Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Margery se mordió el labio.
—Entonces, un viaje más.
William se movía por la habitación inundada y usaba los brazos para agarrarse a la pared, mientras trataba de acorralar algunos objetos esenciales —una sartén, una tabla de cortar, dos cuencos— que aferraba entre sus enormes manos.
—¿Esa lluvia no va a amainar?
—Es hora de salir, William —dijo ella.
—Deja que coja un par de cosas más.
¿Cómo decirle a un amputado orgulloso que no servía de ayuda? ¿Cómo decirle que el simple hecho de que estuviera ahí dentro no solo suponía un estorbo, sino que probablemente iba a ponerlos en peligro a todos ellos? Margery se guardó sus palabras y cogió la caja de costura de Sophia, se la colocó bajo el brazo y empezó a vadear por el agua hacia el exterior, donde agarró una silla de madera del porche con la otra mano para subirla al terreno seco entre gruñidos por el esfuerzo. Después, el montón de mantas, sujetas sobre la cabeza. Dios sabía cómo las iban a secar. Bajó la mirada al sentir de nuevo la aguda protesta de su vientre. El agua le llegaba ya a la entrepierna y su largo abrigo se le arremolinaba entre los muslos. ¿Diez centímetros más en los últimos diez minutos?
—¡Tenemos que irnos! —gritó mientras Sophia, con la cabeza agachada, volvía a entrar—. No hay más tiempo.
Sophia asintió con un gesto de dolor. Margery consiguió salir del agua sintiendo que la arrastraba, moviéndose insistente. Arriba en la orilla, Charley se movía nervioso, con las riendas sujetas al poste, dejando claro su deseo de alejarse de allí. No le gustaba el agua, nunca le había gustado, y ella dedicó un segundo a tranquilizarle:
—Lo sé, amigo. Lo estás haciendo muy bien.
Margery colocó las últimas pertenencias de Sophia en el montón y las cubrió con la lona impermeable mientras se preguntaba si podría llevar algunas de ellas un poco más arriba. Algo se agitó en su interior y se alarmó hasta que supo qué era. Se detuvo, se colocó la mano sobre el vientre y volvió a sentirlo, invadida por una emoción que no sabía identificar.
—¡Margery!
Se giró y vio que Sophia se agarraba a la manga de William. Parecía que había llegado una especie de aluvión y ahora estaba hundida hasta la cintura. Margery vio que el agua se había vuelto negra.
—Ay, Dios —murmuró—. ¡Quedaos ahí!
Sophia y William habían bajado con cuidado los escalones que estaban bajo el agua, cada uno con una mano sujeta a la cuerda y el brazo libre de Sophia bien apretado alrededor de la cintura de su hermano. El agua oscura pasaba a gran velocidad junto a ellos y su fuerza proyectaba en el aire una extraña energía. William miraba hacia abajo, con los nudillos apretados mientras trataba de mover su muleta hacia delante a través del río desbordado.
Margery bajó la colina medio corriendo, medio tambaleándose, sin apartar la mirada de ellos, que iban abriéndose paso en su dirección.
—¡Seguid avanzando! ¡Podéis hacerlo! —gritó resbalándose hasta detenerse en el borde. Y entonces… ¡Zas! La cuerda cedió y tanto Sophia como William perdieron el equilibrio y se vieron lanzados río abajo. Sophia soltó un chillido. Cayó de cabeza, con los brazos extendidos, desapareció un momento y, después, volvió a emerger. Consiguió agarrarse a un arbusto, con las manos bien aferradas a sus ramas. Margery corría al lado de ella, con el corazón en la garganta. Se tumbó boca abajo y agarró la muñeca mojada de Sophia. Esta soltó el arbusto para sujetarse a la otra muñeca de Margery y, un segundo después, Margery había tirado de ella y la había subido a la orilla, donde cayó de espaldas y Sophia se quedó agachada sobre sus manos y rodillas embarradas, la ropa negra y empapada y jadeando por el esfuerzo.
—¡William!
Margery se giró al oír la voz de Sophia y vio que William estaba medio sumergido, con la cara torcida por el esfuerzo mientras trataba de tirar de sí por la cuerda. Su muleta había desaparecido y el agua le llegaba a la cintura.
