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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Era lo peor que le había ocurrido nunca, peor incluso que perder a Joe. Aquello le había partido el corazón, pero Joe era real y Gabriella sabía que la amaba. Este hombre, en cambio, era un estafador y un criminal. Le había mentido y utilizado, le había robado y se había aprovechado de ella de todas las maneras posibles. De repente se sintió enferma y sucia. Le provocaba náuseas sólo pensar en él, en las cosas que le había hecho, en la intimidad que habían compartido. S e sentía como una prostituta, aunque en realidad la prostituta era él. Era peor que eso.

Gabriella se quedó sentada un buen rato con las cartas en la mano. Luego las guardó y cerró el cajón con lave. Ignoraba qué iba a decirle a Steve, cómo iba a escapar de él. Entonces se preguntó horrorizada si el profesor se había enfrentado a él, si Steve le había agredido al averiguar lo que sabía de su pasado. Gabriella empezó a temblar y comprendió que algo terrible había ocurrido.

Volvió a su habitación. Estaba sentada en la cama, tratando de poner sus pensamientos en orden, cundo Steve entró.

– ¿Estás bien?

Parecía un poco rara, pero había tenido un día muy agitado. Steve había creído que el estúpido profesor no tenía un céntimo. Y lo único que él había tenido para seguir viviendo era el salario de Gabriella y unos pobres ahorros. Éste era un regalo caído del cielo y ni por un instante había dudado que tenía a Gabriella en el bolsillo.

– Me duele la cabeza -dijo Gabriella. Lo que acababa de descubrir l tenía anonadada y miró a Steve como si fuera un extraño. Y lo era. Nada de lo que sabía de él existía.

– No te preocupes, cariño -Steve estaba de muy buen humor-. Con seiscientos mil dólares podrás comprarte un montón de aspirinas. ¿Qué te parece si mañana por la noche salimos a celebrarlo? También podríamos hacer una escapadita… a París… Roma… Atlantic City…

Las posibilidades eran ilimitadas. A partir de ahora tendría que trabajarse bien a Gabriella y Europa era el lugar idóneo para ello.

– Ahora soy incapaz de pensar en eso, Steve. Además, no puedo dejar a Ian de la noche a la mañana, y el profesor quería que utilizara el dinero para dedicarme a escribir. No puedo derrocharlo así como así, no sería justo.

Gabriella ni siquiera sabía por qué malgastaba su saliva con Steve, pero tenía que decir algo. Tenía que ganar tiempo para decidir lo que iba a hacer. Ya sólo el hecho de mirarle le resultaba doloroso, sobre todo si pensaba que podía tener algo que ver con el “accidente” o la muerte del profesor.

– Déjame decirte algo -repuso Steve, riéndose de los remordimientos de Gabriella-. El profesor nunca se enterará de lo que hagas con el dinero. Ahora es tuyo.

Ella asintió con la cabeza, incapaz de responder. Y esa noche, como siempre, durmieron en su curto. Steve lo utilizaba como despacho y armario, y ella volvió a decirle lo mucho que le dolía la cabeza. Sabía que si intentaba tocarla, le pegaría. El de Steve constituía un abuso que no había experimentado antes. No era mejor que el de su madre, y resultaba igual de violento.

Por la mañana fingió ir a trabajar para escapar de él, pero una vez en la calle telefoneó a Ian y le dijo que estaba enferma. Luego fue al parque se sentó en un banco par tratar de decidir qué hacer.

Steve había quedado para almorzar con unos amigos y esa mañana le había mencionado de nuevo lo de ir a Europa, pero Gabriella había fingido estar demasiado ocupada vistiéndose para responder, así que no tenía razones para sospechar nada.

La señora Boslicki también estaría fuera. Tenía que compre un colchón nuevo porque uno de sus últimos huéspedes había estropeado la cama. La señora Rosenstein tenía una cita con el médico y el resto trabajaba. Gabriella sabía que si esperaba hasta la hora del almuerzo estaría sola en la casa para registrar a fondo la habitación del profesor. Quería comprobar si había más documentos que incriminaran a Steve, y luego quería pedir consejo al abogado sobre loque debía hacer. Pero si de algo estaba segura era de que quería a Steve fuera de su vida lo antes posible. No quería pasar otra noche con él, no quería que volviera a tocarla. E iba a pedirle a la señora Boslicki que lo desahuciara. Sabía que no podía pagar el alquiler y ella no tenía intención de hacerlo por él. Pero eso supondría semanas y entretanto Gabriella no sabía cómo manejar la situación.

