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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– No es tan simple como eso, Kate -repuso él.

«No, nada lo es nunca, pero resulta lo bastante simple para mí», se dijo Kate. De pronto, inquirió:

– ¿Cree que estaba diciéndonos la verdad, acerca de que su nuera y Dupayne seguían manteniendo su relación? Sólo tenemos su palabra. ¿Es posible que Angela le mintiese, señor, cuando habló con usted?

– No, en mi opinión la mayor parte de lo que me dijo era verdad. Y ahora, con la muerte de Dupayne, tal vez se haya convencido a sí misma de que el affaire había terminado definitivamente, de que un fin de semana con él habría señalado el final. El dolor a menudo afecta la percepción de la verdad de las personas, pero por lo que respecta a la señora Faraday, no importa si los amantes tenían la intención o no de pasar juntos ese fin de semana. Si ella cree que la tenían, eso constituye un móvil.

– Y contaba con los medios y con la ocasión -señaló Kate-: sabía que la gasolina estaba en el cobertizo, ella misma la había llevado; sabía que Neville Dupayne estaría en el garaje a las seis en punto y que el personal del museo se habría marchado, pues así nos lo dijo, ¿no? Todo.

– Ha sido sincera, sorprendentemente sincera -convino Dupayne-. Pero en cuanto a la relación amorosa, sólo nos dijo lo que sabía que averiguaríamos. No me la imagino pidiéndole a su sirviente que nos mintiera, y si de hecho tenía planeado matar a Dupayne, se habría asegurado de hacerlo de manera que su hijo no resultase sospechoso. Comprobaremos la coartada de Selwyn Faraday, pero si su madre afirma que estaba trabajando en el hospital, me parece que descubriremos que así era.

– En cuanto a la relación de su esposa con Dupayne, ¿es necesario que se entere? -preguntó Kate.

– No, a menos que presentemos cargos contra su madre. -Dalgliesh hizo una pausa y añadió-: Fue un acto de crueldad horrible.

Kate no respondió. Era imposible que Dalgliesh pretendiese decir con eso que la señora Faraday jamás habría cometido semejante asesinato, pero ambos procedían de la misma clase social; él se habría sentido como pez en el agua en esa casa, en su compañía, pues se trataba de un mundo que entendía muy bien. Sin embargo, aquello era ridículo, Dalgliesh sabía, incluso mejor que ella misma, que no había modo de predecir, así como de comprender en profundidad, de qué eran capaces los seres humanos. Ante una tentación irresistible, todo se dejaba de lado: las sanciones morales y legales, la educación privilegiada y aun las creencias religiosas. La comisión de un asesinato a menudo sorprendía al propio asesino. Ella había visto, en los rostros de hombres y mujeres, estupefacción ante lo que habían hecho.

– Siempre es más fácil cuando no tienes que presenciar la muerte en sí -estaba diciendo Dalgliesh-. El sádico puede disfrutar con la crueldad. La mayoría de los homicidas prefieren convencerse de que no lo hicieron, o de que no infligieron demasiado sufrimiento, de que la muerte fue rápida o sencilla, o incluso de que le hicieron un favor a la víctima matándola.

– Pero nada de eso se cumple en el caso de este asesinato -replicó Kate.

– No -admitió Dalgliesh-: en este asesinato, no.

14

El despacho de James Calder-Hale estaba en el primer piso de la parte de atrás de la casa, situado entre la Sala del Crimen y la galería dedicada a la Industria y el Empleo. En su primera visita, Dalgliesh había advertido las palabras disuasorias inscritas en la placa de bronce a la izquierda de la puerta: «director del museo. estrictamente prohibido el paso.» Sin embargo, en ese momento estaba esperándolo. Calder-Hale abrió la puerta en cuanto llamó.

Dalgliesh se sorprendió ante el tamaño de la habitación. A pesar de que el Dupayne se limitaba, en ámbito y aspiraciones, al periodo de entreguerras, adolecía menos que otros museos más famosos o pretenciosos de falta de espacio. Aun así llamaba la atención que Calder-Hale tuviese el privilegio de ocupar una sala considerablemente mayor que el despacho de la planta baja.

