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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Se lo contaba al público con tal elocuencia, producto de la bebida, que el auditorio profería murmullos de admiración.

En medio de toda esta bulliciosa y caótica conmoción, Jonás parecía una balsa de aceite, observando las fiestas desde una mesa en un rincón con una gran jarra de cerveza llena hasta el borde y una risa sardónica. A Justino no le sorprendió que estuviera solo. Los clientes de la taberna habían aceptado a Lucas porque sus poderes eran reconocidos en más de setenta millas de distancia. Pero Jonás era la ley de la localidad y por lo tanto representaba una amenaza inmediata. Hasta aquellos con una conciencia impoluta se inquietaban cuando el sargento se inmiscuía en su mundo.

Abriéndose paso entre los parroquianos, Justino cogió un vaso vacío de una de las mesas y se encaminó adonde estaba Jonás. Si Ellis sabía lo de Claudine, eso quería decir que lo sabía toda Gracechurch Street también. Pero Justino estaba seguro de que a Jonás le importaba muy poco el cotilleo, por muy escabroso que fuera. Jonás demostró que esto era cierto al no manifestar la menor sorpresa cuando apareció junto a la mesa del sargento.

– Necesito hablar contigo, Jonás -dijo Justino cogiendo la jarra de vino que le deslizó el sargento por la mesa y sirviéndose una generosa cantidad-. No podemos esperar a que Sampson aparezca por iniciativa propia, tenemos que sacarlo nosotros de su escondrijo y eso lo antes posible. ¿Tienes alguna idea?

Jonás se encogió de hombros.

– El justicia no me paga para tener ideas.

– ¡No hagas eso! -Justino, enfadado, se inclinó sobre la mesa-. No te comportes como si esto no te importara nada, porque sé que sí te importa. Tú no quieres, como no lo quiero yo, que Sampson esté merodeando por las calles de Londres. Así que ¿cómo vamos a encontrarlo?

Jonás se recostó en su asiento, mirando a Justino con un destello de regocijada aprobación.

– He de mostrar mi agradecimiento a quien puso un abrojo debajo de tu montura. Es siempre útil tener aliados tan inquebrantables. Podemos empezar haciendo circular el rumor de que recompensaremos en metálico a quien nos dé información sobre Sampson. Después podemos…

– ¿Qué estás haciendo aquí, De Quincy? -Tambaleándose al llegar a la mesa, Lucas cayó sentado, riéndose, en el asiento más próximo-. ¿Por qué no estás en la casita, echándole leña al fuego?

Justino le dirigió al auxiliar una mirada tan hostil que Lucas pestañeó y después simuló estremecerse.

– ¡Oh, oh!, ¿así es como van las cosas? Bueno, pues aquí tengo la cura para lo que te aqueja. Bébetelo, muchacho. Tal vez no puedas ahogar tus penas, ¡pero sin duda alguna podrás remojarlas!

– No recuerdo haberte pedido consejo, Lucas -dijo Justino de manera tan cortante que desapareció la sonrisa en los labios del auxiliar. Antes de decidir si debía ofenderse o no, Jonás tomó la decisión por él.

– Si yo quiero ver pelearse a un par de gallos jóvenes, voy a una pelea de gallos. Estábamos hablando de la manera de hallar una pista para localizar a Sampson, Lucas. ¿Tienes alguna sugerencia?

– No; así de pronto, no. Sois un par de masoquistas, vuestra entrega al deber es realmente de mal gusto. ¿Es que no sois capaces de descansar una noche y dedicarla a celebrar lo que hemos logrado? El Flamenco era una auténtica amenaza. ¿Pero Sampson? No fue capaz de burlar a ese perro tuyo trastornado, De Quincy. Creedme, es sólo cuestión de tiempo hasta que él mismo meta la pata. Tened paciencia. En cuanto a mí, lo que quiero es cerveza.

– Toma la mía -dijo Justino, empujando el vaso hacia el auxiliar del justicia-. Puede que tengas razón, Lucas. Consideremos lo que sabemos de ese hombre. Está solo en una ciudad desconocida y se le está acabando el dinero. No es el tipo que se ponga a buscar trabajo. ¿Lo es?

– Ese patán no ha trabajado ni un solo día en toda su vida. Lo único que sabe hacer es robar.

