El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– ¿Por qué estás tan tenso?
Él abrió los ojos y le lanzó una irónica mirada.
– Lo sabes muy bien.
Ella se sonrojó. El médico le había informado durante su última visita que era momento de detener las relaciones maritales. Turner no había parado de gruñir durante una semana.
– Me niego a creer -dijo, levantando los dedos de los hombros de él y sonriéndole cuando gimió en protesta-, que yo sea la única causa de tus horribles dolores de espalda.
– Estrés por no ser capaz de hacerte el amor, excesivo esfuerzo físico por tener que cargar tu ahora enorme cuerpo escaleras arriba…
– ¡Nunca has tenido que cargarme escaleras arriba!
– Sí, bueno, lo he pensado, y ciertamente ha sido suficiente para darme dolor de espalda. Justo… -hizo girar sus brazos alrededor y apuntó a un lugar de su espada-… aquí.
Miranda frunció los labios pero aún así comenzó a frotar donde él le había indicado.
– Tú, milord, eres un niño grande.
– Mmm… mmm… -accedió él, la cabeza prácticamente ladeada a un lado-. ¿Te importa si me echo? Hará que te sea más fácil.
Miranda se preguntó cómo había logrado manipularla para que le frotara la espalda sobre la alfombra. Pero lo estaba pasando bien, también. Le encantaba tocarlo, memorizar el contorno de su cuerpo. Sonriéndose, le sacó la camisa de la pretina de los pantalones y deslizó las manos debajo para poder tocarle la piel. Era caliente y suave como la seda, y no pudo evitar mover sus manos ligeramente sobre ella, sólo para sentir la excelente suavidad que era única en él.
– Me gustaría que tú me frotaras la espalda -se oyó decir. Habían pasado semanas desde la última vez que había sido capaz de yacer sobre su estómago.
Giró la cabeza para que ella pudiera verle la cara, y sonrió. Entonces, con un pequeño gruñido, se sentó.
– Siéntate recta -dijo suavemente, girándola para poder masajearle la espalda.
Era el paraíso.
– Oh, Turner -suspiró-. Es delicioso.
Él emitió un sonido, uno extraño, y se giró lo mejor que pudo para poder verle la cara.
– Lo siento -dijo, haciendo una mueca cuando ella vio el deseo y el control luchando en sus ojos-. Yo también te echo de menos, si te sirve de consuelo.
La apretujó contra él, abrazándola tan fuerte como pudo sin presionar demasiado fuerte contra su barriga.
– No es culpa tuya, gatita.
– No, lo sé, pero aún así lo siento. Te echo de menos terriblemente. -Bajó el tono de su voz-. A veces estás tan dentro de mí, que parece como si me estuvieses tocando el corazón. Eso es lo que más echo de menos.
– No digas eso -dijo él con voz ronca.
– Lo siento.
– Y por amor de Dios, deja de pedir perdón.
Ella casi rió.
– Yo… no, lo retiro. No lo siento. Pero sí siento que tú, eh, estés en tal estado. No parece justo.
– Es más que justo. A cambio tengo una esposa sana y un bebé precioso. Y todo lo que tengo que hacer es contenerme unos pocos meses.
– Pero no deberías hacerlo -murmuró sugestivamente, su mano vagó hacia los botones de sus pantalones-. No tienes por qué.
– Miranda, detente. No podré soportarlo.
– No deberías hacerlo -repitió mientras empujaba hacia arriba su ya sacada camisa por el pecho y le besaba el plano estómago.
– Qué… oh, Dios, Miranda -dejó escapar un gemido irregular.
Los labios de ella se movieron incluso más abajo.
– ¡Oh, Dios! ¡Miranda!
7 DE MAYO DE 1820.
Soy una descarada.
Pero mi marido no se queja.
CAPÍTULO 18
A la mañana siguiente, Turner posó un suave beso en la frente de su esposa.
– ¿Estás segura que estarás bien sin mí?
