Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 100
Перейти на страницу:

—No.

—Debe de ser la influencia de Margery.

Se sonrieron el uno al otro y él pareció pensativo por un momento.

—Espera aquí.

Entró corriendo en la casa y regresó, un minuto después, con una escopeta que le tendió.

—Por si acaso —dijo—. Quizá no tengas miedo, pero así podré descansar tranquilo. Devuélvemela mañana.

Ella la cogió de sus manos sin protestar y, a continuación, hubo un extraño y largo momento, de esos en los que dos personas saben que tienen que separarse pero no quieren y, aunque ninguno de los dos lo reconozca, cada uno cree que el otro siente lo mismo.

—Bueno —dijo ella por fin—. Se está haciendo tarde.

Él pasó el dedo pulgar por la tabla de la mesa, pensativo, con la boca cerrada para que no le salieran las palabras que no podía pronunciar.

—Gracias, Fred. La verdad es que ha sido la velada más bonita que he tenido. Probablemente, desde que llegué aquí. Yo… te lo agradezco de verdad.

Intercambiaron una mirada que fue una complicada mezcla de cosas. Un reconocimiento, de esos que normalmente podrían hacer que un corazón se ponga a cantar, pero interrumpido por el hecho de saber que hay cosas imposibles y que, al ser consciente de ello, el corazón se te puede romper.

Y, de repente, parte de la magia de esa noche se desvaneció.

—Buenas noches, Alice.

—Buenas noches, Fred —contestó ella. A continuación, tras echarse la escopeta al hombro, se dio la vuelta y empezó a subir por el camino antes de que él pudiera decir nada que hiciera que las cosas se complicaran más de lo que ya estaban.

16

Ese es el problema de esta tierra: que todas las cosas, el clima, todo, perdura demasiado tiempo. Igual que nuestros ríos es nuestra tierra: opaca, lenta, violenta; modelando y creando la vida del hombre a su implacable y taciturna imagen y semejanza.

WILLIAM FAULKNER, Mientras agonizo

La lluvia llegó bien avanzado el mes de marzo, convirtiendo primero las veredas y piedras en pistas de hielo y, luego, por pura inexorabilidad, destruyendo la nieve y el hielo del terreno más bajo para volverlo una infinita sábana gris. El aliciente que la ligera subida de temperaturas, la perspectiva de días más cálidos, podían proporcionar era limitado. Porque no paraba de llover. Después de cinco días, la lluvia había convertido los caminos sin terminar en barro o, en algunas zonas, había hecho desaparecer por completo las capas superiores dejando al aire sobre la superficie las afiladas piedras y los agujeros que podrían pillar por sorpresa a los incautos. Los caballos esperaban fuera atados, con las cabezas agachadas con resignación y las colas escondidas entre los cuartos traseros, y los coches derrapaban y rugían por los resbaladizos caminos de las montañas. Los granjeros se quejaban en la tienda de comestibles mientras los tenderos comentaban que solo Dios sabía por qué quedaba aún tanta agua en el cielo.

Margery regresó de su ronda de las cinco de la mañana empapada hasta los huesos y vio a las bibliotecarias sentadas con las manos unidas por las puntas de los dedos y los pies inquietos junto a Fred.

—La última vez que llovió así, el río Ohio se desbordó —dijo Beth mirando por la puerta abierta, desde donde se podía oír el gorgoteo del agua bajando por la calle. Dio una última calada a su cigarro y lo apagó con el tacón de su bota.

—Demasiada agua como para salir a caballo, eso está claro —dijo Margery—. No voy a volver a sacar a Charley.

Fred había estado atento desde primera hora y había advertido a Alice de que era una mala idea y, aunque normalmente pocas cosas la detenían, ella le había hecho caso. Fred había subido sus caballos a un terreno más alto, donde los pudiera ver formando una piña resbaladiza y mojada.

—Los iba a meter en el establo —le había dicho a Alice cuando le ayudaba a subir los dos últimos—, pero aquí arriba están más seguros. —Su padre había perdido en una ocasión toda una yeguada cuando Fred era niño: el río la había inundado mientras la familia dormía y, cuando despertaron, solo sobresalía el pajar por encima del agua. Su padre se había echado a llorar mientras se lo contaba, la única vez que Fred había visto que eso ocurriera.

