El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– Ha sido una suerte que la copa se haya derramado sobre la paja del suelo -dijo con fingida severidad- porque no tengo más que un juego de sábanas.
– ¡Si no hubieras empezado a retorcerte como una anguila, yo lo habría lamido! -dijo Claudine con un mohín, y levantando la colcha, dio unos golpecitos a la cama, invitándole a que volviera a meterse en ella-. Date prisa, me estoy quedando fría. Quiero que me calientes, ¡Cielo santo!
– ¿Qué pasa? -Miró alrededor de la cabaña, sorprendido al no encontrar razón alguna para su exclamación.
Claudine estaba mirando el enorme cardenal de su cadera izquierda.
– ¡Yo no he podido hacer eso! ¿Fue el hombre que capturaste ayer? ¿El asesino?
Justino asintió y se subió rápidamente a la cama, dándole a Claudine su copa, que había vuelto a llenar. Bebiendo el vino a sorbos, exploró las moraduras y cardenales de su cuerpo con dedos de tacto suave y un ligero ceño que arrugaba su frente. ¡Olvida lo que te dije de que cortejabas al peligro! ¡Te lo has metido en tu misma cama!
– ¿Así que el peligro es una mujer? Yo siempre lo creí también así.
Continuó examinando sus contusiones, sin sonreír.
– No estoy hablando en broma, Justino. Te podían haber matado. Y esto no ha terminado todavía, ¿no es así?
– No -confesó él-, no ha terminado. -Apagados los últimos destellos de la unión amorosa, la realidad hizo su aparición una vez más. ¿Cómo iban a encontrar a Sampson? Y aunque lo encontraran, ¿cómo le iban a hacer hablar?
– Esa maldita carta estaba manchada de sangre -dijo Claudine de repente, y frunció el ceño al notar la mirada de sorpresa de Justino-. Naturalmente, he sacado la conclusión de que la carta es el meollo del asunto, Justino. Eso es evidente. Tú no conocías aún a la reina, porque fui yo quien te tuvo que ayudar a conseguir una audiencia con ella, ¿no te acuerdas? Así que el contenido de aquella carta tenía que ser muy importante, porque fue la razón por la que te admitió a su servicio. No me vas a insultar ahora con una negación falsa, ¿verdad?
– No -contesto él-, no lo voy a hacer.
– Bien -continuó Claudine, más calmada-. Eso era fácil de adivinar. Pero lo que no comprendo es cómo la carta puede estar relacionada con la persecución de este asesino.
Su voz había subido de tono y era inquisitiva, y él se llevó la mano de ella a la boca, besándole los dedos.
– Eso no te lo puedo decir, amor mío.
– ¿Por qué no? Puedes simular que esto es una iglesia y yo soy tu confesor -sugirió con picardía-. Cualquier cosa que me cuentes no saldrá de esta cama, porque yo nunca he traicionado la santidad del confesionario.
Justino estaba riéndose otra vez.
– Escucha, mi hermosa blasfema, te lo contaría si pudiera. Pero éstos no son mis secretos, así que no tengo derecho a revelarlos, ni siquiera a ti.
– Sí, es verdad, me estoy entrometiendo -confesó-. Y no puedo negar que tengo curiosidad porque ¿quién no la tendría? Forman, después de todo, una pareja muy extraña la reina de Inglaterra y un asesino de Winchester. Es natural que me sienta intrigada por una asociación como ésta. Pero no es sólo curiosidad.
Sus ojos se detuvieron un momento en el morado que tenía en la mejilla.
– Justino, estoy preocupada por ti. Te han tendido ya dos emboscadas, y es posible que la próxima vez no tengas tanta suerte. No sé qué información esperabas extraer de ese forajido, pero sé que no la has conseguido. Tú mismo lo reconociste al decir que «no todo ha terminado». ¿Qué vas a hacer ahora? Necesito saber si vas a volver a arriesgar tu vida. ¿Por qué no me puedes decir al menos eso?
Los sentimientos de Justino por Claudine habían oscilado entre la pasión y la protección, entre querer protegerla y desear llevársela a la cama. Sus emociones las había complicado ahora un brote repentino de ternura, un sentimiento que raras veces había experimentado. Acercándose hacia ella le acarició la mejilla y Claudine cerró los ojos, y sus labios se entreabrieron, tentadores.