Miranda tragó y asintió, conteniendo las lágrimas que había prometido no derramar. El cielo todavía estaba oscuro, pero Turner había querido partir temprano a Londres. Ella se estaba sentando en la cama, sus manos descansando en su vientre mientras lo miraba vestirse.
– Tu ayudante de cámara va a tener un ataque de apoplejía -dijo, tratando de bromear con él-. Sabes que piensa que no sabes como vestirte apropiadamente.
Vestido sólo con unos pantalones, Turner caminó a su lado y se sentó en el borde de la cama.
– ¿Estás segura que no te importa que me vaya?
– Claro que me importa. Preferiría tenerte aquí. -Una sonrisa tambaleante tocó su cara-. Pero estaré bien. Y probablemente adelantaré más trabajo sin ti aquí distrayéndome.
– ¿Oh? ¿Y soy tan molesto?
– Mucho. Aunque -sonrió avergonzada- no puedo ser “distraída” mucho últimamente.
– Mmm. Triste, pero cierto. Yo, desafortunadamente, estoy distraído todo el tiempo. -Ahuecó su barbilla con sus dedos y bajó los labios hacia los suyos en un apasionado y tierno beso-. Cada vez que te veo -murmuró.
– ¿Cada vez? -preguntó ella dudosamente.
Le dio un solemne asentimiento.
– Pero parezco una vaca.
– Mmm-hmm, -Sus labios nunca dejaron los suyos-. Pero una vaca muy atractiva.
– ¡Desgraciado! -Lo empujó y golpeó juguetonamente en el hombro.
Él sonrió malvadamente en respuesta.
– Parece ser que este viaje a Londres va a ser beneficioso para mi salud. O por lo menos para mi cuerpo. Soy afortunado de no magullarme fácilmente.
Ella hizo un puchero y sacó la lengua.
Él chasqueó la suya antes de levantarse y cruzar la habitación.
– Veo que la maternidad no ha traído madurez consigo.
Su almohada cruzó la habitación.
Turner estuvo de vuelta a su lado en un instante, su cuerpo extendido en la cama a lo largo del de ella.
– Tal vez debería quedarme, sólo para tener rienda firme sobre ti.
– Tal vez deberías.
La besó de nuevo, esta vez apenas reservando pasión y emoción.
– Te he dicho -murmuró mientras sus labios exploraban los suaves planos de su cara-, ¿cuánto adoro estar casado contigo?
– Hoy no.
– Es temprano todavía. Sin duda puedes disculpar mi descuido. -Capturó el lóbulo de su oreja entre sus dientes-. Ciertamente te lo dije ayer.
Y el día anterior, pensó Miranda agridulcemente. Y el día anterior a ese también, pero nunca le había dicho que la amaba. ¿Por qué siempre era “Amo estar contigo” y “Amo hacer cosas contigo” y nunca “Te amo”?. Parecía que no podía ser capaz de decir, “Te adoro”. “Adoro estar casado contigo”, era obviamente más seguro.
Turner captó la melancólica mirada en sus ojos.
– ¿Hay algo mal, gatita?
– No, no -mintió-. Nada. Es sólo… te voy a extrañar, eso es todo.
– Yo también te voy a extrañar. -La besó una última vez y luego se levantó y se puso la camisa.
Miranda lo observó mientras se movía por el cuarto, reuniendo sus pertenencias. Sus manos se apretaron bajo los cobertores, enroscando las sábanas en espirales de rabia. No iba a decir nada a menos que ella lo hiciera primero. ¿Y por qué debería él? Obviamente estaba perfectamente contento con las cosas como estaban. Iba a tener que forzar el asunto, pero estaba tan asustada, tan asustada de que no la arrastrara a sus brazos y le dijera que sólo había estado esperando a que le dijera que lo amaba otra vez. Pero sobre todo, estaba aterrorizada de que tragara incómodo y dijera algo que comenzara con: “Sabes cuanto me gustas Miranda…”
Ese pensamiento fue tan helado que tembló, su respiración tomando un suspiro temeroso.
– ¿Estás segura de que te sientes bien? -preguntó Turner en un tono de voz preocupado.