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El hombre de la reina

Электронная книга - «El hombre de la reina». Краткое содержание книги:

En 1193, el joven Justin de Quincy descubre casualmente una pista que puede desvelar el paradero de Ricardo Corazón de León, a quien se da por muerto. Leonor de Aquitania, la reina que escandalizó al mundo al divorciarse del que sería rey de Francia (Luis VII) para casarse con Enrique II, le encomienda una investigación que le obligará a adentrarse en el complejo y peligroso mundo de las intrigas que rodean la corte de Leonor.
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Lucas miraba también con admiración a Nora.

– Nunca creí que al Flamenco y a mí nos gustara el mismo tipo de mujer. ¡Estaba convencido de que las buscaría escarbando en las pocilgas! -Volviéndose a Jonás, dijo en tono de duda-. Y ese hombre tuyo, ¿estás seguro de que no nos va a dejar plantados?

– Felipe el Zorro es el mejor ladrón que he conocido en mi vida. Lo suficientemente hábil para desplumar a una paloma sin dejar ni una sola pluma que lo delate y lo suficientemente espabilado como para darse cuenta de que esta habilidad podría hacerlo terminar en la horca antes o después. Ahora está tomando parte en las carreras de los viernes en Smithfield y gana con la suficiente frecuencia como para estar muy solicitado. Si fracasa de vez en cuando, yo todavía no lo he visto. Cuando le pica el gusanillo, se lo rasca al otro lado del río en Southwark, donde no tiene efecto la autoridad del justicia.

– Es una pena que todos los delincuentes de Londres no sean tan complacientes -dijo Lucas secamente, y Jonás se encogió de hombros.

– ¿No habéis oído decir que nadie tira piedras a su propio tejado? Pues bien, Felipe el Zorro sabe muy bien que no puede tirarlas al mío. Y hablando de Felipe, aquí lo tenemos, como bien os dije. Debéis saber ya a estas alturas que nunca prometo lo que no puedo cumplir.

Por un instante, a Justino le pareció que estaba viendo un fantasma deslizándose hacia ellos a lo largo de la nave, porque Felipe el Zorro tenía el mismo color pelirrojo y la misma constitución del espía de dos caras Pepper Clem. Pero cuando Felipe se acercó más, Justino se dio cuenta de que cualquier parecido era pura ilusión. Felipe era mucho más joven que Clem y posiblemente más joven que el propio Justino. Aunque bajo de estatura como Clem, no tenía nada de la dejadez del raterillo, ni la postura gacha y flácida del que está acostumbrado a perder. Felipe tenía un cuerpo delgado y atlético, tan alerta y ágil como el habitante de los bosques cuyo nombre llevaba. La masa de su pelo revuelto y rojizo se parecía al rabo de un zorro, y sus ojos -de un color castaño claro, sesgados hacia arriba en los extremos- eran extrañamente atractivos, resueltos y de mirada firme. Si el desventurado y torpe Clem había sido la presa de la naturaleza, este joven enjuto y vigilante era indudablemente un ave de presa.

A Justino le impresionó el que Felipe no hiciera ninguna de las nerviosas protestas de inocencia que una llamada de Jonás pidiéndole que compareciera podía fácilmente provocar. Se limitó a un cauteloso: «¿Queríais verme?».

Jonás movió bruscamente la cabeza y Felipe los siguió hacia un lugar menos visible en el pasillo de al lado.

– Éste es Lucas de Marston, el auxiliar del justicia de Hampshire. -Y mirando a Justino, Jonás añadió esbozando una sonrisa-: Y Justino de Quincy, que responde solamente ante la reina y Dios. Quiero presentaros a los dos a Felipe de Aldgate, conocido también como Felipe el Zorro, el mejor ladrón de Londres.

– No lo soy ya -objetó Felipe con serenidad-. Ahora soy un ciudadano respetuoso de la ley.

– Por mucho que esto me satisfaga, no dejaría de ser una pena que tus dones se enmohecieran por falta de uso. Así que sugiero que los pongas en práctica en bien de la Corona. ¿Ves a aquella mujer que lleva el manto azul? Quiero que le robes el monedero.

Justino sospechaba que a Felipe no era fácil sorprenderle, pero Jonás lo había logrado. Los ojos de reflejos dorados del muchacho se abrieron de par en par.

– Estaréis hablando en broma, ¿no?

– ¿Se me conoce por mi buen humor? Cuando se mueve, se le ve la bolsa del dinero colgándole del cinturón. Después de que la hayas mangado, quiero que se la entregues a esa joven que está allí donde te señalo con la mano.