Regresó a casa a mediodía. Sabía que había esperado el tiempo suficiente y cuando entró, en el vestíbulo reinaba el silencio. Subió corriendo al cuarto del profesor y dejó la puerta abierta de par en par. Estaba sola y nadie podía ver lo que hacía. Abrió el cajón del escritorio, sacó las cartas y esta vez lo que leyó le resultó aún más espantoso. Repasó cada detalle, cada seudónimo, cada delito, la lista de mujeres que había utilizado por todo el país. Teniendo en cuenta su corta edad, había estado muy ocupado. Se hallaba absorta leyendo cuando de repente oyó un ruido a su espalda. S e volvió y vio a Steve de pie en el umbral, sonriendo.

– ¿Contando tu dinero tan pronto, Gabbie? ¿O acaso esperas encontrar más? No deberías ser tan avariciosa, cielo.

Sonreía de forma extraña. Gabriella palideció y fue incapaz de devolverle la sonrisa.

– Sólo quería revisar algunas cosas. Ian me ha dado mucho tiempo para almorzar.

Steve se acercó lentamente. Gabriella se preguntó si había cancelado su almuerzo o si nunca había habido tal almuerzo y se trataba de una trampa.

– Una lectura muy interesante ¿no te parece?

Steve señaló las cartas y Gabriella se dio cuenta de que no era la primera vez que las veía. A Steve le traía ya sin cuidado lo que Gabriella supiera de él. Lo único que le interesaba era el dinero.

– No te entiendo -dijo ella, girando una carta para ocultar las demás.

– Desde luego que me entiendes. ¿Te lo dijo antes de morir o lo has encontrado tú solita?

Steve había regresado a casa para comprobar si existían copias de las cartas. Ese viejo cabrón era de los que sabían protegerse.

– ¿Qué crees que he encontrado?

Estaban jugando al gato y el ratón, y ambos lo sabían.

– Mi historia. El profesor hizo una investigación muy exhaustiva. No está todo ahí, como es natural, pero consiguió dar con lo más interesante. -Steve parecía orgulloso de su pasado y tan seguro de sí mismo que Gabriella sintió náuseas. ¿Quién era ese hombre? No era nadie para ella. Un completo desconocido-. Tuvimos una conversación el día que… se cayó -añadió con cinismo.

Furiosa, Gabriella se levantó para plantarle cara.

– Fuiste tú ¿verdad? Hijo de puta -nunca había insultado a nadie de ese modo, pero se lo merecía-. ¿Le pegaste o simplemente le empujaste? ¿Qué le hiciste exactamente Steve?

– Nada en absoluto. El muy estúpido me facilitó mucho las cosas. Se puso tan nervioso que se lo hizo casi todo él solito. Yo sólo le ayudé un poco. el viejo estaba muy preocupado por ti y hora entiendo por qué. No tenía ni idea de que eras su heredera. Menuda sorpresa para los dos ¿no crees? ¿O acaso ya lo sabías y te hiciste la asombrada delante de los demás?

– Naturalmente que no. ¿Cómo querías que lo supiera?

– Quizá él te lo dijo.-Pienso contarles a todos lo que hiciste -dijo Gabriella temerariamente, convencida, como siempre, de que la justicia podía vencer al mal. Bastaba con mantenerse firme y conocer la verdad para que el demonio huyera ante tus ojos. Pero este demonio no iba a huir, como tampoco había huido su madre-. Y luego llamaré a la policía. Será mejor que te largues pronto de la ciudad o lo lamentarás.

Gabriella estaba temblando de rabia. Directa o indirectamente, sabía que Steve había matado al profesor.

– No le vamos a contar nada a nadie, Gabbie -dijo él con calma-. O por lo menos tú no. Yo, en cambio, podría contarle a la policía que sabías que el profesor iba a dejarte una fortuna, que hablamos de ello muchas veces y que quisiste convencerme de que le matara. Yo, como es natural, intenté disuadirte de la idea. Incluso me ofreciste dinero. La mitad del botín, trescientos mil dólares. Lo único que yo hice fue hablar con él, y mientras lo hacía sufrió una apoplejía. No se va a la cárcel por eso pero sí por planear un asesinato, el asesinato de alguien que iba a dejarte mucho dinero. De hecho, si te delato me ofrecerán protección y a ti te caerán entre diez y quince años. ¿Qué te parece? -Gabriella no podía creer lo que estaba oyendo-. Te juro que lo haré a menos que aceptes darme quinientos mil pavos ahora mismo. Es un precio bajo por tu libertad. Piénsalo. Entre diez y quince años. Y la cárcel es un lugar muy feo para una chica como tú. Lo sé porque he estado allí.

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