El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
Aunque había hecho lo posible para no molestarla, cuando se echó boca arriba los ojos de la joven se abrieron, oscuros y somnolientos. Reprimiendo un bostezo, se apretó más contra él.
– Estás durmiendo muy mal, amor mío.
– Lo siento -murmuró, besando la comisura de sus labios-. Probablemente habría sido mejor que hubiéramos hecho esto otra noche. Indudablemente tú habrías dormido mejor.
– No me quejo, pero habría sido más fácil si hubiéramos podido pasar la noche en tu casa. ¿Se quedará ese amigo tuyo contigo mucho más tiempo?
– Depende -contestó Justino- de lo que pase mañana.
Se dio la vuelta en sus brazos mirándole fijamente al rostro.
– ¿Qué dijiste el otro día, Justino, que mi curiosidad pondría en evidencia a un gato? Tenías razón. Soy demasiado curiosa, me encanta descubrir secretos y adoro el cotilleo. Mientras que tú, amor mío, eres más callado que una tumba.
– ¡No exageres! -protestó y se acercó a ella, trazando la curva de su boca con la yema de su dedo.
– ¡Claro que lo eres! Hay mucho que quisiera saber acerca de ti. Cuándo naciste. Si tienes hermanos. Porqué tienes esta cicatriz en el hombro. Tu comida favorita, tu color favorito. Por qué eres tan reservado acerca de tu pasado. Y otra cosa que nunca te he preguntado ni una sola vez, cómo llegaste a convertirte en el hombre de la reina y qué has hecho por ella. ¿Te he preguntado algo de esto?
– No, no lo has hecho.
– Ni te lo voy a preguntar ahora. Pero sé que estás metido en algo peligroso. Justino, siento temor por ti. No lo puedo evitar, lo siento.
Justino no había tenido nunca a nadie que se preocupara por él y sus brazos la estrecharon con más fuerza, de una manera más íntima.
– Mañana por la mañana vamos a apresar a un asesino. No te puedo contar más que eso, Claudine, todavía no. Pero el peligro no será tan grande, al menos para mí.
– Espero que me estés contando la verdad -dijo ella, y Justino no la había oído jamás hablar con tanta seriedad-. Pero si no vas a estar en peligro mañana, ¿por qué no puedes dormir esta noche? ¿Por quién te preocupas, si no es por ti?
– Por una mujer.
– ¿Una mujer? -repitió Claudine-. Justino de Quincy, ¿me estás engañando ya? ¡No es frecuente que se le vayan a un hombre los ojos detrás de otras mujeres hasta que haya pasado mucho más tiempo en una relación amorosa!
– No tienes por qué preocuparte, querida. Sea cual sea el juego, yo siempre sigo las reglas.
Pero no bromeaba, y se le notaba. Claudine volvió la cabeza y le besó en el pecho.
– No debía haberte provocado -dijo con tono contrito-, ahora no, que estás tan inquieto. Pero háblame de esa mujer, amor mío. ¿Qué temes que le pueda ocurrir?
– Esta mujer es una amiga -dijo melosamente- que quiere ayudarnos a cazar a un asesino. Pero para hacerlo, ella ha de ser el cebo. Y si le pasa algo, Claudine, nunca me lo perdonaré
16. LONDRES
Marzo de 1193
Marzo estaba siendo hasta el momento lo mismo que el mes de febrero, la mayoría de los días fríos y húmedos. Pero a partir del día 12 tuvo lugar un repentino cambio de tiempo. Brillaba el sol, y las temperaturas, mucho más altas, ofrecían a los habitantes de Londres, hartos de tan largo invierno, una atractiva insinuación de que se aproximaba la primavera. Sabían que no duraría, porque marzo es el mes del que menos se fía la gente. Así que los habitantes de la ciudad salieron en bandadas a la calle para sacarle el mayor provecho a este breve veranillo, muchos de ellos decididos a asistir a la feria de caballos del viernes en Smithfield, al norte de las murallas de la ciudad, proporcionándole así al Flamenco una protección aún mayor.
