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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Él dejó la silla de montar en su sitio y permaneció de pie, pensativo. Después, dio un paso hacia ella, levantó una mano y le acarició la cara con suavidad. Una rama de olivo. Ella no le miró. Antes, Margery le habría apretado la mano contra su piel y la habría besado. Sintió que algo se hundía dentro de él.

—Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro, ¿no?

—Sven…

—Respeto tu forma de querer vivir. He aceptado que no quieras estar atada. Ni siquiera lo he mencionado desde que…

Ella se frotó la frente.

—¿Podemos no hablar de esto ahora?

—Lo que quiero decir es que… llegamos a un acuerdo. Acordamos que…, si decidías que ya no me deseabas, lo dirías.

—¿Otra vez estamos con esto? —El tono de Margery era de tristeza y exasperación. Apartó los ojos de él—. No eres tú. No quiero que te vayas a ningún sitio. Es solo… que tengo muchas cosas en las que pensar.

—Todos tenemos muchas cosas en las que pensar.

Ella negó con la cabeza.

—Margery.

Y allí se quedó ella, terca como Charley. Sin darle nada.

Sven Gustavsson no era un hombre de temperamento difícil, pero sí que era orgulloso y tenía sus límites.

—No puedo continuar así. No voy a seguir molestándote. —Ella levantó la cabeza cuando él se giró—. Ya sabes dónde encontrarme cuando estés lista para verme de nuevo. —Levantó en el aire una mano mientras empezaba a bajar por la montaña. No miró atrás.

Sophia libraba el viernes porque era el cumpleaños de William y, dado que estaban al día con los arreglos (posiblemente debido a que Alice pasaba en la biblioteca mucho más tiempo), Margery le había insistido en que se quedara con su hermano. Alice subía por Split Creek cuando estaba atardeciendo y, al ver que la luz seguía encendida, se preguntó, puesto que Sophia no estaba, cuál de las bibliotecarias permanecía aún allí. Beth siempre acababa rápido; dejaba sus libros y salía a toda prisa hacia la granja (si no llegaba rápido, sus hermanos habrían engullido la comida que le hubieran dejado). Kathleen se daba la misma prisa en volver a casa para poder estar con sus hijos durante sus últimas horas de vigilia antes de acostarlos. Solo eran ella e Izzy las que guardaban los caballos en el establo de Fred y, al parecer, Izzy había dejado la biblioteca para siempre.

Alice desensilló a Spirit y se quedó un momento al calor del establo. Después, besó a la yegua e inhaló el dulce olor de sus orejas apretando la cara contra su cuello caliente y buscándole alguna golosina cuando arrimó a sus bolsillos su suave y curioso hocico. Quería ya a ese animal y conocía sus rasgos y sus puntos fuertes igual que conocía los suyos. Se dio cuenta de que aquella pequeña yegua era la relación más constante que había tenido en su vida. Cuando se aseguró de que el animal estaba bien acomodado, se dirigió a la puerta trasera de la biblioteca, de la que aún podía ver que se escapaba un haz de luz entre los huecos sin forrar de la madera.

—¿Marge? —gritó.

—Vaya, sí que se ha tomado usted su tiempo.

Alice empezó a parpadear al ver a Fred, sentado en una pequeña mesa en el centro de la sala, vestido con una camisa de franela limpia y unos vaqueros azules.

—Tomé nota de que no quería que la vieran conmigo en público. Pero he pensado que quizá podríamos cenar juntos de todos modos.

Alice cerró la puerta al entrar, miró la mesa bien preparada, con un pequeño jarrón con flores de tusilago, un adelanto de la primavera, en el centro, dos sillas y lámparas de aceite titilando sobre los escritorios de al lado, proyectando sombras sobre los lomos de los libros que les rodeaban.

