El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– ¿Cómo puedes hacerme esto? -repuso ella con los ojos anegados en lágrimas.
Le había dicho que la amaba. Había fingido muchas cosas y hora le estaba haciendo chantaje, amenazando con destrozarle la vida por medio millón de dólares.
– Es fácil, muñeca. En este mundo no eres nadie sin dinero. Además, te dejo cien de los grandes. No puedes quejarte. Tú no necesitas mucho para vivir. Pero sin no te decides pronto me lo quedaré todo. Creo que ahora es buen momento para llamar al banco y al abogado.
– ¿Cómo explicarás que te lo he dado todo? ¿No temes que puedan sospechar?
– Ya nos inventaremos algo. Las mujeres hacen locuras por amor, Gabbie. Seguro que me entiendes.
Después de todo, ella se había enamorado de un cura y quedado embarazada de él. Eso sí era una locura.
– No puedo creer que seas capaz de una cosa así.
– Pues créelo, Gabbie. Quinientos mil dólares, seiscientos mil si no te das prisa y el lobo feroz saldrá de tu vida par siempre. Entonces podrás llorar cuanto te plazca, quedarte hecha un ovillo en la cama el resto de tu vida, tener pesadillas y lloriquear por tu Joe y tu mamá.
Estaba utilizando todas las confidencias que le había hecho contra ella.
– ¡Hijo de puta! -exclamó Gabriella, e instintivamente avanzó para abofetearle.
Había matado al profesor y ahora estaba haciendo añicos su vida sin el menor remordimiento. Había matado a un hombre que ella quería y respetaba profundamente, una buena persona que había sido su salvación durante el último año, y ahora la amenazaba con acusarla de planear un asesinato y enviarla a la cárcel.
– Mátame si quieres, cuéntale a la policía lo que te dé la gana porque yo no pienso darte un céntimo, Steve Porter o quienquiera que seas. Durante estos siete meses me has arrebatado cuanto tenía. Me hiciste creer que me querías y me utilizaste, me mentiste… No recibirás nada más de mí ¡nada!
Steve comprendió que Gabriella hablaba en serio, pero también sabía que le ganaba en fuerza. Sin más, la agarró del pelo y le echó la cabeza atrás.
– No vuelvas a hablarme de ese modo, Gabbie. No me digas lo que piensas o no piensas hacer. Harás exactamente lo que yo te diga o te mataré. Quiero el dinero y lo quiero ya ¿entendido? Se acabaron las tonterías. Y ahora, llama al abogado -Steve señaló el teléfono.
– No pienso llamar a nadie -repuso ella, pero las rodillas le temblaban-. El juego ha terminado.
– De eso nada -Steve la soltó y se preguntó cuántos golpes iban a hacer falta para que comprendiera que hablaba en serio. Probablemente no muchos-. El juego acaba de comenzar. Lo que ha terminado es el romance, las tonterías, la farsa. Ahora ya no tengo que decirte que te amo para conseguir lo que quiero. Sólo tengo que decirte lo que voy a hacerte si no obedeces. ¿Lo entiendes? -ella le miró fijamente, batallando con sus propios demonios-. Llama al banco ahora mismo, Gabbie, o avisaré a la policía. El viejo está muerto y tú tienes su dinero. Has salido muy beneficiada de todo esto. Seguro que me creen. -Gabriella quería matarle con sus propias manos. La furia que Steve había despertado en ella la abrumaba. Agarró el teléfono y marcó el número de la operadora-. ¿Qué estás haciendo? -preguntó Steve.
– Llamando a la policía por ti. Acabemos de una vez con todo esto.
Steve le arrebató el auricular y luego arrancó el cable telefónico de la pared.
– Seamos sensatos ¿O es que piensas pasarte la tarde discutiendo? ¿Por qué no vamos al banco y recogemos el dinero? Luego cogeré un avión a Europa y todo habrá terminado. Para ti, claro. Para mí será sólo el principio.
– ¿Cómo sé que no le dirás a la policía que te di el dinero para que le mataras?
Era justamente la prueba que Steve necesitaba y Gabriella comprendía ahora que nada le detendría.
– No puedes saberlo, y ahora que lo dices, no es mala idea. Pero tendrás que fiarte de mí. No tienes elección. Si no me das el dinero podría matarte. Quizá valga la pena después de todas las molestias que me has causado.
