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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Tenía razón, le dijo Sophia a William después. Pero era una verdadera pena tratándose de dos personas buenas que se sentían felices cuando estaban juntas.

—Bueno —respondió William—. Nadie ha dicho nunca que este mundo fuera justo.

—Eso es verdad —dijo Sophia volviendo a su costura, perdida por un breve momento en el recuerdo de un hombre de risa fácil que nunca había dejado de hacerla sonreír y del añorado peso de su brazo alrededor de su cintura.

—Es una maestra, la vieja Spirit —dijo Fred mientras volvían a casa bajo el creciente crepúsculo. Llevaba puesta una pesada chaqueta impermeable para protegerse de la fina lluvia y, envuelta en el cuello, la bufanda verde que las bibliotecarias le habían regalado por Navidad, como solía hacer cada día desde que se la habían dado—. ¿Lo ha visto hoy? Cada vez que este se espantaba, ella le miraba como diciendo: «Contrólate». Y, si él no la escuchaba, ella echaba las orejas hacia atrás. Le estaba diciendo: «Muy bien».

Alice miró a los dos caballos caminando uno junto al otro y se asombró ante las diminutas diferencias que Fred sabía distinguir. Sabía examinar la estructura de un caballo, chasqueando los dientes al verle unos hombros caídos, los corvejones deformados o la parte superior poco desarrollada, cuando lo único que Alice veía era un «bonito corcel». También sabía distinguir el carácter de los equinos. Solían ser tal y como eran desde que nacían, siempre que los hombres no los echaran a perder, según decía. «Por supuesto, la mayoría no lo podrían evitar». A menudo, ella tenía la impresión de que cuando Fred decía estas cosas hablaba de otra completamente distinta.

Fred había empezado a acompañarla durante sus rutas montado en un purasangre con una oreja herida: Pirata. Decía que al joven caballo le venía bien el temperamento calmado de Spirit, pero ella sospechaba que tenía otros motivos para estar allí, cosa que no le importaba. Le resultaba bastante difícil pasar la mayor parte del día a solas con sus pensamientos.

—¿Ha terminado el libro de Hardy?

Fred torció el gesto.

—Sí. Pero no me ha resultado agradable el personaje de Angel.

—¿No?

—La mitad del tiempo he tenido ganas de darle una patada. Ahí estaba ella, esa pobre chica, con el único deseo de quererle. Y él comportándose como un predicador, juzgándola. Aunque ella no tenía culpa de nada. ¡Y, al final, él va y se casa con su hermana!

Alice contuvo una carcajada.

—Esa parte se me había olvidado.

Hablaron de libros que se habían recomendado el uno al otro. A ella le había gustado el de Mark Twain y los poemas de George Herbert le habían parecido sorprendentemente conmovedores. En los últimos tiempos les resultaba más fácil hablar de libros que de cualquier otra cosa de la vida real.

—Bueno…, ¿la llevo a casa? —Habían llegado a la biblioteca y habían metido a los caballos en el establo de Fred para pasar la noche—. Hay demasiada humedad para ir andando hasta la casa de Marge. Puedo llevarla yo hasta el roble grande.

Eso resultaba tentador. La larga caminata a oscuras era lo peor del día, un momento en que se sentía hambrienta y dolorida y la mente no se posaba en nada bueno. Durante un tiempo ella podría haber ido con Spirit y haberla dejado allí durante la noche, pero tenían el acuerdo tácito de no tener en la cabaña por ahora animales de otras personas.

Fred había cerrado el establo y la miraba expectante. Ella pensó en el placer tranquilo de estar sentada a su lado, de ver sus fuertes manos al volante, su sonrisa mientras le contaba cosas en pequeñas ráfagas, secretos que le ofrecía como si fuesen caracolas en la palma de su mano.

