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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Lucas y Justino se miraron el uno al otro y soltaron una carcajada. Lucas fue el primero en serenarse.

– Mira esto -dijo extendiendo la palma de la mano-. ¡Esa comadreja me ha debido dar un mordisco!

Justino se puso de pie, todo rígido, con la agilidad propia de un hombre de más de veinte años. Se inclinó para ayudar a Nell a levantarse. Su rostro estaba tan ensangrentado y tan embarrado que Nell no podía decir si la sangre era suya o del bandido. Entonces Justino agarró la mano de Lucas y lo levantó, y quitándose los disfraces de hábitos y capuchas, avanzaron unos pasos y se quedaron de pie juntos mirando a Gilbert el Flamenco.

– Parece respirar -observó Lucas-. Podemos meterlo en la charca para que recobre el conocimiento.

Pero las pestañas del forajido se estaban moviendo. Al abrir los ojos emitió un involuntario gemido de dolor y después fijó la mirada en un rostro conocido que parecía estar flotando sobre él. Al reconocerlo, profirió un sonido de rabia, de impotencia, de un odio ardiente que le quemaba la garganta al escupir palabras de desafío, diatriba que no concluyó hasta que Jonás le obligó bruscamente a ponerse en pie.

Lucas había oído impasiblemente la invectiva delirante y venenosa del Flamenco. Pero cuando al fin se calló, al no hallar más palabras, el auxiliar del justicia sonrió.

– Tenemos un largo camino hasta llegar a Winchester, Gib. Sería imperdonable el que me olvidara de darte algo de comer en el trayecto.

Los labios de Gilbert hicieron una mueca. Estaba a punto de contestar cuando vio a Nell que había venido a quedarse de pie junto a los hombres. Gruñendo, se volvió hacia ella furioso:

– ¡Tú, perra traicionera! Pagarás por esto y desearás la muerte antes de que yo termine contigo, ¡te lo juro!

Nell se puso lívida y Justino abofeteó al Flamenco en la boca, con tanta fuerza que hizo brotar sangre de ella.

– ¡Si te atreves tan sólo a mirarla -le advirtió-, serás tú el que suplicarás morir! -Nunca creyó que podría derivar tanta satisfacción de pegar a un hombre que no se podía defender. Rodeó los hombros de Nell con su brazo y le dijo-: Vamos, muchacha. No hagas caso de sus bravatas. Un hombre sentenciado a muerte no te puede hacer ningún daño.

Pero antes de que se pusieran en marcha, el forajido gritó:

– ¡Espera! -Cuando Justino se volvió, le dijo-: Eres tú, otra vez, el hombre del camino de Alresford. Sé por qué ese maldito justicia me siguió a Londres. Pero ¿por qué tú? Tengo derecho a saberlo. ¿Quién eres tú?

Justino le miró, recordando aquel encuentro por azar la mañana del día de Epifanía. Pareció casual y, sin embargo, había cambiado sus vidas dramáticamente poniéndolos a ambos en un sendero que terminaría en la corte de la reina y en la horca.

– Soy un amigo de Gervase Fitz Randolph -contestó.

– Dices eso como si significara algo para mí.

Justino estaba indignado.

– ¿Asesinas a un hombre y después te olvidas de ello?

La boca del Flamenco estaba amoratada y llena de sangre, pero su sonrisa era gélida.

– ¿Para qué me voy a molestar en recordar los nombres de todos? -dijo.

17. CÁRCEL DE LONDRES

Marzo de 1193

La luz de la antorcha caía de lleno en un rostro que ni los que más le conocían habrían podido reconocer. Era el rostro del Flamenco. Un ojo lo tenía cerrado e hinchado y la mandíbula grotescamente inflamada y amoratada de cardenales. Esas eran las magulladuras que había recibido en la pelea en Smithfield. La sangre que todavía le salía de la nariz era reciente porque Jonás le acababa de dar un puñetazo. Necesitó un instante para recobrar el aliento y, cuando lo hizo, escupió otra obscenidad. Jonás se adelantó de nuevo, pero esta vez Lucas lo apartó.

– Deja que el hijo de puta se desangre -dijo-; mientras, nosotros seguiremos hablando. -Sujetando el brazo de Jonás, lo llevó al calabozo y cogiendo otra vez la antorcha, Justino lo siguió.

