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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– ¿Turner?

Alzó la vista con la cara demacrada.

– Ha terminado, Turner. Es una niña. Tienes una hija.

– ¿Una niña? -repitió Turner. La larga espera en el pasillo lo había consumido, y después de casi un día entero de escuchar a su esposa gritar de dolor, no podía creer totalmente que estuviera hecho, y fuera padre.

– Es hermosa -dijo su madre-. Perfecta en todos los sentidos.

– Una niña -dijo él otra vez, sacudiendo la cabeza maravillado. Se giró hacia su hermana, que había permanecido a su lado a lo largo de la noche-. Una niña. ¡Olivia, tengo una niña! -Y luego, sorprendiéndoles a ambos, le echó los brazos a su alrededor y la abrazó.

– Lo sé, lo sé. -Incluso Olivia tenía problemas para contener las lágrimas en los ojos.

Turner le dio un último apretón, entonces volvió la mirada a su madre.

– ¿De qué color tiene los ojos? ¿Son marrones?

Una divertida sonrisa se extendió por la cara de Lady Rudland.

– No lo sé, querido. No llegué a mirarla. Pero los ojos de los bebés a menudo cambian de color mientras son pequeños. Probablemente no lo sabremos con certeza hasta dentro de algún tiempo.

– Serán marrones -dijo Turner con firmeza.

Los ojos de Olivia se agrandaron ante el repentino conocimiento.

– Tú la amas.

– ¿Hmm? ¿Qué has dicho, mocosa?

– La amas. Amas a Miranda.

Gracioso, pero aquella estrechez en la garganta que siempre sentía ante la mención de la palabra que comenzaba por A había desaparecido.

– Yo… -Turner se paró en seco, su boca se abrió ligeramente en asombrada sorpresa.

– La amas -repitió Olivia.

– Eso creo -dijo perplejo-. La amo. Amo a Miranda.

– Ya era hora de que te dieras cuenta -dijo su madre descaradamente.

Turner se sentó con la boca abierta, asombrado de lo fácil que se sentía todo en ese momento. ¿Por qué le había llevado tanto tiempo darse cuenta? Debería haber sido claro como el día. Amaba a Miranda. Amaba todo de ella, desde sus delicadamente arqueadas cejas hasta sus habituales bromas sarcásticas y la forma en que ladeaba la cabeza cuando sentía curiosidad. Amaba su ingenio, su calidez, su lealtad. Incluso le gustaba la forma en sus ojos estaban ligeramente unidos. Y ahora le había dado una hija. Había yacido en aquella cama y parido durante horas bajo un tremendo dolor, todo para darle una hija. Las lágrimas brotaron de sus ojos.

– Quiero verla. -Casi se ahogó con las palabras.

– El doctor tendrá lista a la niña en un momento -dijo su madre.

– No. Quiero ver a Miranda.

– Oh. Bueno, no veo que hay de malo. Espera sólo un segundo. ¿Doctor Winters?

Oyeron una maldición en voz muy baja, y entonces dejaron al bebé en los brazos de su abuela.

Turner abrió de golpe la puerta.

– ¿Qué ocurre?

– Está perdiendo demasiada sangre -dijo el Doctor con voz grave.

Turner bajó la vista a su esposa y casi tropezó por el dolor. Había sangre por todos lados; parecía salir de ella, y tenía el rostro mortalmente pálido.

– Oh, Dios -dijo con voz estrangulada-. Oh, Miranda.

Te di a luz hoy. Aún no sé tu nombre. No me han dejado sostenerte. Creía que podría ponerte el nombre de mi madre. Era una mujer encantadora, y siempre me abrazaba con fuerza a la hora de dormir. Su nombre era Caroline. Espero que le guste a Turner. Nunca hablamos de nombres.

¿Estoy dormida? Puedo oír a todo el mundo a mí alrededor, pero parece que no puedo decirles nada. Intento recordar estas palabras en mi cabeza para así poder escribirlas luego.

Creo que estoy dormida.

CAPÍTULO 20

El doctor logró restañar la hemorragia, pero estaba sacudiendo la cabeza mientras se lavaba las manos.

– Ha perdido mucha sangre -dijo con seriedad-. Va a estar débil.

– ¿Pero va a reponerse? -preguntó ansioso Turner.

