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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Tenía amigos. Levantando el mentón, caminó bien erguida y avanzó hacia Gilbert el Flamenco.

Nora hizo las presentaciones. Nell esperó, nerviosa, a ver qué hacía la otra mujer. Supondrían que ella no querría detenerse mucho. Después de todo, el Flamenco era un criminal muy buscado por la justicia y Nora había mostrado hasta ahora un saludable interés por su propio bienestar. Pero si se equivocaban en sus conjeturas, esto pondría en peligro la parte siguiente de su plan. ¿Qué pasaría si Nora recordaba a Aldred? Nell contuvo el aliento, exhalándolo después con un sonoro suspiro, mientras Nora le daba un beso a Gilbert en la mejilla, saludaba despreocupada con la mano y se marchaba a paso ligero sin mirar atrás.

Gilbert examinó a Nell con detenimiento y cuando ella se empezó a mover, inquieta, ante la persistencia de su escrutinio, él dijo fríamente:

– Pareces estar nerviosa, Bella.

– ¿Nerviosa? Estoy medio muerta de miedo, y ¿a quién puede sorprenderle esto? ¡No puedo decir que tenga mucha práctica en estas cuestiones!

A él pareció divertirle su reacción.

– ¿Quieres decir que éste es el primer marido a quien has planeado matar?

Nell se estremeció porque había vuelto a usurpar la personalidad de Bella y a Bella le habría ofendido esto.

– ¿Es necesario ponerlo de manera tan… tan cruda? No es tan sencillo como lo pones. ¿No te ha contado Nora que me maltrata y…?

– ¿Y qué te hace pensar que a mí me pueda importar eso? Tus razones para hacer lo que quieres hacer quedan entre Dios y tú. Justifícaselo a Él si puedes hacerlo, pero no a mí. Lo único que yo quiero saber es si me puedes pagar lo que pido. Supongamos que me lo dices ahora.

La boca de Nell estaba totalmente seca. No había visto nunca ojos como los del Flamenco. Oscuros, acerados, relucientes, le parecían a ella unos ojos muertos, como los ojos de las serpientes que Justino contaba que Gilbert utilizaba en sus crímenes.

– No tengo dinero propio -dijo con voz quebrada-. Pero mi marido tiene mucho. Tiene que tenerlo, porque no gasta un céntimo. Lo guarda en un cofre de hierro en su tienda. Supongo que cree que ahí está más seguro que en casa, porque tampoco me deja la llave. Pero le he visto abriéndolo y hay allí un montón de monedas, tal vez hasta veinticinco chelines. Así que podemos repartirnos el dinero. La mitad para ti y la otra mitad para mí. Eso me parece justo.

El Flamenco torció una de las comisuras de sus labios.

– Muy justo.

Nell sabía perfectamente por qué había manifestado tan pronto su aprobación: porque tenía intención de quedárselo todo él. Pero la infeliz y desvalida Bella sí se lo habría creído, así que sonrió y asintió, aliviada de que hubieran llegado tan pronto a un acuerdo.

– La manera más fácil -dijo él- sería simular que tu marido fue asesinado en el curso de un robo en su tienda. Pero el oficial o el dependiente, ¿duerme allí por las noches?

– No. Abel insistió en cobrarle un alquiler y él prefirió encontrar una habitación en otro sitio. ¿Nora le habló de Joel?

Sus ojos brillaron como si estuviera perfectamente enterado del asunto y lo hicieron tan lascivamente que Nell se sonrojó.

– Sé que te has estado metiendo en su cama siempre que has podido, si eso es lo que me quieres preguntar. Pero lo que me sorprende es que no acudieras a él en vez de a mí. ¿Por qué no pedirle a él deshacerse del incómodo marido?

– ¡Nunca habría podido hacer eso! -Nell hizo lo posible para aparecer horrorizada-, Joel no tomaría jamás parte en un crimen, por mucho que me ame. No entra en su manera de ser. -Vio la insinuante sonrisa de suficiencia del forajido y contuvo su propia sonrisa, una sonrisa de victoria, porque éste iba a ser el último clavo en el ataúd del Flamenco. Le interesaba cometer este crimen porque se estaba dando cuenta de que después podían chuparle a ella la sangre. Cuando Gilbert y Nora quisieran más dinero, lo único que tenían que hacer era amenazarla con contarle la verdad a Joel y ella les pagaría para que mantuvieran la boca cerrada.

