El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– ¡Por la cruz de Cristo, sí! Justino, esto cambiará… lo cambiará todo.
– Sí, lo cambiará.
Sabía que la historia que acababa de contar no resistiría un examen riguroso, pero era tan sensacional que a nadie se le ocurriría ponerla en duda, al menos al oírla por primera vez. Depositando la copa en la paja del suelo, se echó, fatigado, con la cabeza sobre la almohada. Claudine se acurrucó junto a él y continuó expresando su asombro, manifestando su compasión por Leonor y especulando cómo la muerte de Ricardo afectaría a la sucesión al trono. Finalmente, y al darse cuenta del silencio de Justino, le dio un codazo en el costado.
– Te estás quedando dormido, ¿verdad?
– Lo siento -murmuró él-, pero me he pasado la noche en vela.
– Lo había olvidado -dijo, e inclinándose le besó en la mejilla-. Duérmete entonces, amor mío. Tal vez yo haga lo mismo…
Dándose la vuelta en la almohada, Justino respiró el perfume del cabello de Claudine, dulce como la lluvia. Estaba agotado pero no podía dormir. ¿Qué ocurriría si se había equivocado respecto a ella? ¿Cómo podría esperar que le perdonara? Pero, ¿y si no estaba equivocado? ¿Qué pasaría entonces?
Nunca llegaría a saber cuánto rato estuvo tendido allí. Estaba perdido en el tiempo, atrapado tras las líneas enemigas de un país extranjero, sin ningún hito familiar que lo orientara.
– ¿Justino? -Claudine le estaba moviendo el brazo-. Amor mío, despiértate.
– ¿Qué pasa?
– No me encuentro bien -dijo ella, haciendo un esfuerzo para sonreír-. Tengo a veces estos fuertes dolores de cabeza. Me dan cuando menos me lo espero y caen sobre mí como una tormenta en un cielo sin nubes.
Justino se incorporó.
– Hay una botica al otro lado de la calle. Me acercaré a ver si está aún abierta.
Claudine hizo un gesto negativo con la cabeza y a continuación se estremeció.
– Agradezco tu amable ofrecimiento, pero no me servirá de nada. -Frotándose las sienes, se estremeció de nuevo y le dirigió otra sonrisa como si quisiera pedirle perdón-. El único remedio es una tisana que me hacen en Aquitania. Ni siquiera estoy segura de qué consta, creo que se compone de flor de crisantemo, betónica y otras hierbas cuyo nombre no recuerdo. Cuando tengo uno de estos terribles dolores de cabeza, lo único que puedo hacer es tomarme la tisana y meterme en la cama hasta que me pase. ¿Te importaría llevarme a la Torre?
– No, no me importa.
– No es sorprendente que me tengas tan enamorada -dijo Claudine, buscando a tientas la mano de Justino-. Siento de todo corazón, amor mío, el haber estropeado la noche que íbamos a pasar juntos.
Justino miró los delicados dedos entrelazados con los suyos.
– No te preocupes, Claudine -dijo dulcemente-. Lo comprendo.
Se separaron en los escalones que conducían al cuerpo central de la Torre, porque Claudine insistió en que no era preciso que la acompañara más lejos. No le besó porque era un lugar demasiado público para eso. En su lugar, le apretó la mano y le acarició clandestinamente la palma con sus dedos.
– Lo siento, Justino.
– Llevaré tu yegua a los establos -le dijo él. Pero no se movió enseguida, sino que permaneció de pie observándola hasta que desapareció en el vestíbulo de entrada de la Torre.
– Ese sí que es un buen caballo. -Un muchacho pasó silbando, parándose un instante para echarle a Copper una codiciosa mirada. A Justino le resultaba familiar el muchacho, lo más probable era que fuera el escudero de uno de los caballeros de la corte de Leonor.
– Espera -dijo Justino-. Me gustaría hablar contigo un momento, muchacho. ¿Conoces a Lady Claudine?
– Sí, la conozco, ¿por qué lo preguntáis?
