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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Ya habíamos realizado todos los pasos previos. Sólo quedaba pendiente la firma de los otros dos fideicomisarios. Habría sido prematuro celebrar esta reunión sin estar en situación de asegurarles que el museo seguiría abierto.

– ¿Y no habría sido correcto esperar unos cuantos días?

Marcus permaneció impasible.

– ¿Y por qué exactamente? ¿Te estás volviendo sensible a la opinión pública o hay alguna objeción ética o teológica que no haya tenido en cuenta?

James esbozó una sonrisa irónica que más pareció una mueca, pero no contestó.

– El juez de instrucción abrirá el sumario mañana por la mañana -prosiguió Marcus-, y si nos entregan el cadáver, la incineración tendrá lugar el jueves. Mi hermano no era religioso, de modo que será una ceremonia laica y privada. Sólo asistirán los familiares más cercanos. Parece ser que el hospital quiere organizar más tarde una misa en su memoria en la capilla y, por supuesto, estaremos presentes. Imagino que cualquier otra persona que quiera asistir será bien recibida. Sólo he mantenido una breve conversación telefónica con el administrador. Todavía no hay nada concreto.

»Y ahora, en cuanto al futuro del museo, seré el nuevo administrador general y Caroline continuará trabajando a tiempo parcial y será responsable de lo que podríamos describir como la parte visible de la casa: entradas, administración, financiación y mantenimiento. Usted, Muriel, seguirá respondiendo ante ella. Sé que ambas tienen una especie de acuerdo privado relacionado con el cuidado de su piso, y eso continuará siendo así. Nos gustaría que tú, James, siguieses ejerciendo de director del museo con responsabilidad sobre las adquisiciones, la conservación de las piezas y la organización de exposiciones, las relaciones con los investigadores y el reclutamiento de voluntarios. Usted, Tally, continuará como hasta ahora, viviendo en la casa pequeña y respondiendo ante mi hermana de la limpieza general y ante Muriel cuando ésta necesite ayuda en recepción. Escribiré a nuestras dos voluntarias actuales, la señora Faraday y la señora Strickland, para pedirles que continúen si lo desean. Si el museo amplía su ámbito de actividad, como espero que suceda, es posible que necesitemos personal contratado adicional, y sin duda no nos vendría mal la ayuda de más voluntarios. James seguirá encargándose de las entrevistas. El chico, Ryan, puede seguir, eso si se digna aparecer.

– Estoy preocupada por Ryan -intervino Tally.

– No creo que la policía vaya a sospechar de Ryan Archer -dijo Marcus en tono desdeñoso-. ¿Qué motivo podía tener ese chico, aunque fuese lo bastante inteligente para planear este asesinato?

– No creo que deba preocuparse, Tally -repuso James con delicadeza-. El comandante Dalgliesh nos ha contado lo sucedido: el chico se ha escapado porque agredió al comandante Arkwright y seguramente creyó que lo había matado. Aparecerá cuando se dé cuenta de que no lo ha hecho. Además, la policía está buscándolo. No podemos hacer nada al respecto.

– Evidentemente, necesitan hablar con él -añadió Marcus-. No podemos esperar que se muestre discreto.

– Pero ¿qué puede decirles? -preguntó Caroline.

Se produjo un silencio que no se quebró hasta que habló Marcus.

– Tal vez sea el momento de que pasemos al tema de la investigación. Lo que me sorprende es el grado de implicación de la policía. ¿Por qué el comisario Dalgliesh? Pensaba que su brigada se dedicaba a investigar casos de homicidio de especial dificultad o confidencialidad. No entiendo por qué la muerte de Neville forma parte de ese grupo.

James se reclinó peligrosamente en su asiento y dijo:

– Puedo sugerirte unas cuantas razones: Neville era psiquiatra, quizás estuviese tratando a alguien poderoso cuya reputación necesite algo más que la protección habitual. No sería conveniente, por ejemplo, que se hiciese público que un alto cargo del Ministerio de Economía es cleptómano, que un obispo es un bígamo redomado, o que una estrella del pop tiene predilección por las menores de edad. También cabe la posibilidad de que la policía sospeche que el museo se está utilizando con propósitos delictivos, para recibir mercancía robada y ocultarla entre los objetos de las exposiciones, u organizando una red de espionaje para terroristas internacionales.

