La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
Caminaron los últimos cincuenta metros bajo una ligera llovizna. Goldthorpe Road era una hilera de casas adosadas de finales de la época victoriana que recorría el extremo norte de Ladbroke Grove. No cabía duda de que algún día aquellos sólidos monumentos a las aspiraciones domésticas decimonónicas serían adquiridos, renovados y convertidos en pisos caros y fuera del alcance de cualquiera salvo de un par de profesionales asalariados con visión de futuro. Sin embargo, por el momento las décadas de abandono habían sumido la calle en el deterioro más absoluto; las agrietadas paredes se hallaban en un estado desastroso a causa de la contaminación londinense, el estuco de los pórticos se había caído a trozos, dejando al descubierto los ladrillos de debajo, y la pintura de las puertas principales se estaba descascarillando. No hacía falta ver las hileras de timbres para advertir que se trataba de una calle ocupada por numerosos vecinos, pero se hallaba sumida en un silencio extraño, alarmante incluso, como si los habitantes, presagiando algún contagio inminente, se hubieran escabullido durante la noche.
El piso de los Wilkins, en el número 15A, estaba en los bajos. Unas cortinas finas, combadas por la parte central, colgaban de la única ventana. El pestillo de la verja de hierro estaba roto y la puerta se mantenía cerrada mediante una percha de alambre retorcida en un lazo. Dalgliesh la levantó y él y Kate descendieron por los peldaños de piedra hasta la zona de los bajos. Alguien se había esmerado barriéndola, pero seguía habiendo un húmedo montón de desechos formado por paquetes de cigarrillos, trozos de periódicos, bolsas de estraza arrugadas y un pañuelo mugriento que el viento había empujado hasta un rincón. La puerta estaba a la izquierda, donde la acera formaba una especie de arco y hacía la entrada invisible desde la calle. El número 15A estaba pintado de forma tosca en blanco en la pared, y Kate observó que había dos cerraduras, una Yale y, debajo de ésta, otra de seguridad. Junto a la puerta había un tiesto de plástico verde que contenía un geranio; el tallo era leñoso, las pocas hojas estaban secas y marrones y la única flor de color rosa en toda la planta era tan pequeña como una margarita. ¿Cómo, se preguntó Kate, podía alguien esperar que floreciese si no le daba el sol?
Su llegada no había pasado inadvertida. Al volver la cabeza a la derecha, Kate advirtió que las cortinas temblaban. Llamó y esperaron. Al mirar a Dalgliesh, Kate vio que éste estaba observando las verjas de la entrada, inexpresivo. La farola que iluminaba la calle a través de las ráfagas de llovizna derramó su luz por la tensa curva de la mandíbula y las facciones de su rostro. «Oh, Dios -pensó-, parece muerto de cansancio.»
Seguía sin haber respuesta, y al cabo de un minuto volvió a llamar. Esta vez, alguien abrió la puerta con cautela. Encima de la cadena, un par de ojos asustados miraron a los de Kate, quien preguntó:
– ¿Está el señor Wilkins en casa? Queremos hablar con él. Somos de la policía.
Había intentado que su presencia no provocara la alarma en aquella mujer, si bien, al mismo tiempo, se había dado cuenta de que era inúticlass="underline" una visita de la policía rara vez constituía una buena noticia, y en aquella calle seguramente significaba el presagio de alguna catástrofe.
La cadena seguía en su sitio.
– ¿Es por el alquiler? -inquirió la chica-. David se está encargando de eso. Ahora no se encuentra en casa, ha ido a la farmacia a buscar sus medicinas.
– No tiene nada que ver con el alquiler -le explicó Kate-. Estamos realizando una investigación acerca de un caso y creemos que el señor Wilkins tal vez pueda ayudarnos con cierta información.
Aquello no resultó mucho más tranquilizador. Todo el mundo sabía qué quería decir «ayudar a la policía en sus investigaciones». La rendija de la puerta se hizo más amplia hasta que la cadena se extendió por completo.
Dalgliesh se volvió y dijo:
– ¿Es usted la señora Michelle Wilkins?
