El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– Desgraciadamente, no. Me ha explicado que Giles «ha estado tratando ele pasar inadvertido, esperando que la tormenta amainara», así que ella no lo ha visto desde hace varias semanas. Pero le hizo llegar un mensaje en el que le decía que «el puchero ya no estaba hirviendo», por lo tanto confía en que no tarde mucho en aparecer.
Nell hizo una pausa para recobrar aliento.
– De donde se deduce que habría sido un error por parte de Jonás y de Lucas el arrestarla. Trataré de resistir la tentación de decirle que ya se lo advertí, ¡pero no puedo prometerlo!
– ¿Reveló Nora cómo le hizo llegar ese mensaje, Nell?
– No, no lo hizo; pensé que suscitaría sospechas que yo se lo preguntase. Supongo que mandaría un hombre al lupanar. Pero no era lógico que me contara eso a mí, porque el hacerlo me haría pensar que era la puta de Giles. Creo que ésa es la razón por la que nunca me ha invitado a su casa. Dices que la comparte con otras tres prostitutas, un ambiente muy distinto al lujoso nidito de amor de que ella ha estado alardeando. Pero creo que esa vanidosa mentira nos va a resultar provechosa a nosotros. Como ella tiene también algo que ocultar, tal vez esa sea la razón por la que no analizó mi propia excusa de no invitarla a mi propia casa: que mi marido es tan celoso que le molestan hasta mis amigas y hace que los criados me espíen.
– ¿Y qué va a pasar ahora?
– Dice que le hablará a Giles de mi problema para ver si está dispuesto a «ayudarme». Hemos quedado en encontrarnos otra vez el domingo en la misma taberna. Si ese «Giles» está todavía escondido, lo único que podemos hacer es esperar otra cita. Después de eso… -Se encogió de hombros y Justino terminó sus pensamientos.
– Después de eso… seguiremos esperando -dijo-. Que Dios nos ayude, no podemos hacer más que esperar.
La cita del domingo entre Nell y Nora resultó totalmente inútil, porque Nora no había tenido noticias de su fugitivo amante. Echaron chispas en vano y Lucas mandó una segunda carta a Winchester, retrasando su salida de Londres y esperando convencer al justicia y a Aldith de la necesidad de otra demora. Nora y Nell concertaron otra cita para el miércoles por la tarde, esta vez en la Cruz de San Pablo, en el cementerio de la catedral.
Aquel miércoles por la mañana, Justino cabalgó a la Torre para dar la bienvenida a Leonor, que acababa de regresar de la reunión del Gran Consejo en Oxford, y para acechar la aparición de Claudine, meterla en el hueco de las escaleras y robarle unos cuantos dulces y furtivos besos. La había echado de menos mucho más de lo que habría creído o querido. Este amor clandestino con Claudine le estaba proporcionando mayor placer -en la cama y fuera de ella- del que había experimentado con ninguna otra mujer. Pero se repetía una y otra vez que para amantes sin futuro, el enemigo era el tiempo.
Después de salir de la Torre, Justino se dirigió a la taberna. Le tocaba a Jonás hacer de guardaespaldas de Nell, así que pasó el tiempo en compañía de Lucas jugando a las damas y echando pulsos, poniéndose cada vez más nervioso conforme iban pasando las horas. Lucas estaba de mal humor y apostó con Justino una cantidad exagerada de dinero a que esto también resultaría inútil; pero el justicia adjunto no se sintió jamás tan satisfecho de perder una apuesta, por grande que fuera, como cuando Nell y Jonás regresaron a la caída de la tarde.
Dirigieron a Nell hacia una mesa vacía y la rodearon con tal ansiedad que ella comentó que le recordaban a buitres hambrientos listos a caer sobre la carroña.
– Sentaos -insistió ella, con un tono tan autoritario que Shadow fue el primero que lo hizo-. Os prometo contaros todo sin omitir detalle. El Flamenco ha salido de su madriguera. Nora se lo encontró en su casa cuando regresó a ella ayer después ir al mercado.
Hizo un rápido gesto con la mano levantada para que no la interrumpieran.
– Quiero decir con esto que sé que Aldred lo fastidió porque su obligación era estar observando la casa de Nora. Pero espero que me ayudéis a convencer a Jonás de que no fue del todo culpa suya. Gilbert tenía una llave y…
– ¡Al diablo con Aldred! -interrumpió Lucas inclinándose sobre la mesa-, ¿Qué dijo Gilbert?
Nell suspiró abandonando a Aldred a su sino.