El doctor Winters alzó los hombros en un melancólico encogimiento.

– Sólo podemos tener esperanzas.

No gustándole aquella respuesta, Turner lo empujó para pasar y se sentó en una silla junto a la cama de su esposa. Le agarró su fláccida mano y la sostuvo en la de él.

– Se repondrá -dijo en voz ronca-. Tiene que hacerlo.

Lady Rudland se aclaró la garganta.

– Doctor Winters, ¿tiene alguna idea de qué causa tanta sangre?

– Podría ser una rasgadura en el útero. Probablemente al expulsar la placenta.

– ¿Es algo común?

El doctor asintió.

– Me temo que debo irme. Hay otra mujer en la zona que está esperando, y necesito dormir un poco si quiero atenderla apropiadamente.

– Pero Miranda… -Las palabras de Lady Rudland se fueron apagando cuando miró a su nuera con consternación y miedo.

– No hay nada más que pueda hacer por ella. Sólo podemos esperar y rezar para que su cuerpo cure la rasgadura, y no vuelva a sangrar.

– ¿Y si lo hace? -preguntó Turner monótonamente.

– Si lo hace, presionen vendas limpias contra ella como he hecho yo. Y envíen a buscarme.

– Si lo hacemos, ¿hay alguna maldita posibilidad de que llegue a tiempo? -preguntó Turner mordaz, la pena y el terror rompiendo toda cortesía.

El doctor decidió no contestar. Inclinó la cabeza.

– Lady Rudland. Lord Turner.

Cuando la puerta se cerró, Lady Rudland cruzó la habitación hasta llegar al lado de su hijo.

– Turner -dijo en tono tranquilizador-. Deberías descansar un poco. Has estado en pie toda la noche.

– Al igual que tú.

– Sí, pero yo… -sus palabras se apagaron. Si su esposo estuviese moribundo, ella querría estar con él. Plantó un beso en la coronilla de Turner-. Te dejaré solo con ella.

Él se dio la vuelta, sus ojos brillaban peligrosamente.

– ¡Maldita sea todo, Madre! No estoy aquí para despedirme. No hay necesidad de hablar como si se estuviese muriendo.

– Claro que no. -Pero sus ojos, llenos de piedad y pena, decían algo diferente. Dejó la habitación en silencio.

Turner bajó la vista a la pálida cara de Miranda, un músculo se movió espasmódicamente en su garganta.

– Debería haberte dicho que te quería -dijo con voz ronca-. Debería habértelo dicho. Es todo lo que querías escuchar, ¿verdad? Y fui demasiado estúpido para darme cuenta. Creo que te he querido todo este tiempo, mi amor. Desde el principio. Desde aquel día en el carruaje cuando me dijiste por fin que me querías. Estaba…

Se detuvo, creyendo haber visto un movimiento en su cara. Pero fue sólo su propia sombra moviéndose por su piel mientras se balanceaba de adelante a atrás.

– Estaba tan sorprendido -dijo, una vez que volvió a recuperar la voz-. Tan sorprendido porque alguien pudiese quererme y no desear ningún tipo de poder sobre mí. Tan sorprendido de que pudieses quererme y no quisieses cambiarme. Y yo… yo no pensé que pudiera volver a amar. ¡Pero estaba equivocado! -Flexionó las manos nerviosamente, y tuvo que resistir la urgencia de tomarla por los hombros y sacudirla-. Estaba equivocado, maldita sea, y no fue culpa tuya. No fue tu culpa, cariño. Fue mía. O quizás de Leticia, pero definitivamente no tuya. -Le alzó otra vez la mano y se la llevó a los labios-. Nunca fue tu culpa, cariño -dijo de manera suplicante-. Así que vuelve a mí. Por favor. Lo juro, me estás asustando. ¿No quieres asustarme, verdad? Te lo aseguro, no es un espectáculo bonito.

No hubo respuesta. Deseó que ella tosiese, o que inquieta, cambiase de posición, o algo. Pero sólo siguió allí acostada, tan quieta, tan inmóvil que un momento de absoluto terror descendió sobre él y frenético giró su mano para sentir el pulso en el interior de su muñeca. Turner suspiró aliviado. Allí estaba. Era débil, pero estaba allí.

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