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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– ¿No crees que sería demasiado femenino? -Preguntó Miranda-. Turner usa también un poco este cuarto.

– Hmm. Eso es un problema.

Miranda ni siquiera se dio cuenta de que estaba apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. Gracioso, como si la mera mención de su nombre pudiera molestarla.

– Por otro lado -dijo, sus ojos entrecerrándose peligrosamente-. Siempre me ha gustado el rosa grisáceo. Hagámoslo.

– ¿Estás segura? -Ahora Olivia dudaba-. Turner…

– Olvida a Turner -Miranda lo dijo con suficiente vehemencia para hacer que Olivia levantara las cejas-. Si él quisiera decir algo de la decoración, no debería haberse ido a Londres.

– No deberías exaltarte -dijo Olivia pacíficamente-. Estoy segura de que él te extraña mucho.

– Tonterías. Probablemente no ha pensado en mí para nada.

Ella lo estaba atormentando.

Turner había pensado, después de cuatro interminables días en un carruaje cerrado, que podría apartar a Miranda de sus pensamientos cuando llegara a Londres y a todas sus distracciones.

Pero estaba equivocado.

Su última conversación se reproducía en su mente, una y otra y otra vez, pero cada vez que Turner trataba de cambiar sus líneas, de pretender que había dicho algo más, que había pensado en algo más que decir, toda la cuestión desaparecía. El recuerdo se disolvía y todo lo que le quedaba eran sus ojos, grandes y marrones y planos de dolor.

Era una emoción poco familiar, la culpa. Quemaba y hormigueaba, y lo agarró por la garganta. La rabia era mucho, mucho más fácil. La rabia era limpia. Era precisa. Y nunca era acerca de él.

Había sido acerca de Leticia. Había sido acerca de sus muchos hombres. Pero nunca había sido acerca de él.

Pero esto… esto era algo más. Y no había forma de que pudiera vivir así. Podían ser felices otra vez, ¿no? Él ciertamente había sido feliz antes. Ella también. Podía quejarse acerca de los sentimientos de él, pero sabía que había sido feliz.

Y ella sería feliz de nuevo, prometió. Una vez que Miranda aceptara que a él le importaba en cada forma que conocía, podrían volver a la confortable existencia que se habían forjado desde su matrimonio. Tendría al bebé. Serían una familia. Él le haría el amor con sus manos y sus labios, con todo menos con palabras.

La había ganado antes. Podría hacerlo otra vez.

Dos semanas después, Miranda estaba sentada en su nuevo salón rosa tratando de leer un libro pero pasando mucho más tiempo mirando por la ventana. Turner le había dicho que llegaría en los próximos días, y ella no podía controlar el correr de su corazón cada vez que escuchaba un sonido que sonaba como un carruaje subiendo por la entrada.

El sol se había deslizado bajo el horizonte antes de que se diera cuenta de que no había volteado una sola página de su libro. Un preocupado sirviente le había traído la cena que había olvidado pedir, y Miranda apenas había terminado su plato de sopa antes de quedarse dormida en el sofá.

Unas horas después, el carruaje por el cual había estado esperando tan diligentemente hizo un alto delante de la casa, y Turner, cansado del viaje aunque ansioso de ver a su esposa, saltó afuera. Alcanzó uno de sus bolsos y retiró un paquete casi envuelto, dejando el resto de su equipaje en el vehículo para que el lacayo lo trajera. Miró a la casa y notó que no había luz en su habitación. Esperaba que Miranda no estuviera ya dormida, no tenía corazón para despertarla, pero realmente quería hablar con ella esa noche y tratar de compensarla.

Pateó el suelo en los escalones delanteros, tratando de desalojar algo del barro de sus botas. El mayordomo, que había estado esperándolo casi tanto tiempo como Miranda, abrió la puerta antes de que Turner pudiera tocar.

– Buenas noches, Brearley -dijo Turner afablemente.

– ¿Puedo ser el primero en darle la bienvenida, mi señor?

– Gracias. ¿Está mi esposa todavía despierta?

