuera verdad.
Margery bajó con el mulo hasta Monarch Creek el sábado, saludando al pasar a las familias que se afanaban en la limpieza, barrían el cieno de sus puertas y formaban montones de muebles estropeados que ya solo iban a servir para secarlos y usarlos como leña. Las inundaciones habían devastado las zonas más bajas del pueblo, hogar de las familias más pobres, probablemente las que iban a hacer menos ruido. O, en todo caso, las que iban a pasar más inadvertidas. En las zonas más prósperas del pueblo, la vida ya había vuelto casi a la normalidad.
Detuvo a Charley en la puerta de la casa de Sophia y William y se le cayó el alma a los pies al ver los daños. Una cosa era que te contaran algo y otra tener que verlo con tus propios ojos. La casita estaba en pie, a duras penas, pero al encontrarse en la zona más baja de la carretera se había llevado la peor parte de la inundación. Los postes del porche estaban agrietados y rotos mientras que las macetas y la mecedora que había antes en él habían desaparecido junto con las dos ventanas delanteras.