El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Dejó salir un cansado bostezo. Estaba agotado, y se le cerraban los párpados, pero no se iba a permitir dormir. Necesitaba estar con ella. Necesitaba verla, oírla respirar, simplemente ver la forma en que la luz jugaba con su piel.
– Está demasiado oscuro -musitó, poniéndose en pie-. Esto parece una maldita morgue. -Buscó por la habitación, revolviendo cajones y armarios hasta que encontró algunas velas más. Las encendió rápidamente y las puso en sus soportes. Aún seguía estando demasiado oscuro. Se acercó a zancadas hasta la puerta, la abrió de golpe y gritó- ¡Brearley! ¡Madre! ¡Olivia!
Inmediatamente ocho personas contestaron a su llamada, todas temiéndose lo peor.
– Necesito más velas -dijo Turner, su voz desmentía su terror y su cansancio. Unas cuantas doncellas se escabulleron con prontitud.
– Pero esto ya está bastante iluminado -dijo Olivia, asomando la cabeza en la habitación. Contuvo el aliento cuando vio a Miranda, su mejor amiga desde la infancia, acostada tan quieta-. ¿Va a estar bien? -susurró.
– Va a estar bien -le espetó Turner-. Siempre que podamos tener algo de luz aquí.
Olivia se aclaró la garganta.
– Me gustaría entrar y decir algo.
– ¡Ella no va a morir! -explotó Turner-. ¿Me oyes? No va a morir. No hay necesidad de hablar de esa forma. No tienes que decirle adiós.
– Pero si lo hace -persistió Olivia, las lágrimas le rodaban mejillas abajo-. Me sentiría…
El control de Turner se quebró, y empujó a su hermana contra la pared.
– No va a morir -dijo con voz baja y mortífera-. Apreciaría si dejases de actuar como si lo fuese.
Olivia asintió a tirones.
Turner la soltó de improvisto y luego se miró las manos como si fuesen objetos extraños.
– Dios mío -dijo confuso-. ¿Qué me está ocurriendo?
– No pasa nada, Turner -dijo Olivia tranquilizadora, tocándole con cautela el hombro-. Tienes todo el derecho a estar crispado.
– No, no es verdad. No cuando necesita que sea fuerte para ella. -Volvió a entrar a zancadas en la habitación y se sentó una vez más con su esposa-. Ahora mismo no importa -musitó, tragando compulsivamente-. Nada importa excepto Miranda.
Una criada con cara de sueño entró en la habitación con algunas velas.
– Enciéndalas todas -le ordenó Turner-. Quiero que aquí dentro esté tan iluminado como si fuese de día. ¿Me ha oído? Iluminado como el día. -Se giró de vuelta hacia Miranda y le pasó la mano por la frente-. A ella siempre le gustaron los días soleados. -Se horrorizó al oírse y miró frenéticamente a su hermana-. Quiero decir, le encantan los días soleados.
Olivia, incapaz de ver a su hermano en tal estado de pesadumbre, asintió y se marchó en silencio.
Unas pocas horas después, Lady Rudland entró en la habitación portando un pequeño bulto envuelto en una suave manta rosada.
– Te traje a tu hija -dijo suavemente.
Turner alzó la vista, conmocionado al darse cuenta de que se había olvidado por completo de la existencia de aquella diminuta persona. La miró con incredulidad.
– Es tan pequeña.
Su madre sonrió.
– Los bebés suelen llegar así.
– Lo sé pero… se parece a ella. -Alargó su dedo índice hacia su manita. Sus diminutos dedos la agarraron con sorprendente firmeza. Turner alzó la vista hacia su madre, la maravilla ante aquella nueva vida escrita en su sombrío rostro-. ¿Puedo sostenerla?
– Claro. -Lady Rudland le colocó el bulto en los brazos-. Es tuya, ya lo sabes.
– Lo es, ¿verdad? -Bajó la vista hacia la rosada cara y le tocó la nariz-. ¿Qué tal? Bienvenida al mundo, gatita.
– ¿Gatita? -dijo Lady Rudland con todo divertido-. ¡Qué apodo tan gracioso!
Turner negó con la cabeza.
– No, no es gracioso. Es absolutamente perfecto. -Volvió a subir la vista hacia su madre-. ¿Por cuánto tiempo será así de pequeña?
– Oh, no lo sé. Al menos por un tiempo. -Cruzó la habitación hasta la ventana, y descorrió las cortinas-. El sol está comenzando a salir. Olivia me dijo que querías algo de luz en la habitación.