La mirada de Felipe pasó de un rostro a otro. Una vez convencido de que estaban hablando en serio, permaneció en silencio unos momentos.

– Es muy amable por vuestra parte querer incluirme en este plan vuestro tan interesante. Pero me parece que no voy a formar parte de él por divertido que parezca.

– Piénsalo bien -dijo Jonás con calma-. Hazlo por mí y te devolveré el favor. ¿Deseas realmente rechazar lo que te hemos pedido?

– No, supongo que no. -Cuando miró de nuevo a Nora, lo hizo de manera calculadora y profesional-. ¿Queréis sólo el monedero?

Cuando Jonás asintió, Felipe se volvió para marcharse. Lucas le cogió apresuradamente del brazo.

– ¿Quieres que alguno de nosotros provoque alguna distracción?

– No será necesario -contestó Felipe, demasiado cortésmente para el gusto de Justino y de Lucas, porque les pareció notar un oculto regocijo en su voz, una absoluta certeza que estaba muy cerca de la arrogancia. Mientras ellos lo observaban, él se fue dando un paseo por la nave en dirección a Nora. Justino pensaba que se tropezaría con ella y llevaría a cabo su misión en la confusión que se originaría. Pero apenas parecieron rozarse uno a otro y su contacto fue tan breve e intrascendente que ni siquiera se precisaron perdones. Justino sintió una aguda sensación de desencanto. Felipe había fracasado en su primer intento. ¿Cuántos más necesitaría antes de despertar las sospechas de Nora?

– Se echó atrás como un caballo asustado -susurró Lucas entre dientes-, ¿Y éste es tu ladrón perfecto, Jonás?

– Ciertamente lo es -contestó Jonás complacido y mientras Justino y Lucas observaban la escena asombrados, Felipe se dirigió a Nell, pasó por donde estaba ella y siguió su camino. Miró una vez hacia atrás, hizo una mueca de triunfo y se mezcló con la multitud, dejándolos a todos maravillados ante un juego de manos tan hábil que ni lo habían visto ni eran capaces de explicar cómo había tenido lugar, aunque lo estaban observando con la misma intensidad con la que los gatos miran una ratonera.

Ni Justino ni Lucas habían visto a Felipe pasarle el monedero a Nell. Pero ahora ésta se estaba inclinando y se enderezó después con la bolsa en la mano y una expresión de asombro en el rostro. Miró a la gente que tenía alrededor, cerca de ella, y se aproximó a Nora. Parados hombres era como mirar una obra de teatro sin diálogo. Pero aun así era fácil seguir el argumento.

Al ver la bolsa del dinero Nora dio un grito ahogado de asombro y rebuscó por entre los pliegues de su manto. Nell hizo un gesto indicando el lugar donde fingió haber encontrado la bolsa. Unos minutos después estaban las dos charlando con gran animación. Y cuando Nora finalmente se volvió hacia el impaciente vendedor, le mostró a Nell el tejido para ver qué le parecía. Nell meneó la cabeza enfáticamente indicando una pieza de lana de color rojizo. Por un instante, miró en dirección al lugar donde estaban los hombres. Aunque no podía estar seguro, a Justino le pareció que había guiñado un ojo.

Echaron a cara o cruz la cuestión de quién seguiría a Nell y a Nora. Lucas ganó, Jonás fue a ocuparse de otras cosas y Justino regresó a Gracechurch Street. Gunter estaba cuidando de Lucy y de Shadow y Justino pasó inquieto toda una hora en compañía de los tres hasta que se marchó a la taberna en espera de noticias.

Nell volvió muy excitada a última hora de la tarde, con el rostro aterido de frío. Había compartido ya con Lucas todo lo que sabía, pero estaba encantada de volver a relatarlo para que lo oyera Justino. La taberna estaba abarrotada, pero en lugar de sustituir al agobiado Ellis, pidió cerveza y empezó su narración con gran entusiasmo.

Nora y ella habían pasado la tarde juntas, curioseando por las tiendas de la Cheapside, parándose para comer en una fonda a la orilla del río. Se entendieron estupendamente, confesaba Nell muy radiante, y quedaron en volverse a ver dos días después. No, por supuesto no se había enterado aún de nada acerca del Flamenco. Qué esperaba Justino de ella, ¿milagros? Debía ir con mucho tiento al principio y no hacer nada que despertara sospechas en Nora. Porque de eso sí se había enterado hoy mismo: Nora no tenía un pelo de tonta.

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