Él no la besó, porque en aquel mismo momento se dio cuenta del posible significado de sus palabras. Había descrito a Gilbert como un «asesino de Winchester». El nunca le había contado eso, ni siquiera había mencionado el nombre del Flamenco. ¿Cómo lo sabía?
Deslizó los dedos por sus mejillas y los posó en su garganta. Ella sonrió sin abrir los ojos y apareció uno de sus hoyuelos. Buscando en la oscuridad la copa de vino, Justino la bebió de un trago pero seguía sintiendo un frío intenso por todo el cuerpo, que le calaba hasta los huesos. Sólo unas cuantas personas estaban enteradas de que la procedencia de Gilbert era Winchester. Leonor, Will Longsword, Lucas, Jonás, Nell y Juan. Juan lo sabría porque Durand le habría contado todo lo que había averiguado en sus viajes de espionaje a Winchester.
«Tendré que buscar en otra parte.»
Las palabras de Juan parecían resonar en la paz del cuarto. Justino había sospechado de Lucas. ¿Debería haber echado sus redes más cerca? ¿Podía ser Claudine la espía de Juan?
Hasta aquel momento no supo que el peor dolor no tenía que ser el dolor físico, que podía estar totalmente disociado de huesos rotos o derramamiento de sangre. ¿Le había tentado ella a compartir su lecho a petición de Juan? Todas esas preguntas acerca de su pasado, tan suavemente insistentes, preguntas a las que cualquier mujer desearía recibir respuestas de su amante. Dios mío, ¿habría estado Claudine riéndose de su inocencia desde el primer momento?
– ¿Estás otra vez inmerso en ese misterioso y hermético silencio? -le preguntó Claudine-. Yo no espero ni mucho menos que traiciones la confianza que ha depositado en ti la reina. Yo tampoco lo haría. Pero veo lo preocupado que estás. Mantén secreto lo que debas mantener, pero no me excluyas por completo. Déjame que te ayude, Justino.
Parecía muy sincera. La mirada de sus hermosos ojos oscuros no temblaba y era tan confiada e inocente como la de una gacela. ¿Podía estar seguro él de que no se le había escapado ninguna alusión al Flamenco? ¿Estaba siendo terriblemente injusto con ella? Pero contaba tal vez demasiado. Tenía que saber la verdad. Tenía que saberla.
– Tienes razón, Claudine -dijo, preguntándose si su voz sonaba tan tensa a los oídos de ella, como sonaba a los suyos-. Tal vez pueda servirme de ayuda el hablar acerca de esto, y ¿en quién puedo confiar si no es en ti? Pero tienes que darme tu palabra de que mantendrás en secreto todo lo que te diga. Hay más en juego de lo que, a mi parecer, crees tú.
– Lo prometo -respondió inmediatamente Claudine-. Por supuesto que lo prometo.
– Te hablaré entonces del contenido de esa carta. Se refiere al hijo de la reina. Es muy posible, Claudine, que el rey Ricardo haya muerto.
Claudine exhaló un grito ahogado.
– ¡Oh, no! ¿Qué le ocurrió?
– Su barco naufragó en el viaje de regreso a Inglaterra desde Tierra Santa. La carta era de uno de sus compañeros de a bordo. En ella se cuenta que hubo pocos supervivientes y que el rey no se encontraba entre ellos.
– ¡Dios mío! -Claudine parecía realmente afectada-. Nada podía causarle a la reina un dolor semejante a ese dolor. Ricardo ha sido siempre el preferido de sus hijos. ¿Cómo ha podido mantener esa pena encerrada en lo más profundo de su ser? Porque se ha comportado como si nada hubiera pasado…
– Porque no está dispuesta a creerlo, al menos hasta que no se sepa con seguridad si es cierto o no. Esta es una de las razones por las que quiere mantenerlo en secreto. Está esperando la confirmación y al mismo tiempo el desmentido. Pero yo he leído la carta y no tengo la menor duda de que el hombre estaba diciendo la verdad.
Apuró la copa y le quedó en el paladar un regusto a vinagre.
– ¿Te das cuenta ahora de por qué no quería hablar de ello, Claudine, y de la razón por la que te he pedido el más absoluto secreto?