– La acabo de escoltar hasta aquí, hasta la Torre. Se puso enferma esta tarde y estoy preocupado. Me tranquilizará saber si ha ido directamente a los aposentos de la reina y de ahí a su lecho. Si estás dispuesto a averiguarlo, te daría medio penique.
– ¿Medio penique sólo por eso? ¡Hecho!
Apenas había terminado de hablar el muchacho, cuando se dirigió a las escaleras.
– Te espero en el establo -le dijo Justino-, en un periquete.
Justino le dijo al mozo de cuadra que él mismo desensillaría la montura de Claudine y se puso a hacerlo con meticuloso cuidado, tratando de no pensar más que en la tarca que tenía entre manos. Estaba quitando la sudadera cuando el escudero entró dando saltos, rebosando del entusiasmo propio de los adolescentes.
– Bueno -anunció-. Ya está hecho. ¿Me podéis dar dinero? -Cuando Justino le tiró una moneda, el chico la cogió en el aire-. Pensé que lo mejor era que me dierais primero el dinero -dijo con una descarada sonrisa- porque no os va a gustar lo que os tengo que decir.
No tendría más de catorce años, pero estaba ya bien versado en intrigas cortesanas y las perversidades de las relaciones entre adultos.
– Si lady Claudine estaba enferma, se recuperó bien deprisa. La encontré abajo con el capellán. Le estaba preguntando si sabía el paradero de uno de los caballeros de la reina. Dijo que era urgente el que ella lo viera enseguida.
– ¿Oíste también el nombre de ese caballero? – preguntó Justino con voz apagada, sabiendo ya lo que el muchacho le iba a decir.
El escudero hizo un gesto afirmativo y dijo:
– Sir Durand de Curzon.
Estaba atardeciendo cuando Justino llegó a Gracechurch Street. Gunter y Ellis estaban dentro de la fragua, herrando a un caballo. Shadow estaba tumbado en un compartimiento vacío y recibió a Justino con ruidosos y alegres ladridos mientras éste metía a Copper en el establo.
Ellis se quedó boquiabierto al ver a Justino.
– No esperábamos veros aquí -le espetó-. Lucas dijo que lo habíais echado de casa para poder tener una cita con una misteriosa mujer.
– Eso a ti no te importa en absoluto, Ellis. -Gunter estaba utilizando una escofina para limar un casco delantero y levantó la mirada para reprender a Ellis-. Si buscas a Lucas -le dijo a Justino-, está en la taberna de enfrente.
– Toda la vecindad está ahora allí celebrando la captura del asesino. -Ellis le dirigió una mirada de reproche al herrador-. Excepto nosotros.
– Sabes que tenemos que terminar esta tarea antes de que oscurezca -contestó Gunter pacientemente-. A los herradores no se nos permite trabajar dentro de las murallas de la ciudad para evitar los martillazos y otros ruidos durante la noche.
A Ellis se le hundieron los hombros y se dio la vuelta para ocuparse de la foija con un aire de resignado sacrificio. Pero se animó considerablemente cuando Justino le dio una moneda para que cuidara de Copper. Se despidió apresuradamente de ellos, llamó al perro con un silbido y salió al suave crepúsculo de tonalidad azul lavanda.
El día había sido fresco; la noche auguraba ser francamente fría. Las pisadas de Justino se iban haciendo más lentas conforme se acercaba a la puerta de la cabaña. Alargó la mano para coger el pestillo, pero sus dedos se agarrotaron y se apretaron los puños. No podía cruzar ese umbral. No podía enfrentarse con los fantasmas que le esperaban dentro; esta noche, todavía no.
Nunca había visto la taberna tan abarrotada; al decir que toda la calle estaba allí, Ellis no había exagerado. Al principio nadie se dio cuenta de su presencia, porque la mayoría de los parroquianos estaban mirando a Lucas y a Aldred echando un pulso. La propia Nell estaba atrayendo también considerable atención, encaramada en el borde de una mesa y haciendo gestos tan expresivos que su jarra de cerveza se movía de un lado a otro como un barco en medio de una tempestad.
– Y entonces le dije «Abel tiene veinticinco chelines bien guardados, que nos repartiremos tú y yo cuando lleves a cabo el asesinato».