El hombre de la reina
- Автор: Penman Sharon Kay
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:
– Muy bien logrado -asintió Justino-. Pero nunca hemos hablado de esto, Nell. ¿Qué estás tratando de hacer?
– Yo también me he cansado de esperar. Cuando tropecé en las escaleras ayer y me hice un cardenal en la muñeca, tuve una idea. Ahora que hemos encontrado el sitio donde pescar, ha llegado la hora de que echemos el anzuelo.
Nell y Nora estaban sentadas a una mesa plegable en la taberna de una bocacalle de Watling Street. Estaba mal alumbrada por velas de sebo que despedían un olor fuerte, sus paredes encaladas estaban ennegrecidas por el humo y la estera que cubría el suelo mugriento, lleno de barro y cagadas de ratón. Pero Nora había sugerido este lugar porque servían comidas. Las dos mujeres habían pedido una empanada de anguila caliente acompañada de vino y el aroma que despedía era apetitoso. Pero Nell estaba demasiado nerviosa para tener muchas ganas de comer y Nora estaba absorta observando el ojo amoratado de Nell y el cardenal en la muñeca.
– ¿Ha sido tu marido quien te ha hecho esto?
Nell hizo un gesto afirmativo con la cabeza, desviando la mirada. Por espacio de un segundo, no logró recordar qué nombre le habían dado. Lo había escogido Justino, el nombre de un molinero muy agarrado que vivía en Winchester. ¿Adán? No, Abel.
– Se pone de un humor de mil diablos cuando bebe -masculló Nell entre dientes, echándose un buen trago de vino. ¿Debería decir más? No, había hecho bastante con quejarse de su carácter agrio y su manera mezquina de comportarse. Que los moratones hablaran por sí mismos.
Nora estaba frunciendo el ceño y a punto de hablar, pero las interrumpió de nuevo otro cliente, éste muy tímido, apocado con su gorra de lana agarrada por unas manos encallecidas por el trabajo, mientras les ofrecía, tímidamente, invitarlas a más vino. Aunque era bastante frecuente que las mujeres acudieran a menudo a las tabernas de su vecindad, Nora y Nell eran demasiado jóvenes y guapas para no llamar una atención que no deseaban. Nora despidió al hombre de una manera agria, acompañada de improperios. A pesar de que parecía tan recatada como una novia virginal, dominaba un lenguaje plagado de invectivas que podrían muy bien envidiar carreteros y marineros. Al ver retirarse al hombre, abochornado, Nell no pudo por menos de sentir compasión por él. Pero al menos no las molestaría más; los ecos de la despreciativa bronca de Nora resonaban por toda la taberna.
– ¿Te pasa esto con frecuencia, Bella?
Nell se encogió de hombros.
– A Abel le gusta su cerveza y es difícil de satisfacer hasta cuando está sobrio. -Por primera vez se sintió vagamente incómoda al fingir una amistad como ésta; la compasión de Nora parecía genuina-. Lo peor de todo es que me maltrata delante de los demás, llamándome «puerca» y «vaca estúpida», sin importarle que los criados o Joel le oigan.
– ¿Joel? No has mencionado nunca a Joel.
– ¿No lo he mencionado? -Nell jugueteó nerviosamente con su servilleta-. Joel es el empleado de Abel. Sólo Dios sabe por qué no se marcha, porque Abel le paga cuatro perras gordas y descarga también en él su mal humor. Una pena, porque a Joel le iría muy bien si se estableciera él solo. Fue idea suya añadir perfume al jabón francés. Te dije que Abel vende jabón además de velas, ¿verdad? Pues bien, el jabón francés se hace hirviendo grasa de cordero con ceniza de madera y sosa cáustica. Después de que Joel convenciera a Abel de que lo perfumara con agua de rosas, las ventas aumentaron. Procuraré acordarme de traerte alguna pastilla cuando nos volvamos a ver.
– Gracias -dijo Nora distraídamente. Los ojos azules que habían fascinado tanto a Justino y a Lucas eran demasiado astutos y rebosantes de complicidad para el gusto de Nell, y ésta continuó con los ojos fijos en el arrugado mantel-. ¿Es joven ese Joel? -Cuando Nell asintió, una sonrisa cínica empezó a juguetear en los labios de Nora-, ¿Así que te gusta?
