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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– Si mandas a buscar al médico, va a pensar que estás loco.

– Pero…

– Simplemente durmamos. Eso es todo, abrázame. Fuerte. -Suspiró y se acurrucó cerca de él-. Aquí. Ahora podré dormir.

De vuelta en el estudio, Miranda sonrió mientras recordaba la conversación. Hacía cosas así cientos de veces al día, demostrándole cuánto la quería. ¿Verdad? ¿Cómo podía mirarla con tanta ternura y no quererla? ¿Por qué estaba tan insegura de sus sentimientos?

Porque nunca los había dicho en voz alta, replicó en silencio. Oh, le hacía cumplidos y a menudo hacía comentarios sobre lo contento que estaba de haberse casado con ella.

Era una de las formas más crueles de tortura, y Turner no tenía ni idea de lo que hacía. Creía que estaba siendo amable y atento, y era verdad.

Pero cada vez que la miraba, y sonreía con aquella cálida y misteriosa forma suya, y pensaba… por un intenso segundo pensaba que él se inclinaría y susurraría…

Te quiero.

…y cada vez, cuando no pasaba, y simplemente le rozaba la mejilla con sus labios, o le despeinaba el cabello, o le preguntaba si había disfrutado el maldito postre, por amor de Dios…

Miranda sentía que algo se desmoronaba en su interior. Un pequeño apretón, creando solamente una pequeña arruga, pero todos aquellos pliegues en su corazón se iban sumando, y cada día parecía un poco más duro fingir que su vida era precisamente como la había deseado.

Intentaba ser paciente. Lo último que quería de él era falsedad. Te quiero era totalmente devastador cuando no había ningún sentimiento detrás.

Pero no quería pensar en ello. No en aquel momento, no cuando estaba siendo tan dulce y atento, y ella debería estar total y completamente feliz.

Y lo estaba. De verdad. Casi. Era sólo la pequeña parte de ella que se abría paso hacia delante, y se estaba volviendo molesta, de verdad, porque Miranda no quería malgastar todos sus pensamientos y energía pensando en algo sobre lo que no tenía el control.

Sólo quería vivir el momento, disfrutar sus muchas bendiciones sin tener que pensar en ello.

Turner entró en el momento oportuno, entrando a zancadas en el cuarto y dejando un suave beso sobre la cabeza de ella.

– La señora Hingham dice que hará subir un plato de comida en unos minutos.

– Te dije que no deberías haberte molestado en bajar -le regañó Miranda-. Sabía que no habría nada preparado.

– Si no hubiese bajado yo mismo -dijo en tono práctico-, habría tenido que esperar a que llegase la doncella para ver que quería, entonces habría tenido que esperar a que bajase a la cocina, y luego habría tenido que esperar mientras la señora Hingham preparaba la comida, y después…

Miranda sostuvo una mano en alto.

– ¡Suficiente! Ya veo lo que quieres decir.

– Llegará antes así. -Turner se inclinó hacia delante con una sonrisa diabólica-. No soy una persona paciente.

Ni ella tampoco, pensó Miranda tristemente.

Pero su marido, inconsciente de sus tormentosos pensamientos, simplemente sonrió mientras miraba por la ventana. Una ligera capa de nieve cubría los árboles.

Un lacayo y una doncella se deslizaron dentro de la habitación, trayendo comida, y la dejaron sobre el escritorio de Turner.

– ¿No estás preocupado por tus papeles? -preguntó Miranda.

– Estarán bien. -Los colocó formando una pila.

– ¿Pero no se mezclarán?

Se encogió de hombros.

– Tengo hambre. Eso es más importante. eres más importante.

La doncella dejó escapar un pequeño suspiro ante las románticas palabras. Miranda sonrió tirante. El personal de la casa probablemente pensaba que Turner le profesaba su amor siempre que estaban fuera del alcance del oído.

– Entonces vamos -dijo Turner enérgicamente-. Hay algo de estofado de carne de ternera y vegetales. Quiero que te lo comas todo.

