El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– Gracias -dijo Miranda-. De repente tengo mucha sed. -Desatendiendo las buenas formas, Miranda lo engulló de un trago. Lady Rudland no dijo una palabra mientras le rellenaba el vaso. Miranda bebió aquel casi igual de rápido-. ¿Crees que la cena estará lista? -preguntó-. Estoy terriblemente hambrienta. -Ésta era, en realidad, sólo la mitad de la historia. Iba a dar a luz al bebé en la mesa del comedor si se demoraban mucho más tiempo.
– Seguramente -contestó Lady Rudland ligeramente desconcertada por la impaciencia de Miranda-. Ve delante. Después de todo, ésta es tu casa, Miranda.
– Así es. -Curvó la cabeza bruscamente y se sujetó el abdomen como si esto pudiera contenerlo todo, y salió al pasillo.
Caminó directamente hacia Turner.
– Buenas noches, Miranda.
Su voz era rica y ronca, y ella sintió que algo revoloteaba profundamente en su corazón.
– Confío que estés bien -dijo.
Asintió con la cabeza, tratando de no mirarlo. Había pasado el mes anterior entrenándose para no derretirse en un charco de deseo y anhelo cada vez que lo viera. Había aprendido a educar sus rasgos en una máscara impasible. Todos sabían que él la había destrozado; no necesitaba que todo el mundo lo notara cada vez que él entraba en una habitación.
– Discúlpame -murmuró, pasando por delante de él hacia el comedor.
Turner agarró su brazo.
– Permíteme que te escolte, gatita.
El labio inferior de Miranda comenzó a temblar. ¿Qué trataba de hacer él? Si hubiera estado sintiéndose menos confusa -o menos embarazada- probablemente habría hecho un intento de soltarse de su agarre, pero tal como estaba, consintió y le permitió conducirla a la mesa.
Turner no dijo nada durante los primeros platos, lo cual fue mejor así para Miranda, que estaba contenta de evitar toda conversación en favor de su comida. Lady Rudland y Olivia trataron de involucrarla en la conversación, pero Miranda siempre lograba tener la boca llena. Se salvó de responder masticando, tragando, y después murmurando:
– Realmente estoy muy hambrienta.
Esto funcionó para los tres primeros platos, hasta que el bebé dejó de cooperar. Había pensado que estaba logrando bastante bien no reaccionar ante los dolores, pero debió haberse estremecido, porque Turner miró bruscamente en su dirección y preguntó:
– ¿Algo va mal?
Sonrió pálidamente, masticó, tragó, y murmuró:
– En absoluto. Pero realmente estoy muy hambrienta.
– Ya lo vemos -dijo Olivia con sequedad, ganándose una reprobadora mirada de su madre.
Miranda tomó otro bocado de su pollo con almendras y luego se estremeció de nuevo. Esta vez Turner estaba seguro de haberlo visto.
– Has hecho un ruido -dijo firmemente-. Te oí. ¿Qué pasa?
Ella masticó y tragó.
– Nada. Aunque estoy muy hambrienta.
– Quizás estás comiendo demasiado deprisa -sugirió Olivia.
Miranda se lanzó sobre la excusa.
– Sí, sí, debe ser eso. Iré más despacio. -Por suerte, la conversación cambió de dirección cuando Lady Rudland hizo entrar a Turner en un debate sobre el proyecto de ley que él había apoyado recientemente en el Parlamento. Miranda estaba agradecida de que su atención estuviera ocupada en otra parte; había estado mirándola demasiado detenidamente, y le resultaba difícil mantener la cara serena cuando sentía una contracción.
Su vientre se apretó de nuevo, y esta vez perdió la paciencia.
– Para-susurró mirando hacia abajo a su cintura-. O de seguro serás Iphigenia.
– ¿Has dicho algo, Miranda? -preguntó Olivia.
– Oh, no, creo que no.
Pasaron otros pocos minutos, y sintió otro apretón.
– Para, Nigel -susurró-. Teníamos un trato.
– Estoy segura de que has dicho algo -dijo Olivia bruscamente.
– ¿Me llamaste precisamente Nigel? -preguntó Turner.
