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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– ¿Cómo lo sabe usted? -inquirió Dalgliesh.

– Mi padre trabajaba con Maurice Buckmaster en el cuartel general del SOE en Baker Street. Él tuvo parte de responsabilidad en la catástrofe. Le habían advertido, así como a Buckmaster, pero ambos se negaron a creer que los mensajes por radio que estaban recibiendo procediesen de la Gestapo. Por supuesto, yo aún no había nacido, pero mi padre me contó parte de la historia antes de morir. En sus últimas semanas, antes de que comenzaran a administrarle morfina, quiso compensar veinticinco años de incomunicación. La mayor parte de lo que me contó no es ningún secreto. En cualquier caso, con la divulgación de los documentos oficiales todo está saliendo a la luz.

– ¿Usted y la señora Strickland han hablado alguna vez de esto?

– No creo que ella sospeche siquiera que conozco la historia. Debe de saber que soy el hijo de Calder-Hale, o que al menos estoy emparentado con él, pero eso no sería ninguna razón para quedar y mantener una charla íntima sobre el pasado. Al menos de ese pasado, y sobre todo con mi apellido. Aun así, me ha parecido que tal vez les interesaría saberlo. Siempre me siento un poco incómodo en compañía de Marie Strickland, aunque nunca lo bastante para desear que no estuviese aquí. Sencillamente, su valentía me resulta incomprensible, hace que me sienta como si no estuviese a la altura de las circunstancias. Combatir en una batalla es una cosa, pero arriesgarse a la traición, la tortura y una muerte solitaria es otra muy distinta. Debía de ser extraordinaria de joven, una combinación de delicada belleza inglesa y crueldad. La atraparon una vez, en una misión anterior, pero se las apañó para salir indemne. Imagino que los alemanes no podían creer que fuese otra cosa de lo que parecía. Y ahora se pasa las horas sentada en la biblioteca, una viejecita con las manos artríticas y ojos apagados, escribiendo carteles con caligrafía elegante que quedarían igual de bien si Muriel los imprimiese en su ordenador.

Siguieron sentados en silencio. Calder-Hale parecía exhausto tras su último y amargamente irónico comentario. Estaba mirando hacia una pila de papeles que había encima del escritorio, pero más con una especie de cansada resignación que con entusiasmo. No iban a averiguar nada más, había llegado el momento de marcharse.

En el camino de regreso al coche, ninguno de los dos habló de la señora Strickland.

– No es una gran coartada, ¿verdad? -comentó Piers-. La moto aparcada en una calle muy transitada. ¿Quién podría decir a qué hora la dejaron allí o se la llevaron? Seguramente iba con el casco puesto, lo que constituye un disfraz muy eficaz. Si la abandonaron por ahí, lo más probable es que sea entre la maleza de Hampstead Heath.

– Tenemos la hora a la que se marchó del dentista -apuntó Dalgliesh-. Probablemente podrá confirmarse con exactitud. La recepcionista debe de llevar un registro de las visitas. Si es cierto que se fue a las cinco y veinticinco, ¿pudo llegar al Dupayne antes de las seis? Se supone que sí, si tuvo suerte con el tráfico y los semáforos. Habría necesitado algo más de tiempo. Será mejor que Benton-Smith cronometre el recorrido, a ser posible con una Norton. Quizá los del taller nos echen una mano con eso.

– Necesitaremos un par de esas motos, señor. Me apetecería echar una carrera.

– Con una bastará, ya hay bastantes descerebrados haciendo el loco en la carretera. Benton-Smith puede hacer el trayecto varias veces. Será mejor que le indiques rutas alternativas; Calder-Hale podría haber probado con varias. Y no hace falta que Benton se pase, Calder-Hale no se habría arriesgado a saltarse los semáforos.

– ¿No me necesita en la autopsia, señor?

– No, y que Kate se lleve a Benton, así adquirirá experiencia. La causa de la muerte es obvia, pero resultará interesante conocer su estado general de salud y el nivel de alcoholemia.

