El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– ¿Y el compinche del asesino?
– No creo que sea un hueso tan duro de roer, señora… -Justino estaba tratando de dar la impresión de que este problema no era difícil de resolver, pero no pudo por menos de añadir un comentario pesimista-: si lo encontramos.
– No debéis ser tan pesimista -dijo Leonor, después de clavar sus ojos en los de Justino-. Al menos el Flamenco no podrá ya perpetrar más crímenes. Decís que ha asesinado a cinco personas, ¿no es así? Pero el verdadero recuento de sus víctimas es probablemente el doble. Tal vez no hayáis logrado conseguir las respuestas que estábamos buscando, pero indudablemente habéis salvado unas cuantas vidas.
Justino asintió gravemente.
– Pero yo quería también las respuestas.
Sus ojos se encontraron y mantuvieron firme la mirada.
– Yo también -dijo ella-. Así que seguid las huellas. La caza no ha terminado todavía.
Los elogios de Leonor no mitigaron la desilusión de Justino ni su generosidad le hizo sentirse menos desanimado. La había defraudado. Por mucho que racionalizara el fracaso de conseguir que el Flamenco hablara, siempre llegaba a la misma conclusión: la reina había confiado en él y él la había desilusionado. Ya no ser que pudieran encontrar a Sampson, nadie más que Gilbert sabría si había estado al servicio del rey de Francia.
Claudine estaba esperándole cuando salió de la gran cámara de la reina.
– ¡Tienes un aspecto terrible! -dijo.
Justino sonrió irónicamente.
– Lo sé. Pero he pasado la mayor parte de la noche en la cárcel y he ido a casa sólo unos momentos para asearme.
Ella le tocó el cardenal de la mejilla.
– ¿Fue el asesino quien te hizo esto? ¿Le cogisteis? -Cuando asintió, Claudine le cogió del brazo llevándole a la relativa intimidad del hueco de una ventana-. Entonces, ¿por qué no estás contento?
– Es una historia larga y penosa -contestó a sabiendas de que era una evasiva-. No es necesario que te preocupes pensando en ella.
Claudine movió la cabeza en un gesto de reproche.
– En lo que sí estoy pensando, al oírte, es en esas personas reticentes y misteriosas que se cierran al tocarlas, como los moluscos. -Sus dedos siguieron tocando la mejilla amoratada de Justino-, ¿Sabes lo que creo que necesitas? Me necesitas a mí. ¿Hay alguna probabilidad de que te deshagas por unas horas de ese amigo inoportuno?
– Supongo que puede pasar la noche en la fragua con Gunter. Pero, ¿y la reina?
– La persuadiré -dijo Claudine, y sonrió-. Te habrás dado cuenta de que siempre consigo lo que quiero.
Justino sonrió también y su humor empezó a mejorar.
– Puedo con mucho gusto ser testigo de ello -contestó- y nada me complacería más que continuar prestando testimonio, cuanto antes mejor.
Claudine le guiñó un ojo.
– Espera aquí, que voy a hablar con la reina. Volveré enseguida.
Justino se sentó en el antepecho de la ventana esperando el regreso de Claudine. Pero tan pronto como desapareció en los aposentos de la reina, la puerta del gran salón se abrió de par en par para dejar entrar a Durand. Justino se puso rígido. Esta era la primera vez que veía a Durand en la corte desde que confió sus sospechas a Leonor. No tenía la menor idea de qué tipo de disciplina había impuesto a su traidor caballero, porque no le había dicho nada más al respecto. Pero era evidente que Durand había perdido el favor de la reina, pues no había otra razón que justificara la mirada de furia que se retrató en su semblante al ver a Justino.
Éste se levantó lentamente mientras el otro se acercaba a él. Estas últimas semanas le habían enseñado que no todas las guerras se libraban en el campo de batalla y una de las lecciones que había aprendido era ser el primero en atacar y en hacerlo deprisa.
– Me sorprende veros aquí, lord Durand. Creí que os habríais ido a Francia con lord Juan.
Los ojos de Durand eran de un color azul como los de los vikingos, inescrutables y fríos.
