Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 112
Перейти на страницу:

Antes de volver a ocupar su asiento, Calder-Hale se acercó a la ventana y tiró de las cuerdas de la persiana de listones de madera, que se desenrolló con gran estruendo y estuvo a punto de volcar una maceta con violetas africanas.

– Detesto esta penumbra -dijo. Acto seguido, colocó la planta sobre su escritorio y añadió, como si fuese necesaria alguna disculpa o explicación-: Tally Clutton me dio esta planta el 3 de octubre. Alguien le había dicho que cumplía cincuenta y cinco años. Es la flor que menos me gusta, pero manifiesta una irritante resistencia a morir.

Se acomodó en su silla y la hizo girar hacia los dos policías a quienes miró con cierta complacencia. A fin de cuentas, gozaba de la posición físicamente dominante.

– Estamos tratando la muerte del doctor Dupayne como un asesinato -le explicó Dalgliesh-. Está descartado que fuera un accidente y no hay pruebas que avalen la hipótesis de un suicidio. Le pedimos su colaboración. Si hay algo que sepa o sospeche que puede resultarnos de ayuda, necesitamos que nos informe de ello ahora.

Calder-Hale cogió un lápiz y empezó a hacer garabatos en la carpeta que tenía delante.

– Nos resultaría útil que ustedes nos brindaran información -respondió-. Lo único que sé, lo único que todos sabemos, es lo que nos hemos dicho unos a otros: que alguien roció a Neville con gasolina de un bidón del cobertizo y luego le prendió fuego. Entonces, ¿están seguros de que no fue un suicidio?

– Las pruebas físicas están en contra.

– ¿Y qué me dice de las pruebas psicológicas? Cuando vi a Neville el viernes de la semana pasada, día en que usted estuvo aquí con el señor Conrad Ackroyd, resultaba obvio que se hallaba sometido a un gran estrés. No sé cuáles eran sus problemas, aparte del exceso de trabajo, que podemos dar por sentado. Además, había elegido la profesión equivocada; si quieres encargarte de la más intratable de las enfermedades humanas, más vale que te asegures de que posees la suficiente fortaleza mental y de que eres capaz de distanciarte cuando es necesario. El suicidio es comprensible; el asesinato, no. ¡Y un asesinato tan horrendo, menos aún! No tenía enemigos, que yo sepa; claro que, ¿cómo iba yo a saberlo? Apenas nos veíamos. Empezó a guardar el coche aquí tras la muerte de su padre, y desde entonces venía en su busca todos los viernes a las seis. A veces, cuando él llegaba, yo me marchaba. Nunca explicaba adónde iba, y nunca se lo pregunté. Llevo aquí como director cuatro años y no creo que haya visto a Neville por el museo más de una docena de veces.

– ¿Qué hacía él aquí el viernes pasado?

Calder-Hale había perdido el interés en sus garabatos y en ese momento estaba intentando hacer equilibrios con el lápiz en la mesa.

– Quería saber cuál era mi opinión acerca del futuro de la institución. Como ya le habrán informado los Dupayne, hay que firmar el nuevo contrato de arrendamiento hacia el 15 de este mes. Me consta que tenía sus dudas acerca de si quería que el museo siguiese abierto. Le dije que carecía de sentido que me pidiese mi apoyo: yo no soy fideicomisario y no iba a estar presente en la reunión. Además, él ya conocía mi opinión. Los museos honran el pasado en una época que adora la modernidad casi tanto como el dinero y la fama, así que no es de extrañar que atraviesen tantas dificultades. El Dupayne supondrá una pérdida si cierra, pero sólo para las personas que valoran lo que ofrece. ¿Lo valoran los Dupayne? Si ellos no tienen la voluntad de salvar este lugar, nadie más la tendrá.

– Se supone que ahora su continuidad estará garantizada -repuso Dalgliesh-. ¿Le habría importado mucho que no se hubiese firmado el contrato?

– Habría sido un inconveniente, para mí y para algunas personas a las que les interesa lo que hago aquí. En los últimos años me he sentido a mis anchas en este lugar, como pueden ver, pero tengo mi propio piso y una vida fuera de aquí. Dudo que, a la hora de la verdad, Neville se hubiese opuesto; al fin y al cabo, era un Dupayne. Creo que habría firmado con sus hermanos.

– ¿Dónde estaba usted, señor Calder-Hale, entre las cinco y las siete del viernes por la tarde, más o menos? -intervino Piers por primera vez, en tono inflexible.

