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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Colgó el auricular mucho más rápido de lo que a Jennifer podía parecerle educado y casi de inmediato, el aparato volvió a sonar. Cuando contestó, oyó la voz de Ryan, que hablaba en tono muy bajo con un confuso barullo de fondo.

– Señora Tally, soy Ryan.

Tally emitió un suspiro de alivio y se pasó deprisa el auricular al oído izquierdo, con el que oía mucho mejor.

– Ah, Ryan, me alegro mucho de que llames. Nos tenías preocupados. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

– En el metro de Oxford Circus. Señora Tally, no tengo dinero, ¿puede llamarme usted? -Parecía desesperado.

– Sí, claro -respondió ella en tono muy tranquilo-. Dame el número, y habla con claridad, Ryan, que apenas te oigo.

Gracias a Dios, pensó, que siempre tenía a mano un bloc de notas y un bolígrafo. Anotó los dígitos e hizo que el chico los repitiera.

– Quédate donde estás -le ordenó-. Te llamaré enseguida.

Ryan debió de descolgar el auricular al instante.

– Lo he matado, ¿verdad? -dijo-. El Comandante… Está muerto.

– No, no lo está, Ryan. La herida no fue de consideración y no va a presentar cargos, pero claro, la policía quiere interrogarte. ¿Sabes que el doctor Neville ha sido asesinado?

– Ha salido en los periódicos. Creerán que también lo hice yo. -Más que preocupado, Ryan sonaba enfurruñado.

– Pues claro que no. Intenta ser sensato y pensar con claridad. Lo peor que puedes hacer es huir. ¿Dónde has dormido?

– Encontré un sitio cerca de King’s Cross, una casa tapiada con tablones con un sótano en la parte delantera. Llevo andando desde el amanecer. No quería ir a la casa ocupada porque sabía que la policía me buscaría allí. ¿Está segura de que el Comandante está bien? Usted no me mentiría, ¿verdad que no, señora Tally?

– No, yo no miento, Ryan. Si lo hubieses matado, habría salido en el periódico, pero ahora tienes que venir a casa. ¿Te queda dinero?

– No, y no puedo usar el móvil. Me he quedado sin saldo.

– Iré a buscarte. -Tally pensó rápidamente; encontrarlo en Oxford Circus no iba a ser tarea fácil y tardaría tiempo en llegar hasta allí. La policía lo estaba buscando y podía detenerlo en cualquier momento. Era importante que ella lo encontrase primero-. En la calle Margaret -agregó-, cerca de donde estás ahora, hay una iglesia, la de Todos los Santos. Sube por la calle Great Portland en dirección a la BBC y encontrarás la calle Margaret a la derecha. Quédate sentado muy quietecito en la iglesia hasta que yo llegue. Nadie te hará preguntas ni te molestará. Si alguien se dirige a ti, será porque piensa que necesitas ayuda. Di que estás esperando a una amiga. O puedes arrodillarte, así seguro que nadie te habla.

– ¿Como si estuviera rezando? ¡Dios me matará fulminándome con un rayo!

– Pues claro que no, Ryan. Él no hace esas cosas.

– ¡Sí que las hace! Terry, el último novio de mi madre, me lo dijo. Está en la Biblia.

– Bueno, pues Él ya no hace esas cosas. -«Vaya, pensó Tally, eso ha sonado como si quisiera decir que ahora es más bueno y ya no hace cosas malas. ¿Cómo nos hemos metido en esta ridícula discusión teológica?»-. Todo va a ir bien -afirmó enérgicamente-. Ve a la iglesia como te he dicho. Yo iré tan rápido como pueda. ¿Te acuerdas de las instrucciones para llegar hasta allí?

Percibió el mal humor en su tono de voz.

– Que suba en dirección a la BBC. La calle Margaret está a la derecha. Eso es lo que ha dicho.

– Muy bien. Ahora salgo para allá.

Tally colgó el auricular. La excursión iba a salirle cara y quizá tardase más de lo que deseaba. No estaba acostumbrada a llamar a un taxi y hubo de buscar el número en el listín telefónico. Hizo hincapié en que era urgente y la chica que respondió le dijo que harían lo posible por enviarle un taxi en quince minutos, más de lo que Tally esperaba. Había terminado sus tareas matinales en el museo, pero se preguntó si no tendría que volver y decirle a Muriel que se ausentaría una hora o así. El señor Marcus y la señorita Caroline seguían allí, y cualquiera de los dos podía requerir su presencia. Tras meditarlo unos minutos, se sentó a su mesa y escribió una nota: «Murieclass="underline" he tenido que ir a West End, pero volveré antes de la una. He pensado que querría saberlo en caso de que alguien pregunte dónde estoy. Todo está en orden. Tally.»

