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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Cuando oí que Neville Dupayne había muerto deduje que ustedes hurgarían en su vida privada, que la relación entre mi nuera y él saldría a la luz tarde o temprano -contestó-. Sus colegas en el hospital no iban a transmitirnos, ni a mí ni a mi marido, sus sospechas acerca de la relación, ¿por qué iban a hacerlo? Ahora bien, lo más probable es que adopten una actitud distinta cuando hay un asesinato de por medio. También me doy cuenta, por supuesto, de que podría convertirme en sospechosa. Ayer tenía planeado ir al museo y esperar a que llegase Neville Dupayne. Sabía, claro está, que los viernes iba a recoger su Jaguar. Me imagino que todos en el museo lo sabían. Me parecía la ocasión perfecta para verlo con absoluta intimidad. No habría tenido ningún sentido concertar una cita con él en el hospital. Siempre podía excusarse con el argumento de que no disponía de tiempo. Además, estaba la complicación adicional de la presencia de Angela allí. Quería verlo a solas para tratar de convencerlo de que pusiese fin a la relación.

– ¿Tenía alguna idea de cómo iba a conseguirlo? Es decir, ¿qué argumentos pensaba emplear además del daño que le estaba haciendo a su hijo? -preguntó Kate.

– No, no contaba con nada específico con lo que amenazarlo, si es a eso a lo que se refiere. Selwyn no era paciente suyo, no creo que su caso le interese a las autoridades sanitarias. Mi única arma, si es que queremos utilizar ese término, sería un llamamiento a su decencia. A fin de cuentas, cabía la posibilidad de que estuviese lamentando mantener esa relación, de que quisiese ponerle fin. Salí de casa a las cinco en punto. Tenía planeado estar en el museo hacia las cinco y media o poco después por si él llegaba más temprano. El edificio cierra sus puertas a las cinco, de modo que para entonces el personal ya se habría ido. Podía verme la señora Clutton, pero me pareció que era poco probable dado que su casa está en la parte de atrás. En cualquier caso, tenía derecho a estar allí.

– ¿Y llegó a ver al señor Dupayne?

– No, al final desistí. Había mucho tráfico, como todos los viernes, por otra parte, y tuve que detenerme muchas veces además de parar en los semáforos en rojo. Tuve tiempo para pensar, y llegué a la conclusión de que era una idea descabellada. Neville Dupayne estaría ansioso por empezar su fin de semana, por irse. Sería el peor momento para abordarlo, y sólo tendría una oportunidad. Si fallaba, habría sido inútil. Me dije que tendría más posibilidades si hablaba primero con Angela; al fin y al cabo, nunca había hablado con ella de su relación con el doctor Dupayne, y ella ignoraba que yo estuviese al tanto. El hecho de que yo lo supiera tal vez lo cambiaría todo a sus ojos. Siente un gran afecto por mi hijo, no es una depredadora implacable. Seguramente tendría más posibilidades de éxito con ella que con él. A Selwyn le gustaría ser padre. He consultado a los médicos y no hay ninguna razón por la que sus hijos no puedan ser normales; además, tengo la impresión de que a mi nuera también le gustaría tener hijos, y no creo que esperara tenerlos con Dupayne. Por supuesto, necesitarían alguna ayuda económica. Cuando llegué a Hampstead Pond decidí regresar a casa. No me fijé en qué hora era, ¿por qué iba a hacerlo? Pero estaba aquí a las seis y veinte, y Perkins se lo confirmará.

– ¿La vio alguien que pudiera reconocerla, a usted o al coche?

– No, que yo sepa. Y ahora, a menos que tengan más preguntas, creo que voy a regresar a la casa. Por cierto, comisario, les agradecería que no hablasen directamente con Selwyn. Estaba trabajando en Saint Agatha cuando asesinaron a Dupayne. En el hospital se lo confirmarán sin necesidad de hablar con él.

La entrevista había terminado, y habían obtenido, pensó Kate, más información de la que esperaban.