Gracioso, pensó Miranda, como el llamarlo Nigel parecía trastornarlo más que su marcha de la cama de matrimonio.
– Por supuesto que no. Estás imaginándote cosas. Pero juro que estoy cansada. Creo que me retiraré, si a ninguno de vosotros os importa. -Comenzó a levantarse, entonces sintió un torrente de líquido entre sus piernas. Volvió a sentarse-. Tal vez espere al postre.
Lady Rudland se excusó, afirmando que estaba haciendo un régimen de adelgazamiento y que no podía soportar verles comer el pudín. Su partida hizo más difícil a Miranda el evitar la conversación, pero hizo todo lo posible, pretendió estar concentrada en la comida y esperó que nadie le hiciera una pregunta. Finalmente, la cena terminó. Turner se puso de pie y caminó hacia su lado, ofreciéndole el brazo.
– No, creo que me quedaré sentada aquí durante un momento. Estoy un poco cansada, ya sabes. -Podía sentir un rubor subiendo a lo largo de su cuello. ¡Cielos!, nadie había escrito alguna vez un libro de buenas costumbres concerniente a lo que hacer cuando el bebé de alguien quería nacer en un comedor formal. Miranda estaba completamente mortificada y tan asustada que le parecía imposible levantarse de la silla.
– ¿Quieres otra porción? -El tono de Turner fue seco.
– Sí, por favor -contestó ella con voz cascada.
– Miranda, ¿estás segura de que te encuentras bien? -preguntó Olivia cuando Turner mandó llamar a un sirviente-. Estás muy rara.
– Haz que venga tu madre -graznó Miranda-. Ahora.
– ¿Es…?
Miranda asintió con la cabeza.
– ¡Oh, Dios mío! -dijo Olivia tragando saliva-. Es el momento.
– ¿Qué momento? -preguntó Turner con irritación. Entonces atisbó la expresión aterrorizada de Miranda-. ¡Por todos los santos! Ese momento. -Cruzó con largos pasos el cuarto y cogió en brazos a su esposa, inconsciente del modo en que sus faldas empapadas manchaban el fino tejido de su chaqueta.
Miranda se agarró a su poderoso cuerpo, olvidando todos sus votos de permanecer indiferente ante él. Sepultó su cara en el recodo de su cuello, permitiendo que su fuerza se filtrara en ella. Iba a necesitarla en las horas venideras.
– Pequeña tonta -murmuró-. ¿Cuánto tiempo llevas ahí sentada con dolores?
Decidió no contestar, sabiendo que la verdad sólo le proporcionaría una reprimenda.
Turner la llevó arriba a un dormitorio de invitados que había sido preparado para el alumbramiento. En el momento en que la posó en la cama, Lady Rudland se precipitó dentro.
– Muchas gracias, Turner -dijo rápidamente-. Manda llamar al médico.
– Ya se ha encargado de ello Brearley -contestó, mirando hacia abajo a Miranda con expresión ansiosa.
– Bien, entonces, vete a mantenerte ocupado. Tómate una copa.
– No tengo sed.
Lady Rudland suspiró.
– ¿Tengo que explicártelo más detalladamente, hijo? ¡Vete!
– ¿Por qué? -Turner parecía incrédulo.
– No hay sitio para los hombres en un parto.
– Ciertamente hubo suficiente sitio para mí con anterioridad -refunfuñó.
Miranda se sonrojó con un profundo carmesí.
– Turner, por favor -rogó.
Él la miró.
– ¿Quieres que me vaya?
– Sí. No. No lo sé.
Se colocó las manos en las caderas y afrontó a su madre.
– Creo que debería quedarme. También es mi hijo.
– Oh, muy bien. Sólo acércate a aquella esquina y quédate fuera del camino. -Lady Rudland agitó sus brazos, espantándolo.
Otra contracción agarró a Miranda.
– Eeeengh -gimió.
– ¿Qué fue eso? -Turner salió disparado a su lado de un salto-. ¿Esto es normal? Si ella está…
– ¡Turner, cállate! -dijo Lady Rudland-. Vas a preocuparla. -Se inclinó hacia Miranda y presionó con un paño húmedo su frente-. No le hagas caso, querida. Es absolutamente normal.