—¡No puedo seguir! —gritó.
—¿Sabe nadar? —preguntó Margery a Sophia.
—¡No! —gimió Sophia.
Margery corrió hacia Charley, con la ropa mojada arrastrándose a cada paso. En algún momento había perdido el sombrero y el agua le lanzaba el pelo sobre la cara, de tal modo que tenía que apartárselo constantemente para poder ver.
—Muy bien, muchacho —murmuró mientras desataba las riendas de Charley del poste—. Ahora necesito que me ayudes.
Tiró de él por la orilla hasta el agua, donde ella entró vadeándola, con la mano libre extendida a un lado para no perder el equilibrio, pisando con cuidado con sus botas por si notaba algún obstáculo. Al principio, el mulo se quedó inmóvil, con las orejas echadas hacia atrás y los ojos en blanco, pero, cuando ella tiró, él dio un paso con cautela y luego otro y, sacudiendo las orejas adelante y atrás al compás del sonido de la voz de Margery, fue chapoteando a su lado, avanzando contra el torrente. William estaba jadeando cuando llegaron hasta él, sujeto con las dos manos a la cuerda. Se agarró a ciegas a Margery, su rostro con expresión de pánico, y ella le gritó para que le pudiera oír por encima del ruido del agua.
—Agárrate a su cuello, William, ¿de acuerdo? Ponle los brazos alrededor del cuello.
William se aferró al mulo, con su enorme cuerpo apretado al de Charley, y, entre gruñidos de esfuerzo, Margery los giró a los dos bajo las profundidades de la crecida para volver hacia la orilla, con el mulo protestando en silencio a cada paso. El agua negra le llegaba a Margery ya al pecho y Charley, asustado, levantó el hocico y trató de dar brincos hacia delante. Otro aluvión de agua les golpeó y, mientras a su alrededor todo se precipitaba, Margery notó que las piernas se le levantaban y se vio invadida por un repentino terror, como si el suelo fuera a desaparecer para siempre. Pero justo cuando creía que ellos también iban a ser arrastrados, notó que sus botas rozaban de nuevo el suelo, supo que a Charley le había pasado igual y sintió que avanzaba con otro paso vacilante.
—¿Estás bien, William?
—Estoy aquí.
—Buen chico, Charley. Sigue así.
El tiempo se detuvo. Parecían avanzar por centímetros. Ella no tenía ni idea de lo que había debajo. Un cajón de madera con ropa bien doblada flotaba delante de ellos, seguido de otro y, después, un perrito muerto. Lo registraba tan solo con una parte lejana de su cerebro. El agua negra se había convertido en un ser vivo que respiraba. Se agarraba de su abrigo y tiraba de él, impidiéndole avanzar, exigiendo que se entregaran. Era incesante, ensordecedora y hacía que el miedo se le alojara, como un hierro, en el cuello. Margery estaba ahora amoratada por el frío, con la piel apretada contra el cuello castaño de Charley, la cabeza sacudiéndose contra los enormes brazos de William y toda su conciencia reducida a una sola cosa.
«Llévame a casa, muchacho, por favor».
«Un paso».
«Dos».
—¿Estás bien, Margery?
Notó la enorme mano de William sobre el brazo, agarrándola, y no supo bien si era por su seguridad o por la de ella. El mundo se había reducido hasta solo quedar William, ella y el mulo, el rugir en sus oídos, la voz de William murmurando una oración que no sabía distinguir, Charley tirando valientemente a contracorriente, su cuerpo azotado por una fuerza que no comprendía, el suelo resbalándose y desapareciendo debajo de él cada pocos pasos, y luego, otra vez. Un tronco pasó a toda velocidad al lado de ellos. Demasiado grande, demasiado rápido. A Margery le escocían los ojos, llenos de arena y agua. Apenas podía ver a Sophia, que extendía los brazos desde la orilla, como si pudiera tirar de los tres con el impulso. Desde la orilla llegaron otras voces unidas a la de ella. Un hombre. Más hombres. Ya no podía ver entre el agua de sus ojos. No podía pensar en nada, sus dedos, ahora entumecidos, entrelazados en la crin de Charley y la otra mano sobre su brida. «Seis pasos más. Cuatro pasos más. Un metro».