La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
Vio a Ryan casi de inmediato. Estaba sentado al fondo y se aproximó enseguida para reunirse con ella.
– Tengo un taxi esperando fuera -dijo ella, con un estremecimiento de alivio-. Iremos directos a casa.
– Estoy hambriento, señora Tally, y me siento un poco débil. ¿No podemos comernos una hamburguesa? -Su tono se había vuelto infantil, semejante al quejido de un niño pequeño.
«¡Vaya por Dios -exclamó ella para sus adentros-, esas hamburguesas repugnantes!» De vez en cuando, Ryan llevaba algunas para el almuerzo y las calentaba en la parrilla; el poderoso olor a cebolla tardaba en desaparecer. Pero lo cierto era que el chico tenía aspecto de estar débil y la tortilla que había previsto prepararle seguramente no era lo que necesitaba.
La perspectiva de una comida rápida lo reanimó de inmediato. Ryan abrió para Tally la portezuela del taxi, y dirigiéndose al conductor con seguridad chulesca, dijo:
– A la hamburguesería más cercana, y que sea rápido.
Llegaron al cabo de unos minutos y Tally pagó la carrera, dejándole al taxista una libra de propina. Una vez dentro del restaurante, le dio a Ryan un billete de cinco libras para que se pusiese en la cola y pidiese lo que quisiera y un café para ella. El chico regresó con una hamburguesa doble con queso y un batido grande y luego volvió por el café de ella. Eligieron un asiento lo más lejos posible de la ventana y Ryan cogió la hamburguesa y empezó a engullirla con voracidad.
– ¿Has estado bien en la iglesia? -le preguntó Tally-. ¿Te ha gustado?
– Ha estado bien -repuso él, encogiéndose de hombros-. Un poco rara. Tienen las mismas varillas que tenemos en casa.
– ¿Te refieres al incienso?
– Una de las chicas de la casa ocupada, Mamie, solía encenderlas y luego nos sentábamos a oscuras y ella se comunicaba con los muertos.
– Eso es imposible, Ryan. No podemos comunicarnos con los muertos.
– Bueno, pues ella podía. Habló con mi padre. Me dijo cosas que no tenía modo de saber a menos que hubiese hablado con él.
– Pero esa chica vivía contigo en la casa, Ryan. Seguro que sabía cosas de ti y de tu familia, y algunas de las cosas que te dijo debió de adivinarlas, sencillamente.
– No -insistió él-. Habló con mi padre. ¿Puedo tomar otro batido?
Para el viaje de vuelta encontraron un taxi. No fue hasta entonces cuando Ryan preguntó por el asesinato. Tally le explicó los hechos sin hacer demasiado hincapié en los aspectos más desagradables del descubrimiento y sin darle ningún detalle.
– Hay un equipo de New Scotland Yard investigando el caso -dijo-, el comisario Dalgliesh y tres ayudantes. Querrán hablar contigo, Ryan. Como es lógico, tendrás que contestar a sus preguntas con toda honestidad. Todos necesitamos que este horrible misterio se resuelva cuanto antes.
– ¿Y el Comandante? Usted dijo que está bien, ¿no?
– Sí, está bien. La herida de la cabeza le sangró mucho, pero en realidad no fue grave. Sin embargo, podría haberlo sido, Ryan. ¿Por qué narices perdiste los nervios de ese modo?
– Fue él quien me provocó, ¿vale?
Ryan se volvió para mirar fijamente a través de la ventanilla y Tally creyó prudente no añadir nada más. Le sorprendió que el chico mostrase tan poca curiosidad acerca de la muerte del doctor Neville, pero las noticias aparecidas en la prensa, hasta el momento, habían sido cortas y ambiguas. Lo más probable era que le preocupase demasiado su agresión al Comandante como para interesarse por el doctor Neville.
Tally pagó la carrera, horrorizada por el coste total, y una vez más añadió una libra como propina. El taxista parecía satisfecho. Ella y Ryan se agacharon para cruzar la barrera y se dirigieron en silencio hacia la casa.
El inspector Tarrant y el sargento Benton-Smith salían en ese preciso instante del museo.
– De modo que ha encontrado usted a Ryan, señora Clutton -dijo el inspector-. Perfecto. Tenemos unas cuantas preguntas para ti, jovencito. El sargento y yo nos vamos para comisaría. Será mejor que vengas con nosotros. No tardaremos mucho.
– ¿Y no podrían hablar con Ryan en la casa pequeña? -sugirió Tally de inmediato-. Podría dejarlos a solas en la sala. -Estuvo a punto de cometer la tontería de ofrecerles café como aliciente.
La mirada de Ryan se desplazó de Tally al inspector.
– Entonces, ¿me van a detener?
– No, sólo vamos a llevarte a comisaría para hablar. Tenemos que aclarar algunas cosas. Puedes llamarlo ayudar a la policía en su investigación.
Ryan se animó de repente.
– ¿Ah, sí? Sé lo que significa eso. Quiero un abogado.
– No serás menor de edad, ¿no?
La voz del inspector se volvió áspera de pronto. Tally supuso que tratar con menores debía de ser difícil y llevar mucho tiempo. La idea no podía gustarle a la policía.
– No, casi tengo dieciocho años.
– Eso es todo un alivio. Llama a un abogado si quieres, los tenemos a puñados. O a un amigo.
– De acuerdo. Telefonearé al Comandante.
– ¿A ese señor tan indulgente? Muy bien, puedes llamarlo desde comisaría.
Ryan se fue con ellos más o menos de buen grado, aunque con cierto aire bravucón. Tally sospechaba que estaba dispuesto a disfrutar de sus minutos de fama. Entendía por qué la policía no había querido interrogarlo en la casa; aunque los hubiese dejado a solas, ella habría estado demasiado cerca para que hiciesen su trabajo a sus anchas. También se hallaba implicada en aquel misterio, posiblemente como sospechosa. Querían hablar con Ryan en completa intimidad. El corazón le dio un vuelco al pensar que sin duda conseguirían de él lo que quisiesen.
17
A Kate no le sorprendió que Dalgliesh fuese con ella a interrogar a David Wilkins. En realidad era necesario, pues sólo él podía identificarlo. Wilkins había estado en el Dupayne la semana anterior al asesinato de Neville y había admitido que le guardaba rencor al museo. Pese a tratarse de un sospechoso poco probable, tenían que ir a verlo, y nunca se sabía en qué parte de una investigación Dalgliesh podía decidir participar de forma activa. Era, en definitiva, un poeta con el interés propio de un escritor por las vidas ajenas. Su poesía constituía un misterio para ella. El hombre que había publicado Un caso al que responder y otros poemas no guardaba ninguna relación con el veterano detective para el que trabajaba con un compromiso apasionado. Reconocía algunos de sus estados de ánimo, temía sus críticas ocasionales aunque serenas y se alegraba de saber que la consideraba un miembro importante de su equipo, pero no lo conocía. Y hacía ya tiempo que había aprendido a controlar primero y dejar de lado después cualquier esperanza de conseguir su amor. Otra persona, sospechaba, le había ganado por la mano. Kate siempre había creído en la necesidad de limitar la ambición a aquello que era alcanzable. Se decía a sí misma que si algún día Dalgliesh era afortunado en el amor, ella se alegraría, pero le sorprendía y experimentaba cierta inquietud por el resentimiento vehemente que sentía hacia Emma Lavenham. ¿Es que esa mujer no se daba cuenta de lo que le estaba haciendo a él?