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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Steve recogió las ofensivas cartas del suelo y se las guardó en el bolsillo, y cuando la ambulancia llegó contó a los enfermeros que había encontrado al profesor en el suelo y que creía que se había golpeado la cabeza con una mesa. Los enfermeros, no obstante, enseguida se dieron cuenta de que había algo más. Probablemente por eso se había caído, no al revés. Le pusieron una linterna delante de los ojos, le tomaron las constantes vitales y lo subieron a una camilla sin detenerse a hablar con Steve.

– ¿Se pondrá bien? -gritó cuando se iban-. ¿Qué tiene?

– Parece una apoplejía -dijeron los enfermeros.

Dos minutos más tarde se alejaban con las sirenas aullando al tiempo que Steve entraba en la casa con una sonrisa y cerraba la puerta tras de sí.

21.-

Gabriella estaba en la librería, colocando unos libros en las estanterías cuando el teléfono sonó. Ian había salido a comprar el almuerzo, de modo que bajó de la escalera para atender la llamada. Seguía pensando en los libros cuando oyó la voz de Steve y enseguida intuyó que algo iba mal. parecía muy alterado y al borde de las lágrimas.

– ¿Qué ocurre?

Las cosas entre ellos estaban un poco tirantes últimamente. A ambos les deprimía que Steve no tuviese trabajo y Gabriella no quería presionarle, pero el hecho de tener que estirar su sueldo a fin de que llegara para los dos era una preocupación constante.

– Oh, Gabbie… no sé cómo decírtelo… -Steve sabía que Gabriella adoraba al profesor, y ella sintió una punzada de pánico-. Se trata del profesor.

– Dios mío, Steve… ¿Qué ha pasado?

– Al llegar a casa lo encontré tirado en el suelo de la sala… parecía haberse golpeado la cabeza y la sien le sangraba. Estaba cerca de una mesa. Ignoro si se cayó a causa de un mareo o de un traspiés.

– ¿Estaba conciente? -preguntó angustiada Gabriella.

– Deliraba cundo lo encontró, y luego se desmayó. Pedí una ambulancia y los enfermeros me dijeron que podía tratarse de un ataque de corazón o una apoplejía. No estaban seguros. Acaban de llevárselo al hospital municipal.

Era un hospital público y Gabbie no estaba segura de que el profesor pudiera recibir allí toda la atención que precisaba. Al igual que la señora Boslicki y la señora Rosenstein, llevaba meses suplicándole que se hiciera unos análisis. Su salud había empeorado gradualmente desde el invierno. Ya nunca la llevaba a cenar y apenas tenia fueras para salir a dar un breve paseo. Y tosía constantemente.

– Dijeron que llamarían en cuanto supieran algo -dijo Steve-. Me quedaré junto al teléfono.

– Gracias a Dios que llegaste a tiempo. Iré al hospital en cuanto Ian regrese con el almuerzo.

Gabriella no deseaba otra cosa que agarrar el bolso y salir corriendo hacia el hospital, pero no quería cerrar la tienda sin dar una explicación a Ian.

– Sería mejor que esperaras a que nos llamaran -sugirió Steve.

Pero Gabriella quería estar al lado del profesor. Era su única familia.

– NO podría soportar la espera -dijo-. Me iré en cuanto Ian regrese. -en ese momento le vio entrar por la puerta y le hizo señas de que se acercara-. Te llamaré desde el hospital -dijo, convencida de que Steve estaría tan impaciente como ella por tener noticias.

Atropelladamente, explicó a Ian lo ocurrido y se disculpó por tener que dejarle solo, pero él comprendió la situación y le deseó buena suerte. Gabriella detuvo un taxi justo delante de la tienda y le dio la dirección pero cundo abrió el monedero para pagarle se sorprendió del poco dinero que llevaba. Entonces se preguntó si Steve había vuelto a las andadas. Le avergonzaba tanto pedirle dinero que hora lo “tomaba prestado” sin decir una palabra, pero eso significaba que a veces dejaba a Gabriella prácticamente a cero. Apenas tenía dinero suficiente para el taxi

Nada más irrumpir en la sala de urgencias se olvidó del asunto y preguntó al personal por el profesor. Tardaron casi una hora en regresar con noticias, pero por lo menos no le dijeron que el profesor había muerto camino del hospital. Mas cuando al fin pudo verle, se quedó atónita. El anciano tenía la cara cenicienta, y un montón de monitores conectados mientras un equipo médico luchaba por mantenerle vivo. Gabriella había tenido que decir que era su hija a fin de que le dejaran verle.

