El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– Lo sé. Yo… -Hizo una pausa para coger un respiro-. ¿Podrías quitarme este vestido?
– ¡Oh, Dios mío!, por supuesto. Lo siento tanto. Se me olvidó por completo. Debes estar tan incómoda. Turner, ven aquí y échame una mano.
– ¡No! -exclamó Miranda bruscamente.
Él se paró en seco, y su cara se volvió fría.
– Quiero decir, o lo haces tú o lo hace él -le dijo Miranda a su suegra-. Pero no ambos.
– Es el parto el que habla -dijo Lady Rudland dulcemente-. No estás pensando con claridad.
– ¡No! Él puede hacerlo, si tú quieres, porque… me ha visto antes. O tú puedes hacerlo porque eres una mujer. Pero no te quiero mirándome mientras él me ve. ¿No lo entiendes? -Miranda agarró el brazo de la mujer mayor con una fuerza inusitada.
Detrás, en la esquina, Turner reprimió una sonrisa.
– Te dejaré hacer los honores, Madre -dijo manteniendo la voz inexpresiva para así no romper a reír. Con una brusca inclinación de cabeza, dejó la habitación. Se obligó a andar hasta la mitad del pasillo antes de dejarse llevar por la risa. Qué pequeña colección de escrúpulos tan graciosos tenía su esposa.
De vuelta en el dormitorio, Miranda estaba apretando los dientes ante otra contracción cuando Lady Rudland le sacó el vestido estropeado.
– ¿Se ha ido? -preguntó. No confiaba en que él no echara una miradita.
Su suegra asintió con la cabeza.
– No nos molestará.
– No es una molestia -dijo Miranda, antes de que pudiera pensar lo bueno de ello.
– Por supuesto que lo es. Los hombres no tienen sitio durante el parto. Es sucio y doloroso, y ninguno de ellos sabe qué hacer para ser útil. Lo mejor, dejarles que se sienten fuera y que cavilen todos los modos en que ellos deberían recompensarle a una por su arduo trabajo.
– Me compró un libro -susurró Miranda.
– ¿Él? Estaba pensando en diamantes, para una misma.
– También sería agradable -dijo Miranda débilmente.
– Dejaré caer una indirecta en su oído. -Lady Rudland terminó de meter a Miranda en el camisón y ahuecó las almohadas detrás de ella-. Aquí tienes. ¿Estás cómoda?
Otro dolor agarró su vientre.
– No. Realmente -apretó entre dientes.
– ¿Ha sido otra? -preguntó Lady Rudland-. ¡Dios mío! Vienen muy seguidas. Este puede ser un nacimiento extraordinariamente rápido. Espero que el Doctor Winters llegue pronto.
Miranda contuvo el aliento cuando remontó otra ola de dolor, asintiendo con la cabeza su acuerdo.
Lady Rudland tomó su mano y la apretó con su cara arrugada con empatía.
– Si te hace sentir un poco mejor -dijo-, esto es mucho peor con gemelos.
– No lo hace -jadeó Miranda.
– ¿Te hace sentir un poco mejor?
– No.
Lady Rudland suspiró.
– No pensé que lo haría realmente. Pero no te preocupes -añadió animándose un poco-. Todo acabará pronto.
Veintidós horas más tarde, Miranda quería una nueva definición de la palabra pronto. Su cuerpo entero estaba sacudido por el dolor, su respiración venía en boqueadas irregulares, y sentía como si verdaderamente no pudiera abastecer de suficiente aire a su cuerpo. Y las contracciones seguían viniendo, cada una peor que la última.
– Siento que viene una -gimió.
Lady Rudland inmediatamente restregó su frente con un paño frío.
– Sólo empuja, amor.
– No puedo… Estoy demasiado… ¡Maldita sea! -gritó usando el epíteto favorito de su marido.
En el pasillo, Turner se puso rígido cuando la escuchó gritar. Después de conseguir que Miranda se cambiara el vestido manchado, su madre lo había llevado fuera del alcance del oído y lo había convencido de que sería mejor para todos si se quedaba fuera en el pasillo. Olivia había traído dos sillas de una sala cercana y diligentemente le hacía compañía, tratando de no estremecerse cuando Miranda gritaba de dolor.
