La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
No hubo ningún murmullo de asentimiento. Tal vez, pensó Tally, el señor Calder-Hale compartía su opinión de que no eran las palabras ni el momento más adecuado.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Lo habían conectado en la biblioteca y Muriel se levantó rápidamente a contestar la llamada. Escuchó a su interlocutor, se volvió y anunció:
– Es el comisario Dalgliesh, está tratando de identificar a uno de los visitantes del museo y confía en que lo ayude.
– Entonces será mejor que atiendas la llamada en el despacho -se limitó a decir Caroline Dupayne-. Mi hermano y yo usaremos esta habitación un rato más.
Muriel apartó la mano del auricular.
– Espere un momento, comisario. Ahora mismo bajo al despacho.
Tally la siguió por la escalera y salió por la puerta principal. Una vez en el despacho, Muriel descolgó.
– Cuando vine con el señor Ackroyd hace dos viernes -dijo Dalgliesh-, había un joven en la galería de arte. Se mostró muy interesado en el Nash. Estaba solo, tenía la cara delgada, llevaba unos vaqueros azules muy gastados en las rodillas, un anorak grueso, un gorro de lana que le cubría las orejas y unas zapatillas de deporte azules y blancas. Me dijo que había visitado antes el museo, y me preguntaba si, por casualidad, se acuerda usted de él.
– Sí, creo que sí. No era nuestro visitante habitual, así que me fije en él especialmente. La primera vez que vino no lo hizo solo, sino con una chica. Ella llevaba un bebé en una de esas mochilas, ya sabe, uno de esos trastos en los que el niño va cogido al pecho con las piernas colgando. Recuerdo haber pensado que parecía un mono abrazado a su madre. No se quedaron mucho rato. Creo que sólo visitaron la galería de arte.
– ¿Los acompañó alguien durante la visita?
– No parecía necesario. Recuerdo que la chica llevaba un bolso, de algodón floreado, con una cinta. Supongo que sería para los pañales y el biberón de la criatura. Bueno, el caso es que lo dejó en la consigna. No se me ocurre nada portátil que pudiese interesarles robar, y la señora Strickland estaba trabajando en la biblioteca, así que no podían echar mano de ninguno de los libros.
– ¿Tenía alguna razón para suponer que quisiesen hacerlo?
– No, pero muchos de los ejemplares son primeras ediciones muy valiosas. Toda precaución es poca. Pero como ya he dicho, la señora Strickland se encontraba allí. Es la voluntaria que escribe nuestras etiquetas. Quizá se acuerde de ellos si fueron a la biblioteca.
– Tiene usted muy buena memoria, señorita Godby.
– Bueno, como ya le he dicho, comisario, no eran la clase de visitantes habituales que suele venir al museo.
– ¿Y quiénes son esos visitantes?
– Pues en general de mediana edad, algunos muy mayores, que supongo son quienes recuerdan los años de entreguerras. Luego están los investigadores, los escritores y los historiadores. Los visitantes del señor Calder-Hale suelen ser estudiantes serios. Me parece que a algunos de ellos les enseña el museo concertando una cita especial después de nuestro horario de visita normal. Naturalmente, no firman en el libro de registro.
– ¿Y no apuntaría usted, por casualidad, el nombre del joven? ¿Firmó en el libro?
– No. Sólo firman los miembros de la Asociación de Amigos del Museo que no pagan. -Acto seguido, su tono de voz cambió, y añadió con un dejo de satisfacción-: Acabo de acordarme. Creo que podré ayudarlo, comisario. Hace tres meses, puedo darle la fecha exacta si lo necesita, programamos una conferencia con diapositivas sobre pintura y grabados en los años veinte que tuvo lugar en la galería de arte y que pronunció un distinguido amigo del señor Ackroyd. La entrada costaba diez libras y esperábamos que fuese la primera de una serie. Los programas no estaban listos todavía; algunos conferenciantes habían prometido su asistencia, pero tenía problemas para establecer las fechas convenientes. Saqué un libro y pedí a los visitantes que estuviesen interesados en asistir que dejaran su nombre y dirección.