El personal se comunicaba con frases lacónicas. Gabriella observaba cómo le administraban oxígeno y sangre y le hacían un electrocardiograma. Finalmente repararon en su presencia y una enfermera le preguntó qué hacía ahí. Con las mejillas anegadas en lágrimas, aterrada ante la idea de perder al profesor, Gabriella no se movió.

– ¿Cómo está? -preguntó.

– ¿Es su abuelo? -inquirió la enfermera de forma brusca pero compasiva.

– No. Mi padre.

Gabriella sabía que al profesor le habría halagado oír eso. Siempre le decía lo mucho que a él y Charlotte les hubiera gustado tener una hija como ella.

– Ha sufrido una apoplejía -explicó la enfermera-. Tiene el lado derecho del cuerpo paralizado. No puede hablar, pero cuando está consciente creo que nos oye.

Gabriella estaba conmocionada. ¿Cómo era posible que le hubiese ocurrido algo tan terrible y de forma tan súbita?

– ¿Se recuperará?

Le había costado mucho preguntarlo, pero necesitaba que la tranquilizaran.

– Aún es pronto para saberlo. El electrocardiograma no es muy esperanzador, y el golpe que se dio al caer ha agravado la situación.

– ¿Puedo hablar con él? -preguntó Gabbie, tratando de controlar el pánico.

– Dentro de unos minutos -dijo la enfermera antes de regresar con sus compañeros.

Pero los minutos se convirtieron en horas. Hicieron más pruebas, conectaron más máquinas y para cuando trasladaron al profesor a la UCI Gabbie estaba fuera de sí. Era evidente que tenían problemas para conseguir que siguiera respirando, pero finalmente le permitieron verle.

– Sea breve y no espere respuesta -le advirtió la enfermera.

Gabriella se acercó a la cama. El profesor tenía el pelo más encrespado que nunca y en cuanto la oyó sus ojos se abrieron lentamente.

– Hola. Soy yo… Gabbie.

El profesor la reconoció e hizo ademán de sonreír, pero no podía hablar ni tampoco moverse. Gabriella se llevó la mano del anciano a los labios mientras una lágrima le resbalaba por la mejilla y caía en la almohada.

– Los médicos dicen que te pondrás bien -mintió para animarle.

En ese momento el profesor arrugó la frente, como si algo le doliera, y la miró fijamente. Gabriella tuvo la sensación de que quería decirle algo, mas no podía. Estaba atrapado tras un muro de piedra y sólo era capaz de sostener los dedos de Gabriella. Entonces empezó a agitarse y a soltar pequeños gruñidos. La enfermera se acercó y pidió a Gabriella que se fuera.

– ¿No puedo quedarme? -suplicó y el profesor le apretó aún más los dedos.

– Vuelva dentro de un par de horas. Su padre necesita dormir.

La enfermera lamentaba que las visitas no fueran más conscientes del peligro y la molestia que suponía su presencia en la UCI.

– Volveré más tarde -Gabriella le acarició la mejilla y el profesor soltó un gemido gutural. Era evidente que quería decirle algo-. No intentes hablar. Sólo descansa -le dio un beso y le dijo lo que él ya sabía-: te quiero.

Lo había dicho desde lo más hondo de su corazón. Lo único que deseaba en esos momentos era que el profesor se recuperase.

Gabriella lloró durante todo el trayecto a casa. Había cogido el metro por falta de dinero para un taxi, y se dijo que debía preguntar a Steve qué había pasado con el dinero de monedero. Pero cuando entró en casa, Steve, la señora Boslicki, la señora Rosenstein y otros inquilinos la esperaban en tal estado de angustia que enseguida se olvidó del asunto. Llevaban varias horas sentados en la sala de estar a la espera de recibir noticias mientras Steve les explicaba una y otra vez cómo había encontrado l profesor y lo que creía que había ocurrido.

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