Marcus frunció el entrecejo.

– Me parece que las humoradas son un tanto inapropiadas en un momento como éste, James, pero sí que podría tener algo que ver con el trabajo de Neville. Debía de conocer un buen número de secretos peligrosos, ya que su trabajo lo ponía en contacto con una gran variedad de personas, la mayoría de ellas psicológicamente trastornadas. No sabemos nada de su vida privada; ignoramos adónde iba los viernes y con quién se veía, si se llevaba a alguien consigo o se reunía con ese alguien en su destino. Era él quien encargó las copias de llaves del garaje, y no tenemos forma de saber cuántas había hecho o quién tenía acceso a las mismas. Esa copia del armario de abajo seguramente no era la única.

– La inspectora Miskin me preguntó por esa llave cuando ella y el sargento vinieron a vernos a mí y a Tally el viernes, luego de que se marchara el comisario Dalgliesh -explicó Muriel-. Sugirieron que tal vez alguien se llevó la llave del garaje, la sustituyó por otra Yale y más tarde devolvió la llave correcta. Les dije que yo no habría notado la diferencia, de ser así. Una Yale se parece mucho a otra a menos que la examines de cerca.

– Y luego está el misterioso conductor -intervino Caroline-. Evidentemente, es el primer sospechoso, por el momento. Esperemos que la policía logre encontrarlo.

James estaba haciendo unos garabatos de extraordinaria complejidad. Sin abandonar su tarea, dijo:

– Si no lo encuentran, les resultará difícil endilgarle el crimen a otra persona. Puede que alguien esté esperando que siga desaparecido, en más de un sentido.

Muriel decidió intervenir.

– Y además no hay que olvidar esas palabras tan extrañas que le dijo a Tally: «Parece que alguien ha encendido una hoguera.» Eso es exactamente lo que dijo Rouse. ¿No podría tratarse de uno de esos asesinatos que siguen el patrón de otros crímenes anteriores?

Marcus arrugó la frente.

– No creo que debamos dar alas a nuestra fantasía; lo más probable es que se tratara de una mera coincidencia. Aun así, el conductor tiene que ser encontrado, pero hasta que eso ocurra nuestro deber es ofrecer a la policía toda la ayuda posible. Eso no significa darles voluntariamente información que no nos hayan pedido. Sería una imprudencia ponerse a hacer especulaciones, ya sea entre nosotros o con otras personas. Sugiero que nadie hable con la prensa ni devuelva las llamadas que haga ésta. Si alguien se muestra muy insistente, pueden remitirlo al Departamento de Relaciones Públicas de la policía de Londres o al comisario Dalgliesh. Se habrán dado cuenta de que han colocado una barrera en el camino de entrada. Aquí tengo llaves para todos, aunque, evidentemente, sólo las necesitarán quienes tengan coche. Tally, creo que podrá rodear la barrera con su bicicleta, o si no pasarla por debajo. El museo permanecerá cerrado esta semana, pero espero reabrirlo el próximo lunes. Sólo hay una excepción: Conrad Ackroyd ha concertado una visita con un pequeño grupo de académicos canadienses que llegan el miércoles, y voy a decirle que abriremos especialmente para ellos. Cabe esperar que el asesinato atraiga a un mayor número de visitantes y es posible que no sea fácil de absorber al principio. Pasaré el máximo de tiempo posible en el museo y espero asumir las tareas de acompañar a los grupos, pero no podré estar aquí el miércoles, pues tengo una consulta con el banco. ¿Alguna pregunta?

Echó un vistazo alrededor, pero nadie habló. A continuación, Muriel dijo:

– Creo que a todos nos gustaría decir lo felices que nos hace la noticia de que el Museo Dupayne seguirá abierto. Usted y la señorita Caroline pueden contar con todo nuestro apoyo para hacer que su continuación sea un éxito.

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