Nell levantó la cabeza:
– ¿Y qué si me gusta?
– Cálmate, chica, no te estoy censurando por tener un capricho. ¿Qué mujer no prefiere un cordero joven a una cabra vieja? ¿Qué piensas hacer tú con esto?
– ¿Y qué puedo hacer? No voy a fugarme con Joel, nos moriríamos los dos de hambre. Los días que Abel va a su gremio, disfrutamos de un tiempo juntos en la tienda, en el cuarto de atrás. Nos arreglamos como podemos, pero si Abel nos pillara… -Fue bastante fácil fingir un estremecimiento. Nell había tenido siempre una imaginación desbordada y era capaz hasta de suscitar un poquito de compasión por la pobre y desdichada Bella, atrapada en un matrimonio desgraciado y a punto de salir del fuego para meterse en las brasas.
– ¿Y para qué esperar a que se te caiga encima el tejado?
– ¡Ya te lo he dicho, Nora, porque no nos podemos fugar! ¿O eres tú una de esas tontas que creen que la gente puede vivir sólo de amor?
Nora se echó a reír.
– ¡Cuando los gatos gasten zapatos! Me parece a mí que tu problema es Abel. Deshazte de él y tu problema estará resuelto, así de simple.
Nell se apretó el manto alrededor de los hombros porque sintió de repente unos escalofríos que le helaban los huesos. Creyó que tenía calada a Nora, pero no había esperado oír a la mujer sugerir un asesinato con la misma calma que si estuviera pidiendo que le trajeran más vino.
– ¿Y cómo puedo hacer eso, Nora? -dijo con todo el sarcasmo de que fue capaz-. ¿Ahogarle con la almohada mientras está dormido?
Nora alargó la mano para coger el vino.
– Creo que podemos hacer algo mejor…
El pulso de Nell se aceleraba por momentos.
– Nora, ¿estás hablando en serio?
Nora tomó un sorbito de vino, sonriendo.
– Depende. ¿Te interesa realmente que lo haga?
– Tal…, tal vez. Si lo quisiera, ¿me podrías ayudar?
– No. Pero conozco a alguien que podría hacerlo. A Giles se le da muy bien eso de resolver problemas como el de Abel. Pero tiene que merecerle la pena, ya sabes a lo que me refiero. ¿Estás en posición de hacerlo, Bella?
Nell bajó la vista apresuradamente para que Nora no viera el destello de placer que le asomaba a los ojos. Giles ¿sería el mismo? Del mismo modo que ella había escogido deliberadamente un nombre parecido al suyo, lo podía haber hecho Nora. Cogiendo su servilleta, se la llevó a la boca para ocultar su sonrisa.
– Creo que sí -contestó lentamente-. Como te he dicho, a Abel le van muy bien los negocios y ahorra casi todo lo que gana. Pero todo esto me está resultando demasiado rápido. Tengo que saber algo más.
La sonrisa de Nora era tan fría como para helarle la sangre a uno.
– Lo único que necesitas saber -dijo- es que Giles puede hacer por ti lo que tú misma no te atreves a hacer si estás dispuesta a pagar su precio. ¿Lo estás, Bella?
Nell exhaló un profundo suspiro.
– Sí -dijo-, lo estoy.
– ¡Ha mordido al anzuelo! -gritó Nell echándole los brazos al cuello a Justino, abrazándolo con alegría-. ¡Sugirió asesinarlo, mientras nos comíamos la empanada de anguila!
Como Justino estaba esperando a que Nora se perdiera totalmente de vista, antes de acercarse a Nell, le inquietaba que ésta le abordara tan expresivamente en público. La cogió del brazo y la llevó a un lugar más escondido, en un callejón cercano.
– ¿Mencionó el nombre de Gilbert?
– Lo llamó Giles, pero ¿qué otra persona puede ser? ¿Con cuántos asesinos puede estar la mujer compartiendo su lecho?
– Entonces, ¿crees que sabe dónde está?
Algo del optimismo de Nell se desvaneció.