– Creo que está en el salón rosa, mi señor. Leyendo, creo.

Turner encogió su abrigo.

– Ciertamente le gusta hacer eso.

– Somos afortunados de tener una dama tan educada -agregó Brearley.

Turner parpadeó.

– No tenemos un salón rosa, Brearley.

– Lo tenemos ahora, mi señor. En el anterior salón oeste.

– ¿Oh? Así que lo decoró. Bueno, bien por ella. Quiero que piense en este lugar como su hogar.

– Como todos nosotros, mi señor.

Turner sonrió. Miranda había despertado una fiera lealtad entre el personal de la casa. Las criadas positivamente la adoraban.

– Voy a sorprenderla ahora. -Anduvo a zancadas a través del pasillo delantero, girando a la derecha hasta que alcanzó lo que solía ser el salón oeste. La puerta estaba ligeramente entornada, y Turner podía ver el parpadeo de una vela. Tonta mujer. Debería saber que necesitaba más de una vela para leer.

Empujó la puerta unos centímetros más y asomó la cabeza. Miranda estaba acostada en el sofá, su boca suave y ligeramente abierta mientras dormía. Un libro estaba sobre su vientre, y una comida medio terminada estaba en la mesa cerca de ella. Se veía tan adorablemente inocente, su corazón dolía. La había extrañado en su viaje, había pensado en ella, y su desfavorable partida, casi cada minuto de cada día. Pero no había pensado que se había dado cuenta de cuan profundo y elemental había sido su deseo hasta ese justo momento, cuando la vio de nuevo, sus ojos cerrados, su pecho subiendo y bajando suavemente en sueños.

Se había dicho a sí mismo que no la despertaría, pero eso, razonó, fue cuando pensó que estaría en la habitación. Iba a tener que ser despertaba para ir arriba a la cama, así que podría ser él quien lo hiciera.

Caminó hasta el sofá, empujó la cena a un lado, y la puso arriba de la mesa, dejando su paquete descansar en su regazo.

– Despierta, cari… -se detuvo, tardíamente recordando como le había ordenado que no usara más nombres cariñosos. Tocó su hombro-. Despierta, Miranda.

Ella parpadeó.

– ¿Turner? -su voz sonaba aturdida.

– Hola, gatita. -Que lo colgaran si no quería que la llamara así. Si quería usar un sobrenombre, lo haría.

– Yo casi… -Bostezó-. Casi desisto de esperarte.

– Te dije que llegaría hoy.

– Pero los caminos…

– No estaban tan mal. -Le sonrió a ella. Su mente adormilada no había recordado todavía que estaba molesta con él, y no veía ninguna razón para recordárselo. Tocó su mejilla-. Te extrañé.

Miranda bostezó otra vez.

– ¿Lo hiciste?

– Mucho. -Hizo una pausa-. ¿Me extrañaste?

– Yo… sí. -Mentir no tenía propósito, entendió. Él ya sabía que lo amaba-. ¿Lo pasaste bien en Londres? -preguntó educadamente.

– Preferiría que hubieses estado conmigo -replicó, y sonó demasiado moderado, como si sus oraciones estuviesen cuidadosamente escogidas para no ofender. Y luego en la misma voz educada-. ¿Lo pasaste bien mientras no estuve?

– Olivia vino por un par de días.

– ¿En serio?

Miranda asintió. Y luego dijo:

– Aparte de eso, sin embargo, tuve mucho tiempo para pensar.

Hubo un largo silencio, y luego:

– Ya veo.

Ella miró mientras dejaba el paquete, se paraba y luego caminaba adonde la solitaria vela estaba consumiéndose.

– Está un poco oscuro aquí -dijo, pero había algo afectado acerca de ello, y ella deseaba poder ver su cara mientras levantaba la vela y usaba su luz para iluminar más.

– Me dormí mientras todavía estaba el crepúsculo -le dijo, porque… bueno, porque parecía haber un cierto acuerdo tácito entre ellos para mantener todo esto cordial, cuidadosa y civilizadamente y todo lo demás que significaba que evitaban algo real.

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