Él pareció entender el asombrado silencio como desconfianza

—No es más que un guiso de cerdo con alubias. Nada demasiado lujoso. No estaba seguro de a qué hora estaría de vuelta. Puede que las verduras se hayan enfriado un poco. No sabía que usted sería tan meticulosa a la hora de guardar a esa yegua mía. —Levantó la tapa de la pesada cacerola de hierro y, de repente, la habitación quedó inundada por el aroma de la carne cocinada a fuego lento. Al lado de ella, en la mesa, había una pesada sartén con pan de maíz y un cuenco de judías verdes.

El estómago de Alice borboteó de manera inesperada y ruidosa y ella se apretó una mano contra el vientre a la vez que trataba de no sonrojarse.

—Bueno, parece que alguien ha dado su aprobación —dijo Fred con tono sereno. Se puso de pie y se acercó para retirar una silla para ella.

Alice dejó su sombrero en el escritorio y se quitó la bufanda.

—Fred, yo…

—Lo sé. Pero me gusta su compañía, Alice. Y por estos lares no es fácil que un hombre pueda disfrutar de alguien como usted muy a menudo. —Se inclinó hacia ella para servirle un vaso de vino—. Así que me sentiría muy agradecido si… me concediera el capricho.

Alice abrió la boca para protestar pero, entonces, se dio cuenta de que no estaba segura de cuál iba a ser su protesta. Cuando levantó los ojos, él la estaba mirando, esperando una señal.

—Tiene todo una pinta maravillosa —dijo.

Él soltó entonces un pequeño suspiro, como si ni siquiera en ese momento hubiese estado seguro de que ella no iba a salir corriendo. Y entonces, mientras empezaba a servir la comida, la miró con una sonrisa lenta y amplia tan llena de satisfacción que ella no pudo evitar responderle con otra sonrisa.

La Biblioteca Itinerante se había convertido en los meses de su existencia en un símbolo de muchas cosas y en un foco de otras, algunas que resultaban controvertidas y otras que provocaban desasosiego en ciertas personas, por mucho tiempo que llevaran ya allí. Pero esa noche heladora y húmeda de marzo se convirtió en un diminuto y reluciente refugio. Dos personas encerradas y a salvo en su interior, liberadas por un momento de sus complicados pasados y las pesadas expectativas del pueblo que les rodeaba, disfrutaron de una buena comida y risas mientras hablaban de poesía, historias, caballos y errores que habían cometido y, aunque apenas hubo un leve contacto físico entre ellas, aparte del accidental roce de una piel contra otra al pasarse el pan o rellenar un vaso, Alice descubrió de nuevo una pequeña parte de sí misma que no sabía que había estado echando de menos: la joven coqueta a la que le gustaba hablar de cosas que había leído, visto o pensado tanto como le gustaba montar a caballo por una senda de la montaña. A cambio, Fred disfrutó de la atención completa de una mujer, la risa fácil ante sus bromas y el desafío de una idea que podría diferir de la suya. El tiempo pasó volando y los dos terminaron la noche satisfechos y felices, con el raro resplandor que aparece cuando se sabe que lo más hondo de tu ser se ha mostrado ante otra persona y que quizá pueda haber alguien ahí que solo esté dispuesta a ver lo mejor de ti.

Fred bajó la mesa sin dificultad por los últimos escalones, listo para meterla de nuevo en su casa y, después, se dio la vuelta para echar el doble cerrojo de la puerta. Alice estaba a su lado, envolviéndose la bufanda alrededor de la cara, con el estómago lleno y una sonrisa en los labios. Los dos quedaban ocultos a la vista de los demás por el edificio de la biblioteca y, de algún modo, se encontraron a solo unos centímetros de distancia.

—¿Seguro que no me vas a dejar que te lleve montaña arriba? Hace frío, está oscuro y es un largo camino.

Ella negó con la cabeza.

—Esta noche me parecerán cinco minutos.

Él se quedó mirándola bajo la media luz.

—Últimamente no hay muchas cosas que te asusten, ¿no?

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