Miranda miró dudosa a la sopera que Turner colocó frente a ella. Haría falta un pequeño ejército de mujeres embarazadas para terminarla toda.

– Estás bromeando -dijo.

– En absoluto. -Sumergió la cuchara en el estofado y la sostuvo enfrente de su boca.

– De verdad, Turner, no puedo…

Le metió con rapidez la cuchara en la boca.

Se ahogó sorprendida durante un segundo, entonces masticó y tragó.

– Puedo comer solita.

– Pero así es mucho más divertido.

– Para ti, qui…

La cuchara entró una vez más.

Miranda tragó.

– Esto es ridículo.

– En absoluto.

– ¿Es alguna forma de enseñarme a no hablar tanto?

– No, aunque perdí una gran oportunidad con esa última frase.

– Turner, eres incorre…

La pilló otra vez.

– ¿Incorregible?

– Sí -farfulló ella.

– Oh, querida -dijo-. Tienes un poco en la barbilla.

– Tú eres el que maneja la cuchara.

– Siéntate quieta -se inclinó hacia delante y lamió la gota de salsa de su piel-. Mmm, delicioso.

– Toma un poco -dijo ella inexpresiva-. Hay un montón.

– Oh, pero no quisiera privarte de tan valiosos nutrientes.

Ella resopló en respuesta.

– Aquí tienes otro poco… Oh, querida, creo que he vuelto a fallar otra vez -su lengua volvió a salir y limpió el desastre.

– ¡Lo hiciste a propósito! -lo acusó.

– ¿Y malgastar a propósito la comida que alimentaría a mi esposa embarazada? -Se colocó una ofendida mano en el pecho-. ¡Qué canalla me crees!

– Quizás no un canalla, pero sí un pequeño y furtivo…

– ¡Victoria!

Movió su dedo hacia él.

– Mmph grmphng gtrmph.

– No hables con la boca llena. Es de mala educación.

Ella tragó.

– Dije, que me vengaré, tú… -Dejó de hablar cuando la cuchara hizo conexión con su nariz.

– Mira lo que hiciste -dijo, sacudiendo la cabeza con un movimiento exagerado-. Te moviste tanto que volví a fallar. Ahora quédate quieta. -Ella frunció sus labios pero no pudo evitar que se le escapase la insinuación de una sonrisa-. Buena chica -murmuró él, inclinándose. Capturó la punta de su nariz en su boca y chupó hasta que la salsa de carne desapareció.

– ¡Turner!

– La única mujer en el mundo con una nariz cosquillosa -soltó una risita-. Y tuve el sentido común de casarme contigo.

– Para, para, para.

– ¿De ponerte salsa en la cara o de besarte?

A ella el aliento se le quedó atrapado en la garganta.

– De ponerme salsa en la cara. No necesitas una excusa para besarme.

Él se inclinó hacia delante.

– ¿No?

– No.

– Imagina mi alivio. -Su nariz tocó la de ella.

– ¿Turner?

– ¿Hmm?

– Si no me besas pronto, creo que voy a ponerme furiosa.

La atormentó con el más ligero de los besos.

– ¿Te vale eso?

Ella negó con la cabeza.

Él profundizó el beso.

– ¿Y eso?

– Me temo que no.

– ¿Qué necesitas? -susurró, su ardiente voz contra los labios de Miranda.

– ¿Qué necesitas ? -respondió ella. Sus manos se deslizaron hacia arriba hasta los hombros de él, y como era costumbre, comenzó a masajearlos.

Y aparentemente el ardor de él se difuminó instantáneamente.

– Oh, Dios, Miranda -gimió, relajándosele el cuerpo-. Eso es maravilloso. No, no pares. Por favor, no pares.

– Es extraordinario -dijo ella con una ligera sonrisa-. Eres masilla entre mis manos.

– Lo que quieras -gimió-. Simplemente no te detengas.

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