– ¿Pretende una coartada? ¿No exageran un poco? Sin duda, la hora que les interesa es las seis. Pero ante todo seamos meticulosos. A las cinco menos cuarto salí de mi piso en la plaza Bedford y fui en moto a mi dentista, que está en la calle Weymouth; tenía que acabar de pulirme una funda. Normalmente dejo la moto en la calle Marylebone, pero no había sitio, de modo que fui a Marylebone Lane, en Cross Keys Close, y aparqué allí. Salí de la calle Weymouth hacia las cinco y veinticinco, y espero que la enfermera y la recepcionista puedan confirmar la hora. Descubrí que me habían robado la moto, así que me fui andando a casa, acortando camino por las calles al norte de Oxford Street y tomándome mi tiempo, pero supongo que no llegué hasta las seis. Entonces llamé a la comisaría de policía de mi zona, donde confío hayan registrado la llamada. Parecían extraordinariamente indiferentes al robo que había sufrido, y no he tenido noticias de ellos desde entonces. Con la cifra actual de crímenes con armas de fuego y la amenaza del terrorismo, dudo que la sustracción de una motocicleta constituya una prioridad. Dejaré pasar un par de días, la daré por perdida y reclamaré al seguro. La habrán arrojado a alguna zanja, seguramente. Es una Norton, ya no las hacen; le tenía mucho cariño, pero no tan obsesivo como el que sentía el pobre Neville por su Jaguar.

Piers había anotado todas las horas.

– ¿Y no hay nada más que pueda decirnos? -insistió Dalgliesh.

– Nada. Siento no haberles resultado más útil, pero como ya he dicho, apenas conocía a Neville.

– Habrá oído hablar del encuentro de la señora Clutton con el misterioso conductor…

– He oído tantas cosas sobre la muerte de Neville como imagino que habrán oído ustedes. Marcus y Caroline me han referido la entrevista que mantuvieron con ellos el viernes y he hablado con Tally Clutton. Es una mujer honesta, por cierto. Pueden confiar en todo cuanto les diga.

Le preguntaron si la descripción de la señora Clutton le resultaba familiar, y Calder-Hale respondió:

– Parece más bien el visitante medio del Dupayne. Dudo que tenga importancia. Es poco probable que, en su huida, un asesino se pare a auxiliar a una mujer mayor, sobre todo si acaba de quemar viva a su víctima. Además, ¿por qué arriesgarse a que ella memorizase el número de la matrícula?

– Vamos a poner un anuncio. Puede que aparezca -comentó Piers.

– Yo no confiaría en ello. Quizá se trate de una de esas personas sensatas que no consideran la inocencia una protección contra las maquinaciones casuísticas de la policía.

– Señor Calder-Hale -intervino Dalgliesh-, creo que es posible que usted sepa por qué murió Dupayne. En ese caso, si lo dijese ahora me ahorraría tiempo a mí y molestias a ambos.

– No lo sé. Ojalá lo supiese, y de ser así se lo diría. Soy capaz de aceptar la necesidad ocasional de cometer un asesinato, pero no este asesinato ni empleando este método. Tengo mis sospechas, podría darles cuatro nombres y en orden de probabilidad, pero imagino que disponen ustedes de la misma lista y en el mismo orden.

Al parecer no había nada más que averiguar por el momento. Dalgliesh estaba a punto de levantarse cuando Calder-Hale preguntó:

– ¿Han visto ya a Marie Strickland?

– Oficialmente no. Tuvimos un breve encuentro el viernes de la semana pasada, cuando vine al museo. Supongo que se trataba de la señora Strickland. Trabajaba en la biblioteca.

– Es una mujer increíble. ¿La han investigado ya?

– ¿Deberíamos hacerlo?

– Me preguntaba si se habían interesado por su pasado. En la guerra, fue una de las agentes femeninas del Servicio de Operaciones Especiales que fueron arrojadas en paracaídas sobre Francia la víspera del día D. El proyecto consistía en reconstruir una red en la zona ocupada del norte que había sido desmantelada el año anterior por un problema de alta traición. Su grupo sufrió el mismo destino. En el equipo había un traidor que, según se rumorea, había sido el amante de Strickland. Fueron los únicos a los que no apresaron, torturaron y asesinaron.

1 ... 59 60 61 62 63 64 65 66 67 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)