– Quiero hacer esto pronto -dijo-, porque últimamente he estado ocioso y necesito dinero pronto. ¿Dónde está su tienda?

Nell estaba preparada para esta pregunta.

– En Candlewright Street, frente a la iglesia de San Clemente. -Estaba deseando volver la cabeza para ver si Justino y Lucas se iban acercando ya, pero no se atrevió. Se habían puesto de acuerdo en la cuestión de extremar la cautela, porque con un hombre como Gilbert no podían correr el riesgo de dar un paso en falso.

– Quiero comprobar todo esto yo mismo. Mientras tanto, me tienes que hacer una copia de la llave de su caja fuerte. ¡No discutas, mujer, hazlo! El hombre se bañará de vez en cuando, ¿no es así? Mientras lo hace, aprieta la llave contra una lámina de cera caliente y saca la huella.

Yo conozco a un herrero que no hace preguntas inoportunas.

– Yo… yo lo intentaré -dijo Nell, vacilante-. Tengo que… ¡ay, Dios mío! -Se llevó la mano a la boca-. ¡Es el primo de mi marido! Y me ha visto, se está acercando a nosotros! ¿Qué le digo?, ¿qué?

– ¡Contrólate! -contestó el Flamenco con brusquedad. Agarrándola del brazo, hundió los dedos en su muñeca, esta vez haciéndole mucho daño-. Dile que tu marido te ha encargado que le busques un caballo.

Aldred estaba ya muy cerca de ellos.

– ¡Bella! ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está el primo Abel? -Se estaba excediendo en entusiasmo al saludarla, pero no podía por menos de estar nervioso, deseando recuperar la confianza de Jonás después de haber metido la pata respecto a su turno de vigilancia de la casa de Nora.

– Abel no sabe nada. Esto… esto va a ser una sorpresa. Quiero que se compre un caballo y he pensado que, si me entero antes de los precios y todo lo demás, tal vez pueda persuadirle. Le será muy útil para la entrega de sus encargos.

– Sin duda alguna -afirmó Aldred enfáticamente-. Has tenido suerte de que yo haya pasado por aquí casualmente, porque entiendo mucho de caballos y puedo ayudarte a elegir uno bueno. -Y pasando por delante del Flamenco, Aldred empezó a palpar con las manos las patas delanteras del caballo. Nell miró a Gilbert y se encogió de hombros en un gesto de impotencia. Gilbert tenía cara de mal genio, pero no podía hacer nada más que seguir el juego. Aldred estaba ahora al otro lado del caballo, hablando de la necesidad de mirar si tenía sobrehuesos que indicaran una caída anterior y de asegurarse de que el caballo respiraba bien. Nell pensó que todo esto sonaba muy convincente. El mero hecho de tenerlo cerca era una tranquilidad. No se encontraba ya tan vulnerable, tan expuesta a la malicia y a la navaja del asesino.

Moviéndose un poco para poder inspeccionar el panorama, le pareció que todo tenía un aspecto perfectamente normal y engañosamente pacífico, teniendo en cuenta lo que estaba a punto de suceder. Habiendo rechazado la muía, los monjes negros se acercaban lentamente en su dirección, con las capuchas ocultándoles los rostros. El defraudado vendedor iba detrás de ellos, ofreciéndoles rebajar el precio de la bestia. Dos perros retozaban cerca del carro y un hombre de pelo rubio llevaba su caballo al borde de la charca. Cuando Nell volvió, más tarde, a representar la escena en su memoria, no podía recordar nada fuera de lo ordinario.

Así que la acción del Flamenco la cogió totalmente desprevenida. Nunca llegaría a saber lo que le inquietó. Había demostrado siempre poseer un sexto sentido, una estremecedora habilidad para husmear el peligro y evidentemente había puesto ahora en juego esta habilidad.

– Me pondré en contacto contigo sobre este asunto -dijo de pronto y agarró las riendas del caballo.

– ¡Espera, no hemos terminado de hablar!

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