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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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No estoy ni siquiera emocionada por el nacimiento del niño.

CAPÍTULO 19

Las siguientes semanas fueron horribles. Turner comenzó a hacer que le enviaran su comida al estudio, estar sentado al otro lado de Miranda durante una hora cada tarde era más de lo que podía soportar. Esta vez la había perdido, era una agonía mirar dentro de sus ojos y verlos tan vacíos y carentes de emoción.

Si Miranda ya no era capaz de sentir nada más, en ese momento Turner sentía demasiado.

Se sentía furioso con ella por ponerlo en una situación crítica y que intentara forzarlo a reconocer emociones que no estaba seguro de sentir.

Estaba enrabietado ya que ella había decidido abandonar su matrimonio después de determinar que no había pasado alguna clase de prueba que había dispuesto para él.

Se sentía culpable de haberla hecho tan miserable. Estaba confuso acerca de cómo tratarla y aterrorizado de no poder reconquistarla nunca.

Estaba enfadado consigo mismo por su incapacidad para decirle sencillamente que la amaba y consideraba, de alguna manera, inadecuado no saber cómo hacerlo hasta determinar si estaba enamorado.

Pero sobre todo, se sentía solo. Estaba solo y triste por su esposa. La echaba de menos a ella y a todos sus pequeños comentarios graciosos y expresiones raras. De vez en cuando se la cruzaba en el pasillo, y se obligaba a examinar su cara, tratando de vislumbrar a la mujer con la que se había casado. Pero ella se había ido. Miranda se había convertido en una mujer diferente. Parecía que ya no se preocupaba. Por nada.

Su madre, que había venido para quedarse hasta que el niño naciera, lo había buscado para decirle que Miranda apenas picoteaba su comida. Había jurado por lo bajo. Ella debería darse cuenta de que era malo para su salud. Pero no se sentía con el valor suficiente como para buscarla e inculcarle algo de sentido común. Simplemente dio instrucciones a algunos de los criados para que mantuvieran un ojo vigilante sobre ella.

Le daban informes a diario, por lo general, en las horas tempranas de la tarde, cuando se sentaba en su estudio, considerando el alcohol y los efectos amnésicos de este. Esta noche no era diferente; iba por su tercer brandy cuando oyó un brusco golpecito en la puerta.

– Entre.

Para gran sorpresa suya, su madre entró.

La saludó con la cabeza cortésmente.

– Has venido a regañarme, imagino.

Lady Rudland se cruzó de brazos.

– ¿Y exactamente por qué piensas que necesitas que te regañe?

Su sonrisa careció de todo humor.

– ¿Por qué no me lo dices tú? Estoy seguro que tienes una extensa lista.

– ¿Has visto a tu esposa a lo largo de la semana pasada? -exigió.

– No, no creo que… ¡Ah!… ¡ah!, espera un minuto. -Tomó un sorbo del brandy-. Me la crucé en el pasillo hace unos días. El martes, creo que fue.

– Está de más de ocho meses de embarazo, Nigel.

– Te aseguro que soy consciente.

– Eres un canalla por dejarla sola en un momento de necesidad.

Él tomó otro trago.

– Sólo para aclarar las cosas, ella me dejó solo, no al revés. Y no me llames Nigel.

– Te llamaré como malditamente me plazca.

Turner alzó sus cejas ante el uso de la primera blasfemia que en toda su vida había oído escaparse de los labios de su madre.

– Felicidades, te has rebajado a mi nivel.

– ¡Dame eso! -Se abalanzó hacia adelante y agarró el vaso de su mano. El líquido ámbar salpicó sobre el escritorio-. Me tienes horrorizada, Nigel. Eres tan malvado como cuando estabas con Leticia. Eres odioso, grosero… -Se quedó sin acabar cuando la mano de él se envolvió alrededor de su muñeca.

– Nunca cometas el error de comparar a Miranda con Leticia -dijo él con voz amenazante.

– ¡No lo hice! -Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa-. Jamás se me ocurriría.