– ¿Cree probable que estuviera borracho, señor? -preguntó Piers.

– Hasta el punto de estar completamente ebrio, no; pero si había bebido mucho, eso daría credibilidad a la teoría del suicidio.

– Creía que habíamos descartado el suicidio.

– Y lo hemos hecho, pero estoy pensando en la defensa. A un jurado tal vez le pareciera razonable. La familia está ansiosa por que les entreguen el cadáver a fin de proceder a la incineración. Al parecer, tienen un hueco en el crematorio para el jueves.

– ¡Menuda rapidez! -exclamó Piers-. Debieron de reservar hora poco después de que su hermano muriera. Un poco insensible, como si no quisiesen esperar a acabar el trabajo que ya había empezado otra persona. Al menos, no hicieron la reserva antes de que lo matasen.

Dalgliesh no respondió, y una vez en el interior del Jaguar ambos se sujetaron los cinturones en absoluto silencio.

15

Marcus Dupayne había convocado una reunión del personal para las diez en punto del lunes 4 de noviembre. Lo había hecho mediante una nota redactada en un tono tan oficial que en lugar de cuatro personas parecía que fuera a reunirse un organismo institucional.

A pesar de que el museo había permanecido cerrado y de que su labor de limpiar el polvo apenas era necesaria, Tally acudió al museo a realizar sus tareas matutinas habituales al igual que había hecho durante el fin de semana, ya que continuar con su rutina normal le proporcionaba seguridad y tranquilidad.

Una vez de regreso en la casa, se quitó el mono de trabajo, se aseó y, tras meditarlo unos minutos, se puso una blusa limpia y regresó al museo justo antes de las diez. Estaba previsto que la reunión se celebrase en la biblioteca, y Muriel ya estaba allí, preparando las tazas para el café. Tally comprobó que, como de costumbre, había horneado ella misma las galletas. Aquella mañana parecían de avena, simplemente; tal vez, se dijo, las de chocolate le habían parecido demasiado festivas para la ocasión.

Los dos Dupayne llegaron puntuales, y el señor Calder-Hale lo hizo poco después. Estuvieron unos minutos tomando café en torno a la mesita que había frente a la ventana norte, como si quisiesen separar un acto social de poca trascendencia del asunto tan serio que tenían entre manos, y a continuación se trasladaron a sus sitios en la mesa central.

– Les he pedido que vinieran por tres razones -empezó Marcus Dupayne-. La primera es para agradecer a James, a Muriel y a Tally sus expresiones de condolencia por la muerte de nuestro hermano. En un momento como éste, el dolor se convierte en estupor y éste en horror. Tendremos tiempo, acaso no el suficiente, para llorar a Neville y darnos cuenta de lo que tanto nosotros como sus pacientes hemos perdido. La segunda razón es hacerles saber que mi hermana y yo ya hemos tomado una decisión con respecto al futuro del Museo Dupayne, y la tercera es para hablar de nuestra respuesta a la investigación policial de lo que ya han decidido, y nosotros tenemos que aceptar, que es un asesinato, y cómo debemos enfrentarnos a la publicidad que, como es lógico, ha despertado el caso. Dejé la reunión hasta esta mañana porque me pareció que el fin de semana estaríamos todos demasiado consternados para pensar con claridad.

– ¿Es de suponer, entonces, que se va a firmar el nuevo contrato de arrendamiento y que el Dupayne seguirá funcionando? -preguntó Calder-Hale.

– El contrato ya se ha firmado -contestó Marcus-. Esta mañana Caroline y yo hemos ido a Lincoln’s Inn a las ocho y media.

– ¿Antes de que Neville haya sido incinerado? -exclamó James-. Vaya, vaya… Aquí huele a chamusquina, diría yo.

Caroline pasó por alto el comentario y repuso en tono glaciaclass="underline"

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