Asintió, sin poder quitar los ojos de su hija.
Ella dejó de retocar la ventana y se giró de nuevo hacia él.
– Oh, Turner… tiene los ojos marrones.
– ¿En serio? -Volvió a bajar la vista al bebé. Tenía los ojos cerrados, dormida-. Sabía que los tendría así.
– Bueno, no querría decepcionar a su papá en su primer día fuera, ¿verdad?
– O a su madre. -Turner paseó la vista sobre Miranda, aún mortalmente pálida, luego abrazó a aquel nuevo bebé más cerca.
Lady Rudland miró directamente los ojos azules de su hijo, tan parecidos a los de ella, y dijo:
– Supongo que Miranda esperaba ojos azules.
Turner tragó saliva, incómodo. Miranda lo había querido durante tanto tiempo y tan bien, y él la había rechazado. Ahora quizás la perdiese, y ella nunca sabría que él se había dado cuenta de lo idiota que había sido. Nunca sabría que la amaba.
– Supongo que sí -dijo con voz ahogada por la emoción-. Tendrá que esperar al próximo.
Lady Rudland se mordió el labio.
– Por supuesto, querido -dijo consoladora-. ¿Has pensando en nombres?
Alzó la vista sorprendido, como si la idea de un nombre nunca se le hubiese ocurrido.
– Yo… no. Lo olvidé -admitió.
– Olivia y yo hemos pensando en algunos nombres bonitos. ¿Qué te parece Julianna? O Claire. Sugerí Fiona, pero a Olivia no le gustó.
– Miranda nunca permitiría que su hija se llamase Fiona -dijo sin entusiasmo-. Siempre odió a Fiona Bennet.
– ¿Aquella pequeña que vivía cerca de Haverbreaks? Nunca lo supe.
– Es un punto discutible, madre. No voy a ponerle un nombre sin consultarlo con Miranda.
Lady Rudland volvió a tragar.
– Por supuesto, querido. Yo… te dejaré ahora. Para que puedas estar un tiempo a solas con tu familia.
Turner miró a su esposa y luego a su hija.
– Esta es tu mamá -susurró-. Está muy cansada. Le costó gran esfuerzo hacerte salir. No sé por qué. No eres muy grande. -Para demostrar su argumento, tocó uno de sus diminutos dedos-. No creo que te haya visto aún. Sé que le gustaría. Te sostendría y te abrazaría y te besaría. ¿Sabes por qué? -Se enjuagó una lágrima con torpeza-. Porque te quiere, esa es la razón. Apostaría a que te quiere más de lo que me quiere a mí. Y creo que debe de quererme bastante porque no siempre he actuado como debería.
Lanzó una furtiva mirada a Miranda para asegurarse de que no se había despertado antes de añadir.
– Los hombres pueden ser idiotas. Somos tontos y estúpidos y raramente abrimos los ojos lo suficiente como para ver las bendiciones que tenemos enfrente de nuestras caras. Pero yo te veo -añadió, sonriéndole a su hija-. Y veo a tu madre, y espero que su corazón sea lo bastante fuerte como para perdonarme por aquella última vez. Sin embargo, creo que sí lo es. Tu mamá tiene un gran corazón.
El bebé gorjeó, haciendo sonreír a Turner de placer.
– Veo que estás de acuerdo conmigo. Eres muy lista para tener sólo un día. Pero claro, no veo por qué tendría que sorprenderme. Tu mamá también es muy lista.
El bebé hizo gorgoritos.
– Me halagas, gatita. Pero por esta vez, dejaré que pienses que yo también soy listo. -Miró a Miranda y susurró-. Sólo uno de nosotros necesita saber lo idiota que he sido.
El bebé hizo otro sonido, llevando a Turner a creer que su hija debería ser la niña más lista de todas las Islas Británicas.
– ¿Quieres conocer a tu madre, gatita? Bueno, por qué no os presentamos. -Sus movimientos eran torpes, pues nunca antes había sostenido a un bebé, pero de alguna manera logró colocar a su hija en la curva del brazo de Miranda-. Aquí vamos. Mmm, se está calentita ahí, ¿eh? Me gustaría intercambiar mi lugar contigo. Tu mamá tiene una piel realmente suave. -Alargó la mano y tocó la mejilla del bebé-. Aunque no tan suave como la tuya. Tú, pequeña, eres asombrosamente perfecta.