La señora Faraday no los acompañó a la puerta principal, sino que dejó que lo hiciera Perkins, quien aguardaba en el jardín de invierno. Al llegar a la puerta, Dalgliesh se dirigió a éclass="underline"

– ¿Podría decirnos, por favor, la hora a la que la señora Faraday regresó a casa ayer por la tarde?

– Eran las seis y veinte, comisario. Eché un vistazo al reloj por casualidad.

Les abrió la puerta de par en par; más que una invitación a que se marcharan, parecía una orden.

Recorrieron el camino de vuelta al coche en silencio. Una vez sentada y con el cinturón puesto, Kate estalló.

– ¡Gracias a Dios que no es mi suegra! En esta vida sólo le importa una persona, y es su precioso hijo. Le apuesto a que no se habría casado con Angela si marmita no hubiese dado su bendición: es ella quien compra la casa, quien les da el coche… ¿Que al niño le gustaría tener un bebé?, pues seguro que también se lo compraría. Y si eso implica que Angela deje su trabajo, entonces marmita mantendrá a la familia. No existe el menor indicio de que Angela pueda tener otra opinión, de que tal vez no quiera tener hijos, o al menos por el momento, de que sea posible que, de hecho, disfrute trabajando en el hospital, de que valore su independencia… Esa mujer es increíblemente despiadada.

Le sorprendió la intensidad de su propia ira, que no sólo iba contra la señora Faraday por su arrogancia y su superioridad natural, sino contra sí misma por haber dado rienda suelta a una emoción tan poco profesional. La ira en la escena del crimen era un sentimiento natural y a menudo constituía un acicate loable para entrar en acción; al detective que se hubiese vuelto tan indiferente, tan insensibilizado a causa de la naturaleza de su trabajo que ni la lástima ni el dolor hallaran un hueco para manifestarse en su respuesta ante el dolor y la destrucción humanos, más le valía buscarse otro trabajo. Sin embargo, la ira contra un sospechoso era un lujo capaz de distorsionar peligrosamente la capacidad de discernimiento. Además, mezclada con la ira que Kate trataba de controlar había un sentimiento igualmente censurable. Honesta por naturaleza, lo reconoció no sin cierta vergüenza: era rencor de clase.

Siempre había considerado la lucha de clases el recurso de las personas fracasadas, inseguras o envidiosas, y ella no era ninguna de las tres cosas. Entonces, ¿por qué estaba tan enfadada? Había empleado muchos años y energía tratando de superar el pasado, de dejar atrás de una vez por todas su condición de hija ilegítima, el hecho de que nunca conocería el nombre de su padre, aquella existencia en el bloque de barrio con su abuela gruñona, el olor, el ruido y la desesperanza que todo lo impregnaba… Y aun así, dedicándose a un trabajo que la había alejado de los edificios Ellison Fairweather más eficazmente que cualquier otro, ¿no había dejado allí una parte de sí misma, una especie de vestigio de lealtad hacia los desposeídos y los pobres? Había cambiado de estilo de vida, de amigos e incluso, por etapas casi imperceptibles, de manera de hablar. Se había convertido en parte de la clase media. Sin embargo, a la hora de la verdad, ¿no seguía todavía del lado de aquellos vecinos casi olvidados? Y ¿no eran las señoras Faraday, la clase media próspera, culta y liberal quienes, al final, controlaban sus vidas? «Nos critican por reaccionar con respuestas intolerantes que ellos jamás experimentarán -pensó-. No tienen que vivir en un barrio de viviendas del ayuntamiento con un ascensor cubierto de pintadas y una violencia incipiente pero constante. No envían a sus hijos a escuelas donde las clases son auténticos campos de batalla y el ochenta por ciento de los niños ni siquiera habla nuestro idioma. Si sus hijos se convierten en delincuentes, no los envían a un tribunal de menores sino a un psiquiatra. Si necesitan tratamiento médico urgente, siempre pueden recurrir a la medicina privada. No es de extrañar que se permitan el lujo de ser tan puñeteramente liberales.»

Permaneció sentada en silencio, observando los largos dedos de Dalgliesh sobre el volante. Sin duda, pensó, el aire del interior del vehículo debía de estar palpitando con la turbulencia de sus sentimientos.

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