– ¿Y el chico le dio la suya?
– Su esposa lo hizo. Fue aquella vez que vinieron juntos. Bueno, doy por supuesto que era su esposa, ya que vi que llevaba una alianza de boda. El visitante que se fue justo antes que ellos había firmado, de modo que me pareció natural invitar a la pareja a hacerlo, de lo contrario habría parecido un poco extraño, así que la mujer los anotó. Cuando se alejaban de la recepción e iban camino de la puerta, me pareció que él estaba regañándola, diciéndole que no debería haberlo hecho. Por supuesto, ninguno de los dos asistió a la conferencia. A diez libras por cabeza, no esperaba que lo hicieran.
– ¿Podría comprobar los nombres, por favor? Esperaré.
Muriel se marchó para regresar al cabo de menos de un minuto.
– Creo que he encontrado al joven que busca -dijo-. La chica los inscribió como un matrimonio: el señor David Wilkins y la señora Michelle Wilkins, Goldthorpe Road, 15A, Ladbroke Grove.
16
Cuando Muriel regresó de atender la llamada de Dalgliesh, Marcus dio por finalizada la reunión. La hora eran las diez cuarenta y cinco.
En cuanto Tally entró por la puerta de la casa sonó el teléfono. Era Jennifer.
– ¿Eres tú, mamá? Escucha, no puedo hablar mucho rato. Te llamo desde el trabajo. He intentado telefonearte esta mañana temprano. ¿Estás bien?
– Perfectamente, gracias, Jennifer, no te preocupes.
– ¿Estás segura de que no te quieres venir con nosotros un tiempo? ¿Seguro que estás a salvo en esa casa? Roger podría ir a recogerte.
Tally pensó que, ahora que la noticia del asesinato había aparecido en los periódicos, los compañeros de trabajo de Jennifer debían de estar haciendo preguntas. Tal vez le habían insinuado que debía rescatar a su madre de manos de aquel asesino aún desconocido y llevarla a Basingstoke para que se quedara allí hasta que se resolviese el caso. Tally se sintió culpable por un instante. Quizás estuviera siendo irrazonablemente sentenciosa, a lo mejor Jennifer estaba preocupada de veras, pues la había llamado a diario desde la aparición de la noticia. Sin embargo, de algún modo tenía que impedir que fuese Roger. Utilizó el único argumento con el que sabía que podía convencerla.
– Por favor, no te preocupes, cariño. No es necesario, de verdad. Prefiero no dejar la casa. No quiero arriesgarme a que los Dupayne metan aquí a otra persona, aunque sea temporalmente. Tengo cerrojos en las puertas y en las ventanas y me siento completamente segura. Ya te diré si empiezo a ponerme nerviosa o algo parecido, pero estoy segura de que no ocurrirá.
Casi le pareció oír el alivio en la voz de Jennifer, quien preguntó:
– Pero ¿qué pasa? ¿Qué está haciendo la policía? ¿Te están molestando? ¿Te preocupa la prensa?
– La policía está siendo muy amable. Por supuesto, nos han interrogado a todos, y supongo que volverán a hacerlo.
– Pero no creerán que…
– No, no -la interrumpió Tally de inmediato-. Estoy segura de que nadie del museo está bajo sospecha, pero intentan obtener el máximo de información posible sobre el doctor Neville. La prensa no nos preocupa. Este número no aparece en el listín telefónico y tenemos una barrera en el camino de entrada, así que no pueden entrar coches. La policía resulta muy útil tanto con eso como con las ruedas de prensa. El museo permanece cerrado de momento, pero esperamos abrir de nuevo la semana que viene. El funeral del doctor Neville está previsto para el jueves.
– Y supongo que irás, mamá.
Tally se preguntó si estaría a punto de darle algún consejo sobre qué ponerse, de modo que se apresuró en contestar:
– No, no, será una ceremonia muy íntima a la que sólo asistirá la familia.
– Bueno, pues si es verdad que te encuentras bien…
– Estupendamente bien, gracias, Jennifer. Me alegro de que hayas llamado. Dale un beso a Roger y a los niños de mi parte.