A Jonás la actitud de Lucas le desagradó.

– ¿Por qué me has detenido? -preguntó.

– Si lo que querías era golpear por el placer de hacerlo, a mí eso no me importa. Pero si estás aún tratando de hacerle que hable, eso es una pérdida de tiempo. -Lucas echó una ojeada a sus nudillos despellejados y arañados e hizo una mueca-. Es desgraciadamente evidente que no vamos a sacar nada de él.

– Dame una hora a solas con él y ya veremos lo que pasa.

Era la primera vez que Justino había oído a Jonás recurrir a bravuconadas, pero como sus interrogatorios habían fracasado, empezaron a manifestarse fisuras en el comportamiento generalmente ecuánime del sargento. Su cólera era comprensible; Justino se sentía igualmente frustrado. Era como si estuvieran metidos en el sangriento y prolongado asedio de un castillo, escalando los muros exteriores y abriéndose camino hasta llegar por la fuerza al patio interior, para descubrir, una vez allí, que el castillo era impenetrable e inexpugnable al asalto.

– No dudo de tus poderes de persuasión, Jonás -dijo Lucas, sonriendo forzadamente-. Yo también puedo ser persuasivo, o al menos eso me dicen. Pero hay hombres, afortunadamente pocos, a los que no se puede quebrar. Morirán, pero eso es lo único que harán por ti. Y no me digas que no te has tropezado con ninguno de ellos porque no te voy a creer. Podemos golpear al Flamenco hasta desangrarlo. Podemos convertir los días que le queden en este mundo en un infierno en la tierra que tan ciertamente merece. Y finalmente podemos mandarlo a la horca. Pero lo que no podemos lograr es hacerle hablar.

Justino había llegado ya a la misma desalentadora conclusión. Mirando de reojo a Jonás vio que el sargento lo sabía también, aunque no estuviera dispuesto a admitirlo.

– Antes de aceptar la derrota, vamos a intentarlo otra vez -dijo.

Encadenado a argollas de hierro fijas en la pared, Gilbert se estaba hundiendo, tanto que las esposas se le clavaban en las muñecas. Estaba todavía sangrando del último golpe que le había asestado Jonás y su respiración era dificultosa y entrecortada. Cuando Justino dejó que la luz de la antorcha iluminara ese rostro apaleado e hinchado, no logró sentir ni la más mínima compasión. ¿Qué compasión había mostrado Gilbert por Kenrick, acorralado en el desván del molino?

– Tu obstinación te está haciendo sufrir innecesariamente la tortura a la que te estamos sometiendo, Gilbert. Sabes que tu destino es la horca. ¿Por qué prolongar tus sufrimientos en la poca vida que te queda? ¿Por qué no nos dices lo que queremos saber? Contesta a nuestras preguntas y te dejaremos en paz.

El Flamenco levantó la cabeza. Cuando habló, la voz que salió de su garganta era ronca, áspera, discordante y llena de odio.

– ¡Que os pudráis en el infierno…!

Justino temía decírselo a Leonor, pero la reina lo tomó mejor de lo que él esperaba. Aparentemente debía de haber tenido la oportunidad de conocer a lo largo de su vida a hombres a los que no se podía quebrar, porque no pareció sorprendida por la negativa del Flamenco a cooperar. Y cuan do Justino terminó de presentar su informe, Leonor dijo algo que más tarde le parecería extraño a Justino y le recordaría sus sospechas iniciales sobre los motivos de la reina.

– Bueno, tal vez no esté de Dios que se sepa la verdad -dijo suavemente.

– ¿Señora?

– No tiene importancia. Estaba simplemente pensando en voz alta, preguntándome si esto quería decir que el secreto del Flamenco debía morir con él. ¿Era él nuestra última esperanza? ¿Qué ha pasado con esa mujer?

– Hasta ahora Nora ha escapado de nuestra persecución. Cuando los hombres del sargento llegaron para arrestarla, se había ido ya llevándose con ella algunas de sus pertenencias. La han estado buscando por toda la ciudad, pero hasta ahora no han tenido suerte. Aun en el caso de que se la coja, dudo que nos sirva de ayuda. No veo la razón para que el Flamenco le contara nada del asesinato que había cometido en Winchester. No es el tipo de hombre a quien le guste presumir de sus crímenes en la cama o revelar secretos que puedan usarse más adelante en su contra.

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