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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– Oh, Turner, yo también te amo. Lo sabes, ¿no?

Él asintió.

– Doy gracias por eso. Es el regalo más preciado que he podido recibir.

– Seremos verdaderamente felices, ¿verdad?

Ella le sonrió vacilante.

– Más allá de lo imaginable, cariño, más allá de lo imaginable.

– ¿Y tendremos más hijos?

La expresión de él se tornó severa.

– Sólo con la condición de que no me vuelvas a dar otro susto como este. Además, el mejor camino para evitar los hijos es la abstinencia, y no creo que pueda ser capaz de conseguirlo.

Ella se sonrojó, pero también dijo:

– Bien.

Se acercó a ella y le dio un beso tan apasionado como provocador.

– Debo dejarte descansar -dijo a regañadientes alejándose de ella.

– No, no. Por favor no te vayas. No estoy cansada.

– ¿Estás segura?

Que maravilloso era tener a alguien cuidando de ella.

– Sí, estoy segura. Pero quiero que me traigas algo. ¿No te importaría?

– Claro que no. ¿Qué es?

Ella señaló con el dedo.

– Hay una caja cubierta de seda en mi escritorio en la sala de estar. Dentro hay una llave.

Turner levantó las cejas interrogativamente, pero siguió sus instrucciones.

– ¿La caja verde? -le preguntó.

– Sí.

– Aquí tienes -dijo mientras volvía a la habitación trayendo la llave.

– Bien. Ahora si vuelves a mi escritorio, encontrarás una gran caja de madera en la parte trasera del cajón.

Él volvió a la sala de estar.

– Aquí tienes. Dios, como pesa. ¿Qué tienes aquí? ¿Piedras?

– Libros.

– ¿Libros? ¿Qué clase de libros son tan preciados para tenerlos bajo llave?

– Son mis diarios.

Reapareció, cargando la caja con ambas manos.

– ¿Tus diarios? Nunca lo supe.

– Fue sugerencia tuya.

Él se giró.

– No lo fue.

– Sí lo fue. El primer día que nos conocimos. Te hablé acerca de Fiona Bennet y de lo horrible que era, y me dijiste que escribiera un diario.

– ¿Lo hice?

– Mmm-mmm. Y recuerdo exactamente todo lo que me dijiste. Y te pregunté por qué debía llevar un diario y me dijiste: “porque algún día crecerás interiormente, y serás tan hermosa como ahora eres lista. Y entonces podrás volver a mirar tu diario y darte cuenta de lo tontas que son las niñas pequeñas como Fiona Bennet. Y reirás cuando recuerdes que tu madre te decía que las piernas te empezaban desde los hombros. Y quizás reserves alguna sonrisa para mí cuando recuerdes la bonita charla que hemos tenido hoy”.

La miró impresionado, manojos de recuerdos vinieron a él.

– Y tú dijiste que guardarías una gran sonrisa para mí.

Ella asintió.

– Memoricé palabra por palabra. Fue la cosa más dulce que nadie me había dicho nunca.

– Dios mío, Miranda -respiró reverente-. De verdad me amas, ¿no es así?

Ella asintió.

– Desde aquel día. Tráeme la caja aquí.

Le dejó la caja sobre la cama y le dio la llave. Ella abrió la caja y sacó algunos libros. Algunos de ellos eran de piel de cuero, y algunos otros estaban cubiertos con una tela floral de niña, pero ella cogió el más sencillo de todos, un pequeño cuaderno parecido a los que él solía usar cuando era estudiante.

– Este fue el primero -dijo ella, pasando la portada con dedos reverentes-. De verdad te he amado todo este tiempo. ¿Lo ves?

Él miró la primera entrada.

2 DE MARZO DE 1810.

Hoy me he enamorado.

Una lágrima brotó de los ojos de él.

– Yo también, mi amor, yo también.

Julia Quinn

***
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