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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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Estaba haciendo precisamente aquello -concentrándose en por qué no deseaba pensar en todo aquello- cuando oyó un golpe en la puerta del estudio.

– ¡Entre!

La cabeza de Miranda asomó por el umbral.

– ¿Molesto?

– No, claro que no. Pasa.

Empujó para abrir el resto de la puerta y entrar en la habitación. Turner tuvo que suprimir una sonrisa cuando la vio. Últimamente su barriga parecía preceder al resto de su cuerpo al entrar en una habitación por unos buenos cinco segundos. Ella vio su sonrisa y se miró con tristeza.

– Estoy enorme, ¿verdad?

– Cierto.

Ella suspiró.

– Deberías haber mentido para no herir mis sentimientos y decirme que no estoy tan grande. Las mujeres en mi condición están muy sensibles, ¿sabes? -Caminó hasta una silla cerca del escritorio de él y puso las manos sobre los brazos de la silla para ayudarse a descender.

Turner se puso de pie de inmediato para ayudarla a sentarse.

– Creo que me gustas grande.

Ella bufó.

– Sólo te gusta ver la prueba tangible de tu propia virilidad.

Sonrió ante eso.

– ¿Te ha dado ella alguna patada hoy?

– No, y no estoy tan segura de que sea una ella.

– Por supuesto que lo es. Es perfectamente obvio.

– ¿Debo suponer que estás planeando abrir un consultorio sobre partos?

Las cejas de Turner se alzaron.

– Vigila tu boca, esposa.

Miranda puso los ojos en blanco y alzó un pedazo de papel.

– Hoy recibí una carta de tu madre. Pensé que te gustaría leerla.

Turner le quitó la carta de la mano, caminando de forma distraída por la habitación mientras leía la misiva. Había aplazado tanto como había podido contarle a su familia lo del matrimonio, pero después de dos meses, Miranda le había convencido de que posiblemente no podría evitarlo más. Como era de esperar, se sorprendieron (con excepción de Olivia, que había tenido una vaga idea de lo que estaba pasando), y Turner se había apresurado enseguida a Rosedale para inspeccionar la situación. Oyó murmurar a su madre unas pocas cientos de veces: “Nunca habría imaginado…”, y la nariz de Winston había quedado un poco dislocada, pero en general, Miranda había hecho una suave transición de Cheever a Bevelstoke. Después de todo, ya antes había sido prácticamente parte de la familia.

– Winston se ha metido en problemas en Oxford -murmuró Turner, los ojos moviéndose con rapidez sobre las palabras de su madre.

– Sí, bueno, era de esperar, imagino.

Levantó la vista para mirarla con expresión de asombro.

– ¿Qué significa eso?

– No creas que nunca he oído hablar sobre tus hazañas en la universidad.

Él sonrió abiertamente.

– Ahora soy mucho más maduro.

– Eso espero.

Turner caminó hacia ella y dejó un primer beso en su nariz y luego otro en su tripa.

– Desearía haber podido ir a Oxford -dijo ella con anhelo-. Me hubiese encantado escuchar todas esas clases.

– No todas. Créeme, algunas eran pésimas.

– Aún así creo que me habría gustado.

Turner se encogió de hombros.

– Quizás. Ciertamente eres terriblemente más lista que la mayoría de hombres que conocí allí.

– Después de haber pasado casi una temporada en Londres, debo decir que no es terriblemente difícil ser más lista que muchos de los hombres de la alta sociedad.

– Excluyendo a la presente compañía, espero.

Ella asintió cortésmente.

– Por supuesto.

Sacudió la cabeza mientras volvía al escritorio. Aquello era lo que más le gustaba de estar casado con ella, aquellas pequeñas y estrafalarias conversaciones que llenaban sus días. Volvió a sentarse y levantó el documento que había estado examinando con detenimiento antes de que ella entrase.

– Parece que voy a tener que ir a Londres.

– ¿Ahora? ¿Aún hay alguien allí?

– Muy pocos -admitió. El Parlamento no estaba reunido, y la mayoría de la alta sociedad había dejado la ciudad para ir a sus casas en el campo-. Pero un buen amigo mío está allí, y necesita mi ayuda para una empresa comercial.

– ¿Quieres que vaya contigo?

– Nada me gustaría más, pero no te haré viajar en un momento así.

– Estoy perfectamente saludable.

– Y te creo, pero parece imprudente correr riesgos innecesarios. Y debo decir que te has convertido en algo… -Se aclaró la garganta-. Difícil de manejar.

Miranda hizo una mueca.

– Me pregunto qué otra cosa podrías haber dicho que pudiera haberme hecho sentir menos atractiva.

A él se le crisparon los labios, se inclinó hacia delante y le besó la mejilla.

– No me iré durante demasiado tiempo. No más de una quincena, creo.

– ¿Una quincena? -dijo ella tristemente.

– Son al menos cuatro días de viaje en cada sentido. Con toda la reciente lluvia, es seguro que las carreteras estarán fatales.

– Te voy a extrañar.

Él hizo una pausa por el momento antes de contestar.

– Yo también te echaré de menos.

Al principio Miranda no dijo nada. Y luego suspiró, un pequeño y melancólico sonido que exprimió el corazón de él. Pero entonces la actitud de ella cambió y pareció un poco más activa.

– Supongo que hay muchas cosas para mantenerme ocupada -dijo con un suspiro-. Me gustaría redecorar la sala oeste. La tapicería está totalmente desvaída. Quizás invite a Olivia a una visita. Es muy buena con este tipo de cosas.

Turner le sonrió cálidamente. Le proporcionaba gran placer que ella estuviese llegando a amar su casa tanto como lo hacía él.

– Confío en tu juicio. No necesitas a Olivia.

– Sin embargo, disfrutaría de su compañía mientras no estés.

– Entonces claro que sí, invítala. -Lanzó un vistazo al reloj-. ¡Vaya! ¿Tienes hambre? Es bien pasado el mediodía.

Miranda se frotó el estómago de forma ausente.

– No demasiado, creo. Pero podría comer un bocado o dos.

– Más de dos -dijo firmemente-. Más de tres. Ya no comes sólo para ti misma, ya lo sabes.

Miranda bajó tristemente la vista a su hinchada barriga.

– Créeme, lo sé.

Se puso en pie y avanzó a zancadas hacia la puerta.

– Iré corriendo a la cocina y conseguiré algo.

– Puedes simplemente llamar para pedir algo.

– No, no, será más rápido así.

– Pero yo no… -Demasiado tarde. Ya había salido corriendo por la puerta y no podía escucharla. Se sonrió mientras se sentaba y curvaba las piernas bajo ella. Nadie podía dudar que Turner se preocupaba por su bienestar y el del bebé. Se veía en la forma en que ahuecaba las almohadas para ella antes de que se metiera en la cama, en la forma es que se aseguraba que comiese bien, comida saludable, y especialmente en la manera en que insistía en ponerle la oreja en el estómago para oír cómo se movía el bebé.

– ¡Creo que ha dado una patada! -exclamaba excitado.

– Es probable que haya sido un eructo -había bromeando Miranda una vez.

Turner no pilló la broma y alzó la cabeza, la preocupación le nublaba los ojos.

– ¿Puede eructar ahí dentro? ¿Es normal?

Ella había dejado salir una suave e indulgente carcajada.

– No lo sé.

– Quizás debería preguntarle al médico.

Le había cogido la mano y lo había empujado hacia arriba hasta que estuvo acostado a su lado.

– Estoy segura de que todo va bien.

– Pero…

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