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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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– Aldred tenía razón. Esta es una mujer con secretos. Estaba muy agradecida de que yo hubiera recuperado su monedero y no dio la impresión de estar midiendo sus palabras conmigo. No obstante, me contó muy poco de sí misma. Necesitaré tiempo para ganarme su confianza.

Esto no era lo que Lucas quería oír, porque le parecía que sus días en Londres se iban desgranando como la arena en un reloj.

– Dices que no te contó nada útil, pero de lo que me cuentas saco la impresión de que a ninguna de las dos os faltaron las palabras, con más cháchara que dos cotorras. Entonces ¿de qué hablasteis?

– Hablamos principalmente de hombres, que Dios los proteja, de lo tontos que llegan a ser. -Nell sonrió de una manera tan insulsa que no estaban seguros de si hablaba en broma o en serio.

Los días que siguieron fueron una dura prueba de paciencia para Lucas y Justino. Tomaron por turno seguirle la pista a Nell, mientras ella y Nora exploraban la ciudad y los contornos de su recién descubierta amistad. Cuando Nora estaba libre, se iban a comer juntas a una venta, iban a ver las carreras de caballos de los viernes en Smithfield, visitaban el mercado de Eastcheap y hasta presenciaron una pelea de gallos. Y por fin empezaron, con exasperante lentitud, a intercambiar confidencias.

Nell había sido franca desde el principio al contar la vida que se había inventado ella misma con ayuda de sus compañeros. Se hacía llamar «Bella». Bella aseguraba ser la esposa de un hombre autoritario, mayor que ella, un fabricante de velas que tenía como clientes a la mitad de las iglesias de Londres. No era un matrimonio feliz; había soltado suficientes indirectas para asegurarse de que Nora se había dado cuenta de su descontento. Desgraciadamente para Nell y sus compañeros de conspiración, Nora era mucho más parca en lo referente a detalles de su propia vida íntima. Nell tardó más de una semana en enterarse de algún detalle del pasado de la otra mujer.

– Ha tenido una vida difícil -le contó Nell a un auditorio muy atento-. A los quince años la sedujo un comerciante inglés que estaba en Dublín en viaje de negocios. Cuando regresó a su país se la llevó con él a Londres; le prometió que se casaría con ella, pero se olvidó de mencionar que estaba ya casado. Así que alojó a Nora en una casita, mientras Nora trataba de convencerse a sí misma de que, pasado algún tiempo, dejaría a su mujer para irse a vivir con ella. No sucedieron así las cosas, sino que la dejó embarazada y cesó de pagar el alquiler de la casa. Arrojada a la calle, sufrió un aborto y perdió el niño. No me contó nada más. Me ha reconocido que se gana la vida trabajando de puta.

Justino sintió gran compasión por esa joven irlandesa, sola en una ciudad extraña, sin parientes ni amigos a quienes acudir en busca de ayuda.

– No es de extrañar que esa pobre chica se haya convertido en una ramera. ¿Con qué otra cosa puede comerciar si no es con su cuerpo?

– Y por si eso fuera poco, se vio envuelta en la red de ese engendro del demonio apodado el Flamenco. -Lucas meneó la cabeza-. La única suerte que tiene la desdichada es la mala suerte, ¿no es así?

Nell se echó hacia atrás en su asiento mirándolos con ojos resplandecientes y burlones.

– ¿Sois ambos siempre tan compasivos con las prostitutas o solamente con las que tienen el pelo rubio y las pestañas rizadas?

Lucas y Justino intercambiaron miradas de perplejidad.

– Tú misma dijiste, Nell -dijo Justino en tono de protesta-, que Nora ha tenido una vida muy dura. Si he de decir la verdad, lo que a mí me sorprende es que tú parezcas tener tan poca compasión por la muchacha.

– Bueno, a mí no me sorprende que a Justino le sobre tanta compasión. Pero no esperaba que tú, Lucas, fueras tan confiado. Sé que hay muchos hombres que tienen una fe conmovedora en putas con corazones de oro. Pero nunca creí que pudiera encontrar a un auxiliar de justicia entre ellos. ¿Puede ser que algunas de estas legendarias criaturas se encuentren en Winchester?