Decidió dejar la nota en la puerta del museo antes de marcharse. A Muriel le parecería una forma de comunicación un tanto extraña, pero no podía arriesgarse a que la interrogaran. ¿Y la policía? Debían saberlo de inmediato para que cancelasen la búsqueda, pero si la policía llegaba primero Ryan lo consideraría un acto de traición. Sin embargo, no podrían hacerlo si ella no les decía dónde encontrarlo… Se puso el sombrero y el abrigo, comprobó que llevaba dinero suficiente en el monedero para ir y volver a la calle Margaret y a continuación llamó al número que le había dado la inspectora Miskin. Una voz masculina respondió al instante.

– Soy Tally Clutton -anunció ella-. Ryan Archer acaba de llamarme. Está bien y voy a ir a buscarlo. Lo traeré de vuelta aquí.

Colgó el receptor sin esperar respuesta. El teléfono sonó antes de que llegase a la puerta, pero hizo caso omiso de él, salió a toda prisa y cerró la casa con llave. Tras depositar la nota a través del buzón de la puerta del museo, enfiló el camino de entrada para aguardar el taxi en el otro lado de la barrera. La espera se le hizo interminable, y no pudo evitar consultar el reloj constantemente. Pasaron casi veinte minutos hasta que llegó el taxi.

– A la iglesia de Todos los Santos, en la calle Margaret -indicó al conductor-, y, por favor, lo más rápido que pueda.

El hombre, ya mayor, no respondió. Debía de estar harto de que los pasajeros le pidiesen que fuese a toda velocidad cuando ir a toda velocidad era imposible.

Encontraron todos los semáforos en rojo y en Hampstead se incorporaron a una larga caravana de furgonetas y taxis que avanzaba muy despacio en dirección sur hacia Baker Street y el West End. Tally iba sentada con la espalda completamente recta, sujetando el bolso con firmeza y forzándose a mantener la calma y a tener paciencia, puesto que carecía de sentido ponerse nerviosa. El taxista hacía cuanto podía.

Cuando llegaron a Marylebone Road, se inclinó hacia delante y dijo:

– Si le resulta difícil llevarme hasta la puerta de la iglesia por el sentido único, déjeme al final de la calle Margaret.

– Puedo dejarla en la puerta de la iglesia sin problemas -repuso el taxista, lacónico.

Al cabo de cinco minutos, así lo hizo.

– Voy a recoger a una persona -explicó ella-. Espere aquí un momento, ¿quiere? ¿O prefiere que le pague ahora?

– No, está bien -dijo él-. Esperaré.

Tally se horrorizó ante la cifra que aparecía en el taxímetro. Si regresar costaba igual de caro, al día siguiente tendría que ir al banco.

Cruzó el patio, pequeño y poco prometedor, y empujó la puerta. Hacía un año que había visitado la iglesia de Todos los Santos por primera vez, cuando Jennifer le había enviado un cheque-regalo para libros por Navidad y ella se había comprado Las mil mejores iglesias de Inglaterra, de Simon Jenkins. Había decidido visitar todos los templos de Londres que proponía el autor, pero a causa de las distancias el progreso había sido más bien lento. Sin embargo, la búsqueda le había abierto los ojos a una nueva dimensión de la vida londinense y al legado tanto arquitectónico como histórico que no había visitado con anterioridad.

Aun en aquellas circunstancias de máxima ansiedad, con el avance inexorable del taxímetro y la posibilidad de que Ryan no la hubiese esperado, el interior magníficamente ornamentado impuso su momento de serena estupefacción. Desde el suelo hasta el techo, no había parte que hubiese quedado sin adornar: las paredes relucían con mosaicos y murales, y el lujoso retablo con su hilera de santos pintados obligaba a dirigir la vista hacia el esplendor del altar mayor. En su primera visita, su respuesta ante aquel artefacto ornamentado había sido incierta, de asombro más que de admiración. No había sido hasta la segunda visita cuando se había sentido como en casa. Estaba acostumbrada a verlo durante la misa mayor, cuando los sacerdotes se desplazaban con aire ceremonioso ante el altar mayor y las intensas voces del coro se alzaban al compás del vaivén del acre incienso. En ese momento, cuando la puerta se cerró tras ella con un chirrido, el ambiente silencioso y las apretadas hileras de sillas vacías le transmitieron un aire de misterio más sutil. En alguna parte, supuso, debía de haber algún guardián, pero ella no veía a ninguno. Había dos monjas sentadas en la fila delantera frente a la estatua de la Virgen y unas cuantas velas ardían ininterrumpidamente, sin parpadear ni siquiera cuando Tally cerró la puerta.

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