La chica asintió y él siguió hablando:
– No entretendremos mucho a su marido. Ni siquiera estamos seguros de que vaya a servirnos de ayuda, pero hemos de intentarlo. Si tiene que volver pronto, a lo mejor podríamos esperarlo.
Pues claro que podían esperarlo, se dijo Kate. Dentro o fuera, podían esperarlo. Pero ¿por qué toda aquella indecisión?
En ese momento la chica retiró la cadena. Vieron a una mujer joven y delgada que aparentaba poco más de dieciséis años. El cabello castaño claro le caía en franjas a los lados de un rostro estrecho en el que unos ojos llenos de ansiedad miraron por un instante a Kate con expresión de súplica. Llevaba los consabidos vaqueros azules, unas zapatillas de deporte mugrientas y un jersey de hombre. Les indicó en silencio que la siguieran por un pasillo estrecho, esquivando a su paso un cochecito plegable. Delante, la puerta del cuarto de baño estaba abierta y dejaba entrever una taza pasada de moda con una cisterna alta y una cadena colgando. Al pie del lavamanos y apilado contra la pared había un montón de toallas y ropa blanca.
Michelle Wilkins se apartó y les hizo señas de que pasaran por una puerta a la derecha. La estrecha sala ocupaba la totalidad del ancho de la casa. Había dos puertas en la pared del fondo, ambas abiertas de par en par, una de las cuales conducía a una cocina atestada de cosas y la otra a lo que a todas luces era el dormitorio. Una cuna con barrotes y un diván doble ocupaban casi en su totalidad el espacio debajo de la única ventana. La cama estaba sin hacer, las almohadas fruncidas y el edredón, a punto de caer al suelo, dejaba al descubierto una arrugada sábana bajera.
La sala sólo estaba amueblada con una mesa cuadrada y cuatro sillas de madera, un sofá maltrecho cubierto por una funda de algodón, una cómoda de madera de pino y, junto a la estufa de gas, un enorme televisor. En todos los años que llevaba en la policía Kate nunca había estado en habitaciones más andrajosas y deprimentes. Rara vez le preocupaban, pero en ese momento sintió, algo prácticamente insólito en ella, una cierta incomodidad, vergüenza incluso. ¿Qué sentiría ella si la policía se presentara de improviso, pidiendo o exigiendo entrar en su piso? Estaría inmaculado, ¿por qué no iba a estarlo? No había nadie allí para desordenarlo más que ella. Aun así, la intrusión le resultaría insoportable. Su deber y el de Dalgliesh era estar allí, pero seguía siendo una intrusión.
Michelle Wilkins cerró la puerta del dormitorio y luego hizo un ademán que podía haber sido una invitación a que se sentasen en el sofá. Dalgliesh aceptó, pero Kate avanzó hacia la mesa, en cuyo centro había un moisés con un bebé rollizo de mejillas sonrosadas. Supuso que era una niña, pues llevaba un vestido corto de volantes de algodón rosa, un babero bordado con margaritas y una chaqueta blanca de punto. En contraste con el resto de la habitación, todo en ella estaba limpio. Su cabecita, cubierta de una pelusilla de color blanco lechoso, descansaba sobre una almohada inmaculada; la manta, retirada en ese momento, estaba impoluta, y el vestido tenía aspecto de recién planchado. Parecía una hazaña extraordinaria que una chica tan frágil pudiese haber dado a luz a un bebé tan alegremente robusto, que no paraba de dar vigorosas patadas con sus fuertes piernas, separadas por un bulto de pañales. De pronto, la niña se quedó quieta, levantó las manos, que semejaban estrellas de mar, y se concentró en el movimiento de los dedos como si poco a poco cayese en la cuenta de que eran suyos. Tras varios intentos frustrados, consiguió meterse un pulgar en la boca y empezó a chuparlo con fruición.
Michelle Wilkins se acercó a la mesa y Kate y ella miraron juntas al bebé.
– ¿Qué tiempo tiene? -le preguntó Kate.
– Ocho meses. Se llama Rebecca, pero Davie y yo la llamamos Becky.