Jonás soltó una carchada y casi se atragantó con la cerveza. Justino y Lucas se enfurecieron, Lucas rechazando vehementemente la acusación de ser «confiado» y Justino exigiendo que Nell le dijera por qué le sobraba tanta compasión.

– Han abusado de esa pobre mujer. ¿Cómo, por lo menos, no te conmueve su triste historia?

– Tal vez porque no la creí como el Evangelio.

Los dos hombres se volvieron a mirar.

– ¿Crees entonces que es todo mentira?

– No, todo no. Es muy posible que su amante de Londres la abandonara. Pero ni aun teniendo sólo quince años, puedo creer que fuera tan inocente como ella dice. Y si el embarazo terminó en aborto, creo muy probable que la razón fuera que encontró a una comadrona que sabía qué hierbas pueden terminar con un embarazo. En cuanto a lo de ser arrojada al arroyo sin un penique en el bolsillo, eso tampoco me lo creo. Nuestra amiga Nora es capaz de enseñarle a un gato cómo caer de pie.

– ¿Por qué juzgas con tanta dureza a esa mujer, Nell?, ¿consideras realmente un pecado imperdonable el ganarse la vida haciendo de puta?

– No, no lo considero -insistió-. Para muchas mujeres ésa es la única manera de llevarse un pedazo de pan a la boca y a la de sus hijos. Justino, tú siempre eres espabilado. ¿Por qué ahora te muestras tan lento en captar lo que estoy diciendo? Yo no desconfío de Nora por ser una prostituta de Southwark, como no confiaría en ella si fuera la mujer del alcalde. Cuando dije que había tenido una vida dura, lo dije en serio. Pero la lluvia cae lo mismo sobre los buenos que sobre los impíos, ¿no es verdad?

– ¿Y Nora es uno de los impíos?

– Sí -dijo firmemente-. Creo que lo es. Tal vez tenga una sonrisa angelical y una voz suave y melodiosa, pero tiene pedernal donde debía tener corazón. Después de pasar una semana en su compañía, os puedo decir acerca de vuestra «pobre muchacha» que pone en primer lugar a Nora y a nadie más que a Nora. ¿Os acordáis de cuando estábamos tratando de adivinar por qué se había liado con un asesino como el Flamenco? Pues bien, yo diría que por lo que puede sacarle.

Justino se sumió en un preocupante silencio. Si Nell tenía razón acerca del egoísmo y falta de escrúpulos de Nora, eso suponía que el peligro era doble al proceder de dos personas: el Flamenco y su puta.

Justino llegó a la taberna a media mañana porque Nell había quedado con Nora en el mercado de Westcheap a las doce. La acompañaría parte del camino y después seguiría a las dos mujeres a una discreta distancia, envuelto en uno de esos mantos con capuchón de aspecto indefinido que había comprado especialmente con esta idea.

Estaba de mejor humor esta mañana porque la labor de investigación de Nell parecía estar produciendo al fin resultados. Nora había empezado a mencionar a un amante misterioso y anónimo y a presumir de los generosos regalos que recibía de él y de cómo estaba pendiente de todos sus deseos. Añadió que estaba fuera en viaje de negocios, pero que esperaba que no tardara mucho en regresar.

Jonás había puesto fin a la caza oficial de Gilbert. Sus hombres ya no frecuentaban las tabernas ni interrogaban a los propietarios de los «estofados» en busca del Flamenco y había hecho circular el rumor de que creían que Gilbert se había ido de Londres. Así que renacieron sus esperanzas al oír de boca de Nell las observaciones casuales sobre el regreso de su amante. ¿Quería esto decir que su estratagema había dado resultado? ¿Creería ahora el Flamenco que no había peligro en salir a la superficie otra vez?

Al ver a Nell, Justino se quedó boquiabierto.

– ¡Santo Dios! ¿qué te ha pasado?

– Tiene muy mal aspecto, ¿verdad? -Nell levantó una vela a la altura de su cara para que Justino pudiera ver mejor su ojo amoratado-. Podrías jurar que fue obra del puño de un hombre -dijo muy ufana-. ¿Quieres saber cómo lo hice? Primero me unté de polvo negro el contorno del ojo y después apliqué una ligera capa de ceniza. Por último, me puse una capa espesa de polvos, como haría una mujer que quisiera ocultar lo ocurrido.

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