– No sería mala idea el que vos pensarais también en pasar una temporada en Francia, De Quincy. Si yo estuviera en vuestro lugar, cabalgaría al puerto más próximo, como si mi vida dependiera de ello.
– Esas palabras suenan como una amenaza. Pero estoy seguro de que las decís con la amistosa intención de prevenirme, ¿no es así?
– Por supuesto. Después de todo, me habéis dado suficientes motivos para albergar sentimientos amistosos hacia vos -dijo Durand, con una sonrisa taimada-. Si no hubiera sido por vos la reina habría continuado recibiéndome como a cualquier otro de sus caballeros, uno entre muchos. Y eso ha cambiado por completo, gracias a vos.
– El placer es mío -dijo Justino, y la sarcàstica cortesía de Durand se astilló en fragmentos como si hubiera sido puro hielo.
– Algunos placeres pueden ser perjudiciales para la salud de un hombre -añadió- y otros hasta pueden resultar fatales. -Fue él quien dijo la última palabra, porque en ese mismo momento giró sobre sus talones sin esperar la respuesta de Justino.
– ¿Justino? -Los ojos de Claudine estaban abiertos como platos y sus cejas arqueadas hacia donde le nacía el cabello-. ¿De qué se trata todo esto? Yo ni siquiera sabía que conocías a Durand. ¿Qué ha ocurrido para que sintáis tal hostilidad mutua?
– A mi manera le he acusado de ser el lacayo de Juan, y no le ha gustado.
– ¡No cabe duda de que te gusta jugar con el peligro! Afortunadamente -añadió-, los hombres temerarios me resultan irresistibles.
Justino sonrió, y mantuvo la mirada en la silueta de Durand a medida que se alejaba.
– Me advertiste que tuviera cuidado con Juan, y con razón. Pero ¿por qué he de otorgar el mismo respeto al Príncipe de las Tinieblas y a uno de sus subalternos?
– Estás equivocado -dijo ella con tal vehemencia que Justino la miró sorprendido-, Juan es ciertamente peligroso, pero surgen de vez en cuando destellos de luz en las oscuras profundidades de su alma. -Los labios de Claudine se curvaron ligeramente, sugiriendo una sonrisa porque no podía permanecer seria mucho tiempo-. Después de todo, Lucifer es el ángel caído. Pero buscarás en vano destellos de luz en la oscuridad de Durand, Justino; No es hombre que uno quiera como enemigo.
– Lo quiera o no lo quiera, lo tengo ya. -A Justino le conmovió la inquietud de Claudine, pero no tomó las amenazas de Durand con tanta seriedad como ella-. ¿Cómo podía ser el caballero un enemigo más peligroso que el Flamenco?
Sacudiéndose el pelo sobre los hombros, Claudine estiró su cuerpo con tal sensualidad que Justino hizo una pausa en el acto de servir el vino.
– Una curiosidad exagerada no es lo único que tienes en común con los gatos -dijo en un alarde de admiración-. Te mueves también como ellos.
– Espero que eso lo estés diciendo como un cumplido. La mayoría de las personas creen que los gatos sólo sirven para cazar ratones y prestar servicios a las brujas, pero a mí me gustan, así que agradezco tus palabras. -Cuando le entregó la copa de vino, se volvió a recostar entre sus brazos-. Es más, soy también capaz de ronronear.
– Y de arañar.
Claudine se sonrió mirando el fondo de la copa.
– Espero que eso no sea una queja.
– No, creo que estaba presumiendo -dijo Justino y ella se rió y después le ofreció la copa.
– Bebe, amor mío -le instó-. Vas a necesitar todas tus fuerzas esta noche.
El se echó a reír también.
– Eres una moza desvergonzada. Eso me gusta.
Le pidió la copa y derramó deliberadamente vino sobre su pecho, y en la lucha erótica que siguió se derramó el resto del vino. Después de discutir juguetonamente acerca de quién iba a traer la jarra, Justino se tiró de la cama tiritando, porque la lumbre no emitía mucho calor.