Le habló a Alice de la gran inundación del año anterior, de cómo el agua había derribado casas enteras y las había mandado río abajo; de la mucha gente que había muerto; de cómo habían encontrado una vaca enganchada a un árbol a ocho metros de altura cuando las aguas bajaron y tuvieron que dispararle para que no siguiera sufriendo. Nadie sabía cómo bajarla de allí.

Los cuatro se quedaron sentados en la biblioteca durante una hora. Nadie quería marcharse pero tampoco tenían motivos para seguir allí. Hablaron de fechorías que habían cometido de niños, de las mejores gangas en alimentos para animales, de un hombre que conocían tres de ellos que sabía silbar melodías a través del hueco de un diente que le faltaba y que, además, añadía su voz como si fuera un hombre-orquesta. Hablaron de que si Izzy estuviera allí les habría cantado una o dos canciones. Pero la lluvia se volvió más fuerte y, poco a poco, la conversación se fue desvaneciendo y todos se quedaron mirando hacia la puerta con una sensación cada vez más funesta.

—¿Qué opinas, Fred? —Fue Margery quien rompió el silencio.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

En ese momento, oyeron el sonido de cascos de caballos. Fred fue a la puerta, quizá preocupado por que alguno se hubiera desbocado. Pero era el cartero, con el agua derramándose por el borde de su sombrero.

—El caudal del río está creciendo y con rapidez. Hay que avisar a la gente del lecho del arroyo pero no hay nadie en la oficina del sheriff.

Margery miró a Beth y a Alice.

—Voy a por las bridas.

Izzy estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando su madre le quitó el bordado del regazo y chasqueó la lengua con fuerza.

—Ay, Izzy, voy a tener que quitar esas puntadas. No se parecen en nada al patrón. ¿Qué has estado haciendo?

La señora Brady cogió un ejemplar de Woman’s Home Companion y pasó las páginas hasta que encontró el patrón que buscaba.

—No se parece nada en absoluto. Has hecho puntada corrida donde debía haber punto de cadeneta.

Izzy dirigió su atención a la muestra.

—Odio coser.

—Antes no te importaba. No sé qué te pasa últimamente. —Izzy no respondió, lo que hizo que la señora Brady chasqueara la lengua con más fuerza—. Nunca he conocido a una muchacha más malhumorada.

—Sabes muy bien qué me pasa. Me aburre estar aquí encerrada y no soporto que tú y papá os hayáis dejado convencer por un idiota como Geoffrey van Cleve.

—Esas no son formas de hablar. ¿Por qué no haces una colcha? Antes te gustaba. En mi cómoda de arriba tengo unas telas antiguas preciosas y…

—Echo de menos a mi caballo.

—No era tu caballo. —La señora Brady cerró la boca y guardó un silencio diplomático antes de volver a abrirla—. Pero he pensado que quizá podríamos comprarte uno si crees que quieres seguir montando.

—¿Para qué? ¿Para dar vueltas sin parar? ¿Para parecer bonita, como una estúpida muñeca? Echo de menos mi trabajo, madre, y echo de menos a mis amigas. Por primera vez en mi vida he tenido amigas de verdad. Era feliz en la biblioteca. ¿Es que eso no significa nada para vosotros?

—Ahora sí que estás siendo exagerada —dijo la señora Brady con un suspiro sentándose en el banco con su hija—. Mira, cariño, sé que te gusta mucho cantar. ¿Por qué no hablo con tu padre para que te den unas buenas clases? Quizá podríamos ver si hay alguien en Lexington que te pueda ayudar a trabajar la voz. Quizá cuando papá oiga lo buena que eres, cambie de opinión. Ay, Señor, pero tendremos que esperar a que esta lluvia pase. ¿Alguna vez has visto algo así?

Izzy no respondió. Se quedó sentada junto a la ventana del salón con la mirada puesta en el desenfocado paisaje.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)