– Bien. -La soltó de repente y caminó hacia la ventana. El paisaje era tan desapacible como su humor.

Su madre permaneció silenciosa un rato, pero entonces preguntó:

– ¿Cómo vas a hacer para intentar salvar tu matrimonio, Turner?

Él soltó un desalentado suspiro.

– ¿Por qué estás tan segura de que soy yo quien necesita hacer por salvarlo?

– Por el amor de Dios, sólo mira a la muchacha. Está claramente enamorada de ti.

Sus dedos agarraron el alféizar hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

– No he visto ninguna indicación de eso últimamente.

– ¿Cómo podrías? No la has visto en semanas. Por tu bien, espero que no hayas matado lo que fuera que ella sentía por ti.

Turner no dijo nada. Sólo quería que la conversación terminara.

– No es la misma mujer que era hace unos meses -siguió su madre-. Era tan feliz. Habría hecho cualquier cosa por ti.

– Las cosas cambian, Madre -dijo concisamente.

– Y pueden volverse atrás -dijo Lady Rudland con voz suave aunque insistente-. Ven a cenar con nosotras esta noche. Es terriblemente incómodo sin ti.

– Será mucho más incómodo conmigo, te lo aseguro.

– Déjame ser el juez en esto.

Turner se quedó de pie erguido, hizo una larga y temblorosa inhalación. ¿Estaba su madre en lo cierto? ¿Podrían Miranda y él resolver sus diferencias?

– Leticia está todavía en esta casa -dijo su madre suavemente-. Déjala ir. Deja que Miranda te cure. Ella lo haría, lo sabes, si tan sólo le dieras la posibilidad.

Sintió la mano de su madre en su hombro pero no se giró, era demasiado orgulloso para dejarle ver la cara de su dolor.

El primer dolor apretó su vientre aproximadamente una hora antes de que fuera a bajar para la cena. Asustada, Miranda se puso la mano sobre el abdomen. El doctor le había dicho que muy probablemente daría a luz en dos semanas.

– Vaya, parece que te vas a adelantar -dijo suavemente-. Sólo quédate dentro para la cena, ¿vale? Realmente estoy hambrienta. No lo he estado durante semanas, ya sabes, y necesito algo de alimento.

El bebé pateó en respuesta.

– Así que éste es el modo en que va a ser, ¿verdad? -susurró Miranda con una sonrisa tocando sus rasgos por primera vez en semanas-. Cerraré un trato contigo. Tú me dejas pasar la cena en la paz, y te prometo no ponerte un nombre como Iphigenia.

Sintió otra patada.

– Si eres una chica, por supuesto. Si eres un chico, entonces prometo no llamarte… ¡Nigel! -Se rió, el sonido poco familiar y… agradable-. Prometo no llamarte Nigel.

El bebé se quedó quieto.

– Bueno. Ahora, vayamos a vestirnos, ¿nos vestimos?

Miranda llamó a su criada, y una hora más tarde, bajaba la escalera hacia el comedor, sujetando fuertemente el pasamanos en todo su descenso. No estaba segura de por qué no quería decirle a nadie que el bebé estaba en camino, quizás sólo era su natural aversión a armar alboroto. Además, salvo por un dolor cada diez minutos más o menos, se sentía bien. Ciertamente no tenía ningún deseo de ser confinada en su cama aún. Sólo esperaba que el bebé pudiera conseguir refrenarse durante la comida. Había algo vagamente bochornoso respecto al parto, y ella no tenía ningún deseo de enterarse del por qué directamente en la mesa de comedor.

– Ah, ahí estás, Miranda -gritó Olivia-. Justamente estábamos bebiendo en el salón rosado. ¿Te unes a nosotros?

Miranda asintió con la cabeza y siguió a su amiga.

– Pareces un poco rara, Miranda -continuó Olivia-. ¿Te sientes bien?

– Sólo grande, gracias.

– Bueno, te encogerás pronto.

Más pronto de lo que cualquiera se daría cuenta, pensó Miranda irónicamente.

Lady Rudland le dio un vaso de limonada.

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