– Nora dijo que le habló de mi «problema» y que él cree que me puede ayudar. Esas son sus palabras, no las mías. -Miró de reojo a Justino sabiendo que no le iba a gustar lo que estaba a punto de decir, pero lo dijo-: Ha quedado en verme el viernes, en la feria de caballos de Smithfield.
– ¡No! ¡Eso nunca formó parte del trato! No te permitiré que te pongas al alcance de la navaja del Flamenco.
Con gran sorpresa de Justino, encontró un apoyo inesperado en Lucas.
– Yo tengo también mis dudas acerca de eso -confesó el auxiliar del justicia-. El riesgo es excesivo, Nell. Tiene que haber otra manera.
– No la hay -afirmó Jonás rotundamente-. Nell es la única que puede sacarle de su reclusión y ésta es nuestra única oportunidad. Nell lo comprende y está dispuesta a correr ese riesgo.
Nell había estado esperando en su fuero interno que a Justino y a Lucas se les ocurriera otro plan, uno que la mantuviera alejada del Flamenco y su bien afilada cuchilla. Pero el orgullo le impedía echarse atrás, y cuando Jonás la miró para obtener su confirmación, ella asintió lentamente:
– No veo qué otra opción podemos tener.
Tampoco la veían los hombres, aunque Justino no estaba todavía dispuesto a aceptarla.
– ¿Por qué tiene que ser Nell quien se encuentre con él? ¿Y si buscáramos a otra persona que se haga pasar por Bella? Jonás, ¿no conoces ningún muchacho lo suficientemente menudo para poder pasar por una mujer?
– Puede ser. Pero olvidas lo precavido que es el Flamenco. Nora tiene que acompañar a Nell a Smithfield. Así que a no ser que puedas sugerir una manera de engañar a Nora también con esta sustituía de Bella, tenemos que dejar que vaya la genuina Bella, por así decir.
El silencio de Justino equivalía a aceptar la derrota. Lucas se volvió a un lado y le dio un golpecito en el brazo.
– ¡Entre nosotros y Jonás, me atrevo a asegurar que podremos protegerla del mismísimo demonio!
Justino extendió el brazo y tomó en la suya la mano de Nell.
– ¿Estás segura de que quieres hacer esto, muchacha?
– Sí -mintió ella-, totalmente segura.
– Entonces, vamos a empezar a hacer planes -sugirió Lucas-, porque sólo nos queda un día para el viernes. Ese engendro del diablo tenía que haber escogido el mercado de caballos. Lo más probable es que medio Londres esté allí. ¿Dónde vas a encontrarte con él, Nell?
– Junto a la charca de los caballos, mientras tienen lugar las carreras. Él llevará un caballo castrado de color castaño y yo tengo que simular que quiero comprarlo… -Nell se detuvo porque notó la mirada de consternación que intercambiaron Justino y Lucas-. ¿Qué pasa? Tengo derecho a saberlo.
– Lo tienes -asintió Justino-, y no te ocultaremos nada. Ese astuto hijo de puta es tan resbaladizo como un cerdo engrasado y tan difícil de arrinconar como a una anguila. La multitud en ese momento será escasa, porque la mayoría de la gente estará mirando las carreras. Y allí estará él junto a la charca de los caballos, cogido a las riendas de un semental veloz, preparado para darse a la fuga si nota algo sospechoso. ¡Que lo hundan en el infierno!
Nell se mordió el labio inferior.
– ¿Podréis situaros lo suficientemente cerca para agarrarlo?
– Y si no podemos hacerlo -dijo Justino-, no te dejaremos acercarte a la charca.
Lucas hizo un gesto de asentimiento y su mirada se encontró con la de Justino. Tenían un día y dos noches para idear una estratagema que superara la de un hombre que parecía tener ahora la suerte del propio demonio, o que, una vez más, se les escaparía de las redes.
Justino se despertó sobresaltado. La habitación le pareció desconocida y tardó un momento en recordar dónde estaba. A su lado, Claudine dormía pacíficamente, con su cabello cayendo en cascada sobre los dos como un manto de marta cibelina. Ésta era la primera noche entera que pasaban juntos, todo organizado por Claudine. Había ideado una excusa para explicarle su ausencia a la reina y alquiló una habitación en una posada retirada, junto al río, en las afueras de Londres. Con la cuestión del Flamenco a punto de estallar la mañana siguiente, Justino trató de excusarse, pero ella insistió, y cuando le confió que deseaba quedarse dormida en sus brazos al menos una vez, lo único en que Justino pudo pensar fue en lo mucho que él también lo deseaba.