– Eso sonó a una mala -dijo nerviosamente, tratando de darle conversación.
Él la fulminó con la mirada. ¡Qué palabras más inoportunas!
– Estoy segura que todo terminará pronto -dijo Olivia con más esperanza que certeza-. No creo que esto pueda empeorar mucho.
Miranda gritó otra vez, claramente en agonía.
– Al menos no creo que tanto -añadió Olivia débilmente.
Turner enterró la cara en las manos.
– No voy a volver a tocarla jamás -gimió él.
– ¡No va a volver a tocarme jamás! -oyeron el rugido de Miranda.
– Bueno, no parece que vayas a tener mucha discusión con tu esposa sobre ese asunto -gorjeó Olivia. Le dio un golpecito en la barbilla con los nudillos-. Anímate, hermano mayor. Estás a punto de convertirte en padre.
– Pronto, espero -refunfuñó-. No creo que pueda soportar esto mucho más.
– Si tú piensas que es malo, sólo piensa cómo debe sentirse Miranda.
La clavó una penetrante mirada letal. De nuevo palabras inoportunas. Olivia cerró la boca.
En la habitación del alumbramiento, Miranda sostenía la mano de su suegra en un apretón firme.
– Haz que pare -gimió-. Por favor, haz que pare.
– Terminará pronto, te lo aseguro.
Miranda tiró hacia abajo de ella hasta que estuvieron casi cara a cara.
– ¡Dijiste eso ayer!
– Disculpe, ¿Lady Rudland?
Era el Doctor Winters, que había llegado una hora después de que los dolores hubieran comenzado.
– ¿Podría hablar con usted?
– Sí, sí, por supuesto -dijo Lady Rudland, rescatando con cuidado su mano de la de Miranda-. Volveré. Te lo prometo.
Miranda asintió sacudiendo la cabeza y se aferró sujetando las sábanas, necesitaba algo que apretar cuando el dolor alcanzaba su cuerpo. Su cabeza cayó de un lado al otro mientras trataba de respirar hondo. ¿Dónde estaba Turner? ¿Es que él no se daba cuanta de que lo necesitaba aquí? Necesitaba su calor, su sonrisa, pero sobre todo, necesitaba su fuerza porque no creía que tuviera bastante por ella misma para pasar por esta dura prueba.
Pero era obstinada y tenía su orgullo, y no se sentía con ánimo para preguntar a Lady Rudland donde estaba él. En lugar de eso apretó los dientes e intentó no gritar de dolor.
– ¿Miranda? -Lady Rudland la estaba mirando con un gesto de preocupación-. Miranda, querida, el Doctor dice que tienes que empujar más fuerte. El bebe necesita un poco de ayuda para salir.
– Estoy demasiado cansada -gimió-. No puedo hacerlo más. -Necesito a Turner. Pero ella no sabía como decir las palabras.
– Sí, puedes. Si empujas sólo un poco más fuerte ahora, acabarás mucho más rápidamente.
– ¡No puedo… No pued… ohhhh!
– Eso es, Lady Turner -dijo el Doctor Winters enérgicamente-. Empuje ahora.
– Yo… Oh, esto duele. Duele.
– Empuje. Puedo ver la cabeza.
– ¿Puede? -Miranda intentó levantar la cabeza.
– Shhh, no estires el cuello -dijo Lady Rudland-. De todos modos no serás capaz de ver nada. Confía en mí.
– Siga empujando -dijo el Doctor.
– Lo intento. Lo intento. -Miranda sujetó fuertemente sus dientes juntos y apretó-. Es… Puede usted… -Tomó unas bocanadas gigantescas de aire-. ¿De qué género es?
– No puedo decirlo aún -contestó el Doctor Winters-. Espere. Espere un minuto… Aquí estamos. -Una vez que la cabeza surgió, el cuerpo diminuto se deslizó rápidamente-. Es una niña.
– ¿Lo es? -Miranda respiró y suspiró cansadamente-. Por supuesto que lo es. Turner siempre consigue lo que quiere.
Lady Rudland abrió la puerta y sacó la cabeza al pasillo mientras el Doctor miraba al bebé.