—No sé, Fred. La verdad es que no puedo ser vista…

—Bueno, se me había ocurrido… —Él cambiaba el peso de un pie a otro—. Sé que le gusta dejar a Margery y Sven un poco de espacio para que estén juntos… y ahora mismo más que nada…

Algo raro estaba pasando con Margery y Sven. Había tardado una semana o dos en notarlo, pero la pequeña cabaña ya no estaba invadida por gritos ahogados al hacer el amor. A menudo, Sven ya se había ido antes de que Alice se levantara por la mañana y, cuando estaba allí, no había bromas entre susurros ni comentarios íntimos y despreocupados, sino silencios incómodos y miradas intensas. Margery parecía preocupada. Mantenía el gesto serio y un comportamiento seco. Pero la noche anterior, cuando Alice le había preguntado si prefería que se fuera, la expresión de ella se había suavizado. Después, le había respondido de forma casi inesperada, no diciéndole con desdén que no pasaba nada y que no se preocupara, sino susurrándole: «No. Por favor, no te vayas». ¿Una riña de amantes? No iba a traicionar a su amiga contando sus intimidades, pero se sentía completamente perdida.

—… así que me preguntaba si le gustaría cenar conmigo. Me encantaría cocinar algo. Y podría…

Ella devolvió su atención al hombre que tenía delante.

—… llevarla de vuelta a la cabaña sobre las ocho y media, más o menos.

—Fred, no puedo.

Él cerró la boca de forma abrupta.

—Yo… No es que no quiera. Es solo que… si me vieran… En fin, ya resulta todo bastante complicado. Ya sabe cómo corren los rumores en este pueblo.

Él la miró casi como si ya se lo esperara.

—No puedo arriesgarme a empeorar las cosas para la biblioteca. Ni… para mí. Quizá cuando todo se haya calmado un poco.

Incluso mientras pronunciaba esas palabras, se daba cuenta de que no estaba segura de si eso podría funcionar. Ese pueblo podía pulir un cotilleo y conservarlo como un insecto fosilizado. Aún seguiría dando vueltas varios siglos después.

—Claro —contestó él—. Bueno, solo quería que supiera que la oferta sigue en pie. Por si se cansa de la comida de Margery.

Trató de reírse y se quedaron uno frente al otro, sintiéndose un poco incómodos. Él rompió el silencio, se levantó el sombrero como despedida y se fue por el camino mojado que llevaba hasta su casa. Alice se quedó mirándolo, pensando en el calor del interior, en la alfombra de jarapa, en el dulce olor de la madera pulida. Y, a continuación, soltó un suspiro, se subió la bufanda sobre la nariz y empezó a recorrer el largo camino por la fría montaña hasta la casa de Margery.

Sven sabía que Margery no era una mujer a la que se pudiera presionar. Pero cuando ella le dijo que era mejor que se quedara en su casa por tercera vez en la misma semana, ya no pudo seguir ignorando lo que sentía. Al verla desensillar a Charley, se cruzó de brazos y la observó con ojos más fríos y atentos hasta que, por fin, pronunció las palabras que había estado rumiando durante semanas.

—¿He hecho algo, Marge?

—¿Qué?

Y ahí estaba de nuevo. Esa forma que ella tenía de no mirarle casi al hablar.

—Las últimas semanas es como si no me quisieras cerca.

—No digas tonterías.

—No logro decir nada que te guste. Cuando nos vamos a la cama, te arropas como un gusano de seda. No quieres que te toque… —balbuceó, vacilando de una forma que no era propia de él—. Nunca hemos sido fríos el uno con el otro, ni siquiera cuando estábamos separados. Nunca en diez años. Yo solo… quiero saber si te he ofendido en algo.

Ella dejó caer los hombros un poco. Buscó la cincha por debajo del caballo y la pasó por encima de la silla, con la hebilla tintineando al caer. Sven notó un cierto agotamiento en su forma de moverse que le recordó a una madre que se enfrentara a unos hijos traviesos. Ella guardó un corto silencio antes de hablar.

—No has hecho nada que me haya ofendido, Sven. Es solo que… estoy cansada.

—¿Y por qué no quieres siquiera que te abrace?

—Pues porque no siempre quiero que me abracen.

—Antes no te importaba.

Como no le gustó el tono de su propia voz, Sven cogió la silla de sus manos y la llevó hasta la casa. Ella metió a Charley en su establo, le acarició, echó el cerrojo de la puerta de la cuadra y le siguió en silencio. Últimamente, echaban el cerrojo a todo, con los ojos atentos a cualquier cambio y los oídos pendientes de cualquier sonido extraño que oyeran por la «hondonada». El sendero que subía desde el camino estaba salpicado con una serie de cordeles con campanillas y latas que les sirvieran de aviso y dos escopetas cargadas flanqueaban la cama.

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