Se había instalado allí con todo lujo de comodidades. Había un escritorio enorme, con compartimentos adosados, colocado en ángulo recto con la única ventana, que daba a un seto de hayas altas, en esos momentos en su dorado esplendor otoñal, y tras éste, al tejado de la casa donde vivía la señora Clutton y los árboles del Heath. La chimenea, a todas luces victoriana original pero menos ostentosa que las que había en las galerías, estaba equipada con una estufa de gas que simulaba ascuas ardiendo. La estufa estaba encendida, y sus llamas rojas y su azul titilante conferían a la estancia una atmósfera hogareña muy acogedora, incrementada por dos sillones de orejas, uno a cada lado de la chimenea. Encima de ésta colgaba el único cuadro del despacho, una acuarela que representaba la calle de un pueblo y parecía obra de Edward Bawden. Unas estanterías hechas a medida recubrían todas las paredes salvo encima de la chimenea y a la izquierda de la puerta, donde había un armario pintado de blanco con una encimera de vinilo y sobre ella un microondas, una tetera eléctrica para calentar agua y una cafetera. Junto al armario había una pequeña nevera y encima de ésta, un armario de pared. A la derecha de la habitación, una puerta entreabierta dejaba parcialmente visible lo que sin duda era un cuarto de baño. Dalgliesh vio el borde de una ducha y un lavamanos. Se le ocurrió pensar que, si así lo deseaba, Calder-Hale no tenía por qué salir nunca de su despacho.

Había papeles por todas partes: carpetas de plástico con recortes de prensa, algunos de color marrón por el paso de los años; archivadores en los estantes más bajos; montones de manuscritos apilados que rebosaban los compartimentos del escritorio; paquetes de textos mecanografiados atados con cinta adhesiva y amontonados en el suelo… Aquel exceso de documentos quizá representara la acumulación administrativa de décadas, aunque la mayor parte de las páginas de los manuscritos parecían recientes. Sin embargo, estaba claro que la labor del director de un museo no tenía por qué incluir semejante volumen de papeleo. Lo más probable era que Calder-Hale se hallara inmerso en algún proyecto personal relacionado con la escritura, o bien que fuese uno de esos diletantes que como más disfrutan es entregándose a algún ejercicio académico que no tienen ninguna intención -y a menudo son psicológicamente incapaces- de terminar. Calder-Hale parecía un candidato poco probable a pertenecer a ese último grupo, aunque existía la posibilidad de que resultase tan personalmente misterioso y complejo como algunas de sus actividades. Y por valiosas que fuesen esas hazañas, era tan sospechoso como cualquiera de las personas vinculadas con el Museo Dupayne. Al igual que ellos, disponía de los medios y de la oportunidad. Estaba por ver si tenía un móvil, pero quizá poseyese la crueldad necesaria, incluso más que los otros.

Calder-Hale hizo un gesto con la mano en dirección a la cafetera, en la que aún había un par de dedos de café, y preguntó:

– ¿Quieren un poco? Una cafetera llena se hace enseguida. -A continuación, después de que Dalgliesh y Piers hubiesen rechazado su ofrecimiento, se sentó en la silla giratoria que había tras su escritorio y los miró-. Más vale que se pongan cómodos en los sillones, aunque supongo que esta entrevista no se prolongará mucho tiempo…

Dalgliesh se sintió tentado de responder que duraría cuanto fuese necesario. En la habitación hacía un calor incómodo, pues la estufa de gas era un complemento de la calefacción central. Dalgliesh le pidió que la apagara y, con parsimonia, Calder-Hale se acercó y cerró la espita. Por primera vez, el comisario cayó en la cuenta de que aquel hombre tenía aspecto de enfermo. En su primer encuentro, sulfurado por la indignación, real o fingida, Calder-Hale le había dado la impresión de que gozaba de excelente salud. Ahora, en cambio, advirtió la palidez de debajo de sus ojos, la elasticidad de la piel encima de los pómulos y un ligero temblor en las manos mientras cerraba la espita.

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