– Exactamente. Pero ¿creéis que a un desconocido no muy espabilado le va a ir bien en Londres? ¿O es más probable que meta la pata y cometa un delito? Tal vez lo hemos estado buscando en lugares inapropiados. En lugar de buscarlo por las calles, ¿por qué no por las cárceles?

Lucas lo miró fijamente y una lenta sonrisa le iluminó el rostro.

– ¿Por qué no se me habrá ocurrido eso a mí? ¡Demos al diablo lo que se merece, Jonás, porque la idea de De Quincy es fabulosa!

– Yo no iría tan lejos -dijo el sargento, lacónico como de costumbre-. Pero es algo más que prometedor. -Y saliendo de la boca de Jonás, Justino sabía que esas palabras eran ciertamente elogiosas.

Su sueño remojado en cerveza había proporcionado a Justino un breve alivio. Pero se despertó por la mañana con una resaca y una avalancha de recuerdos, despiadadamente vividos, de la traición de Claudine.

Sus otros recuerdos de la noche anterior eran más confusos. Recordaba, eso sí, el ser el desagradable centro de atención. Una vez que se hizo evidente su presencia, todo el mundo quería darle la enhorabuena. Pero querían también gastarle bromas con la mujer que tenía escondida en la casita de Gunter, y sus bienintencionadas mofas echaban sal sobre una herida abierta y sangrante.

Fue Lucas quien le rescató inesperadamente, desviando la conversación de compañeras de lecho a asesinatos y tumultos. Lo último que recordaba Justino era al auxiliar del justicia rodeado de admiradores en la taberna, todos ellos escuchando ávidamente su fascinante y espeluznante relato de la sangrienta carrera del Flamenco. Después de eso, Justino decidió seguir bebiendo hasta perder la noción del tiempo/y lo consiguió.

Incorporado en la cama, descubrió que estaba todavía completamente vestido, con botas y todo. Un gruñido procedente del camastro del suelo le informó de que Lucas se estaba moviendo y un «¡Santo Cristo!», de que el auxiliar estaba demasiado débil para lograr quitarse de encima a Shadow. Levantándose con dificultad, Justino se tam baleó hasta llegar a la mesa y vio que el agua en su jarra se había helado durante la noche, porque tanto Lucas como él habían estado demasiado borrachos para encender un fuego.

– Me sabe la boca -dijo- a cinco millas de un mal camino. Y no tenemos nada que beber en toda la casa. Tenemos que ir al otro lado de la calle.

– Tú vas -masculló Lucas, con el brazo doblado sobre los ojos para protegerse de la luz del día-. Yo abriré una venta…

Justino estaba buscando su manto y por fin lo encontró hecho un ovillo en el suelo, que había servido de cama a Shadow durante la noche.

– Cuando vuelva del retrete -dijo-, iré a buscar algo de cerveza para los dos. Dicen que eso sirve de ayuda… -Pero como la cama era más atractiva y estaba más cerca que la letrina y que la taberna, la elección recayó en ella.

Cuando se volvió a despertar, tuvo la sensación de que tenía la cabeza como un tambor. Pasó un momento de ofuscamiento hasta que se dio cuenta de que los golpes procedían de la puerta. Cruzando a tientas la habitación, corrió el cerrojo y entró en la casa tal resplandor de la brillante luz del sol que le dejó medio ciego.

– ¿Todavía en la cama? -Pasando con aire despreocupado por delante de Justino, Jonás miró hacia abajo y vio el cuerpo postrado de Lucas. Meneó la cabeza-. Tal vez, muchachos, no deberíais beber más que leche de ahora en adelante.

– La mayoría de la gente no viene de visita hasta pasada la madrugada, Jonás -Justino se apoyó contra la pared, preguntándose cómo el sargento había podido beber tanta cerveza y que apenas se le notara. No le pareció justo.

– ¿Madrugada? Son casi las doce. -Jonás le dio a Lucas una patada con la punta de su bota-. ¿Tienes agua para que podamos echársela encima?

– Haz eso y date por muerto -advirtió Lucas, aunque su amenaza habría tenido más efecto si no hubiera estado tan liado entre las mantas, dando la impresión de que estaba arrebujado en su propia mortaja-. Vete de aquí, Jonás.

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