Gabriella volvía a tener la culpa… Steve tenía que matarla porque era una niña muy mala, él no quería hacerlo, pero ella le obligó…
– Mátame -dijo Gabriella.
Ya no le importaba. Siempre había alguien que quería hacerle daño, culparla de algo, y siempre aparecería otra persona dispuesta a hacerle daño, abandonarla, mentirle, amenazarla con matarla en cuerpo y alma. Todos, a su manera, la habían matado.
– Eres una estúpida -dijo él mientras se acercaba amenazadoramente. Esa mujer no iba a poder con él, esa estúpida con la que había estado viviendo, con la que había estado compartiendo un sueldo mísero, robándole billetes de cinco dólares de los sobres que escondía debajo del colchón. Llevaba demasiado tiempo viviendo de migajas. Ahora quería todo el pastel-. No me hagas enfadar, Gabbie.
Steve vio en sus ojos que no iba a conseguir nada de ella, y no podía perder más tiempo. Los demás huéspedes no tardarían en volver y él quería el dinero. Su dinero. Ahora era suyo. Se lo había ganado.
Sin decir palabra, la agarró por el cuello y empezó a zarandearla. Ella, como siempre, se quedó quieta y le dejó hacer… como la niña buena que siempre había sido.
– ¡Voy a matarte, maldita zorra! -gritó Steve-. ¿No lo entiendes?
Pero Gabriella poseía una fuerza con la que no podía luchar, un lugar insondable al que nadie había llegado. Tendría que matarla para alcanzarlo y Steve lo sabía. No obstante, quería el dinero más que cualquier otra cosa en el mundo, y no iba a permitir que Gabriella se lo negara.
– Te odio -dijo ella con voz serena, hablándole no sólo a él sino a muchos otros-. Te odio Steve Porter.
Él le cruzó la cara de una bofetada. Ella reculó y se golpeó la espalda contra el escritorio. Conocía muy bien el sonido, la sensación, la fuerza de esos golpes. Antes de caer al suelo, Steve le agarró del brazo y le dio un puñetazo en la sien. Gabriella oyó algo parecido a un saco de arena estrellándose contra el suelo, pero ya no le quedaba tímpano que dañar, Steve no podía hacerle nada que no le hubieran hecho ya. Había vivido esa misma pesadilla durante los primeros diez años de su vida. Steve le dio puñetazos en el cuerpo y la cara y luego le aporreó la cabeza contra el suelo. Gabriella le oía decir algo sobre el dinero. Steve estaba totalmente fuera de sí. Gabriella era un enemigo que había que destruir, una furcia que pretendía negarle todo lo que se merecía y soñaba tener.
La levantó del suelo y la lanzó contra la pared, y entonces Gabriella se dio cuenta de que tenía el brazo roto. Pero ya no le importaba. Steve no obtendría nada de ella y la vida que intentaba arrebatarle le traía sin cuidado. Había experimentado demasiadas mentiras, demasiado sufrimiento, demasiado dolor, demasiadas pérdidas y él solo era una más. Finalmente Gabriella divisó una luz blanca a su alrededor, tendida en el suelo, mientras Steve le propinaba patadas y le gritaba que llamara al banco, que le diera lo que quería, que la odiaba, que nunca la había amado. Sus palabras llevaban tanto veneno como sus puñetazos, y cuando Gabriella le miró, creyó ver a Joe, luego al profesor y por último a su madre, y todos le decían algo. Joe le decía que la amaba pero no podía estar con ella. El profesor le suplicaba que no dejara que Steve le hiciera eso. Y su madre le decía que era culpa suya y se lo merecía. Y mientras escuchaba Gabriella comprendió de repente que no era culpa suya, sino de ellos… Steve era el malvado, Steve había matado al profesor y ahora quería matarla a ella… Y haciendo acopio de una fuerza desconocida para ella, se levantó del suelo para plantarle cara. Sangraba profusamente y tenía la cara destrozada. En ese estado Steve no podía llevarla al banco, no podía llamar a la policía, no podía hacer nada salvo huir sin el dinero. Y llevado por un último arrebato de ira, se abalanzó sobre Gabriella y trató de estrangularla. La zarandeó hasta que la habitación empezó a dar vueltas, pero Gabriella seguía aguantando y ahora se defendía arañándole la cara. No iba a permitirle que le hiciera eso, nadie más volvería a hacérselo. Se negó a dejar esta vida mientras él intentaba estrangularla. Finalmente Steve la dejó caer, le asestó una última patada y se marchó.