Pero Nell tenía una razón para lamentar las inesperadas templadas temperaturas. Cualquier hombre embozado en una capa con capucha en un día así llamaría demasiado la atención y atraería indudablemente las miradas siempre suspicaces de Gilbert. Por lo tanto, se alegró al ver que Justino y Lucas habían pensado en otro disfraz. Que fuera eficaz es lo que hacía falta.
Le complacía sobremanera ver que no tenía necesidad de entablar conversación: Nora y ella habían caminado en silencio la mayor parte del trayecto. Ahora que el trato estaba hecho, Nora no tenía más que una idea en la cabeza y mantenía una actitud enérgica y eficaz. Nell empezó a preguntarse si la amante del Flamenco la había considerado a ella como presa desde el primer momento. Después de todo había hablado sin reservas sobre su lamentable vida de familia. ¿No habría Nora sacado la conclusión, antes de que tuvieran aquella franca conversación, mientras se comían la empanada de anguila, de que sacaría provecho de la amistad de Nell? La joven y aburrida esposa de un comerciante respetable podía muy bien ser un blanco prometedor para poner en práctica un buen robo. Eso explicaría por qué Nora había reaccionado tan afectuosamente a sus insinuaciones de amistad; generalmente las amistades no nacen tan deprisa.
Cuanto más pensaba Nell en estas cosas, más probable le parecía, porque estaba convencida de que el Flamenco y la irlandesa eran compinches, además de compañeros de cama, unidos tanto por la avaricia como por la concupiscencia. Mirando con inquietud el delicado perfil de Nora, Nell se maravillaba una vez más de que una mujer pudiera tener un rostro tan inocente y atractivo y un alma tan mezquina.
El mercado de caballos estaba muy animado, los futuros compradores se mezclaban con los curiosos y con los que habían venido a apostar en las carreras de la tarde. Nora no prestó la menor atención a lo que ocurría a su alrededor y no hacía caso a los halagadores y lascivos comentarios que oía a su paso. Nell la seguía en silencio. Ahora que le quedaba tan poco para enfrentarse con Gilbert el Flamenco, se sentía como si se hubiera tragado una mariposa, o más bien todo un enjambre, tan alterado estaba su estómago.
«Adorada Lucy, ¿en qué lío se ha metido tu madre?»
Cuando llegaron a la charca de los caballos, habían dejado atrás a la multitud que llenaba el recinto. Nell comprendió lo bien que Gilbert había escogido su terreno; en mitad de todo este espacio abierto, nadie podía cogerlo sin que él se diera cuenta. En cuanto vislumbrara que la más leve sospecha se atravesaba en su camino, saltaría a la silla, espoleando a su caballo hacia el campo abierto y la libertad. Estaba esperando junto al borde del agua, sujetando las riendas de un fino caballo zaino, observando con atención la llegada de las mujeres. Desde lejos parecía un hombre normal, no tenía rabo, ni pezuñas, pero Nell no se fiaba, no le cabía la menor duda de que estaba a punto de traicionar a uno de los hijos de Satanás.
Pero al menos no se aventuraría a penetrar sola en las profundidades del infierno. Todo estaba preparado. A su derecha podía ver un carro cuidadosamente estacionado, cubierto por una lona. Un desconocido, desaseadamente vestido, estaba dando de beber a sus animales en la charca. Aunque Nell no lo había visto nunca, sabía que era uno de los hombres de Jonás porque reconoció al semental castaño de Justino y al alazán de Lucas entre los que llevaba en su reata. Estaba regateando con dos monjes sobre del precio de una muía blanca. Nell no se atrevió a mirar en esa dirección; era suficiente saber que estaban allí sus ángeles de la guarda ataviados con el hábito negro de los benedictinos. No la habían abandonado.