El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– ¿Sabes quién te hizo esto? -Gabriella cerró los ojos, pero él insistió-. Si lo sabes, me gustaría que me lo dijeras. No querrás que tu agresor le haga lo mismo a otra mujer ¿verdad? Piensa en ello.
Ella abrió los ojos y le miró. Parecía estar meditando. Siempre les había protegido, a todos, pero sabía que esta vez era diferente.
– ¿Sabes quién te lo hizo? -Peter sospechaba que no había sido un desconocido-. Podemos hablar de ello más tarde.
Gabriella asintió con los ojos y trató nuevamente de hablar.
– Nombre…
– ¿El nombre de la persona que te pegó?
Gabriella frunció el entrecejo. Luego, sin a penas levantar la sábana, señaló al médico con un dedo. Quería saber quién era él.
– Peter Mason. Soy médico y tú estás en el hospital. Vamos a repararte y luego te enviaremos a casa, pero queremos que allí estés a salvo. Por eso necesitamos saber quién te lo hizo.
Gabriella soltó otro gemido y agotada, cerró los ojos. Finalmente se durmió y Peter tras contemplarla un rato, se marchó. Indudablemente pensaba con claridad. Había contestado a todas sus preguntas y quiso saber quién era él. Constituía un estupendo comienzo y Peter estaba muy esperanzado.
Por la mañana la visitó de nuevo. Gabriella parecía más animada, hablaba con más claridad y se acordaba de su nombre. El electroencefalograma y los monitores tenían buen aspecto. Poco después la policía fue a verla. Se alegraron de saber que había salido del coma y lo que querían ahora era información.
Peter les pidió que no la presionaran demasiado. Sólo llevaba consciente unas pocas horas. Los inspectores le hicieron las mismas preguntas que él le había hecho pero con menos delicadeza. Le dijeron que querían hacer lo posible por protegerla, pero que no podrían si no les decía el nombre de su agresor. Gabriella estaba muy pensativa.
– No puedes permitir que vuelvan a hacerte esto -dijo Peter mirándola compasivamente-. La próxima vez podrías tener menos suerte. Quienquiera que haya sido, Gabriella, quería matarte.
Le habían golpeado, magullado, estrangulado. En opinión de Peter, no se trataba de un accidente ni de un crimen pasional. Era un intento alevoso y premeditado de matarla y casi lo habían conseguido, y Gabriella lo sabía.
– Fue un acto intencionado. Ahora tienes que ayudarnos a atrapar a tu agresor para que no vuelva a hacerlo. No estarás a salvo hasta que lo metan entre rejas. Piénsalo.
Gabriella miró a sus interrogadores. Se había pasado la vida protegiendo a los demás, ocultando sus crímenes, justificándolos, diciéndose a sí misma que se lo merecía. Pero ya no lo creía. Ella no se merecía esto. Él sí. Gabriella abrió la boca, pero vaciló y volvió a cerrarla. Al final, cuando Peter estaba seguro de que no hablaría, Gabriella le miró y asintió con la cabeza. Algo que él había dicho le había llegado al alma y le había abierto una puerta.
– Venga, Gabriella, tienes que decírnoslo. No te mereces esto.
No, no se lo merecía, y Gabriella lo sabía. Como también supo durante la paliza que Steve no tenía derecho a hacerle lo que su madre le había hecho. No dejaría que volviera a ocurrir. Nadie volvería a ponerle un dedo encima para hacerle daño. No lo permitiría.
– Steve -susurró con voz casi inaudible-. Steve Porter. -sabía que debía explicar más cosas y apenas tenía fuerzas para ello, pero los inspectores eran insistentes y uno de ellos hacía notaciones en una libreta. Sabían por los demás inquilinos que Porter era su novio y vivía en la casa de huéspedes-. Otros nombres… cartas en la mesa del profesor… ha estado en prisión.
Los inspectores e miraron. La cosa estaba clara.
– ¿Recuerda qué otros nombres utilizaba, señorita Harrison?
– Steve Johnson… John Stevens… Michael Houston. -los recordaba todos con una facilidad sorprendente. Y quería hablar. Se lo debía a sí misma. Nadie volvería a hacerle daño. Y Steve merecía cuanto pudiera pasarle-. Ha estado en prisión en Kentucky… Texas… California.
– ¿Sabe dónde está ahora?
– No.
– No ha venido a verla ¿verdad? -los inspectores miraron al médico, que negó con la cabeza. El agresor no estaba tan loco como para eso-. ¿Sabe porqué le hizo esto? ¿Estaba enfadado con usted? ¿Tenía celos? ¿Iba a abandonarle? ¿Se veía con otro?
– Quería dinero… llevaba meses dándole dinero -susurró Gabriella-. Acababa de heredar dinero de un amigo y… y él quería que se lo diera casi todo, o de lo contrario contaría a la policía que intenté convencerle de que matara al profesor… Él me legó el dinero. Steve lo quería… quería ir a Europa… me dijo que me mataría si no se lo daba. -y había estado a punto de cumplir su promesa-. Creo que mató al profesor… quiso agredirle… entonces tuvo una apoplejía… él me legó el dinero.
El relato era un poco confuso, pero los inspectores decidieron obtener el resto de la información de la casera y sus huéspedes. Cuando Gabriella se encontrara mejor podrían interrogarla con más detenimiento.
– ¿La atacó con algún arma?
A Gabriella le sorprendió la pregunta.
– No. Sólo me pegó.
– Qué amable.
Los inspectores le dieron las gracias y dijeron que volverían cuando se encontrara mejor. Esperaban tener buenas noticias para ella en breve. Cuando Gabriella se recostó y cerró los ojos, se dio cuenta de que no lamentaba lo que había hecho. Había actuado correctamente. Era hora de detener a la gente que le hacía daño. Algunos no podían evitarlo, como Joe y la madre Gregoria, pero tanto su madre como su padre pudieron obrar de otro modo, y también Steve… Este último no se saldría con la suya. Con los demás ya no podía hacer nada.
Abrió los ojos y vio que Peter seguía allí de pie, observándola. Estaba intentando adivinar si Gabriella estaba enamorada de ese tal Steve y destrozada por lo ocurrido, pero en realidad parecía contenta. Y Peter empezó a sospechar que debajo de las heridas, los morados y las vendas había una cara bonita, aunque le habría gustado con cualquier cara. Gabriella poseía una fuerza abrumadora. Había pasado por un infierno y ahora le estaba sonriendo.
– Buen trabajo.
– Mala persona… horrible… mató a mi amigo.
– Y casi te mata a ti -para Peter eso era lo más importante-. Espero que le atrapen.
– Y yo.
Ambos deseos se cumplieron. La policía regresó esa tarde a las seis, poco antes de que finalizara el turno de Peter. H abían encontrado a Steve a las cuatro de la arde jugando en un casino de Atantic City. El FBI tenía su historial y Texas y California habían colaborado gustosamente. Steve, como es natural, lo negó todo y aseguró que Gabbie era una psicópata y le tenía amenazado. Pero a juzgar por el estado de Gabriella, no existía la menor posibilidad de que alguien le creyera. Todo había terminado para el. Aunque no le hubiera puesto un dedo encima, había infringido la libertad condicional en tres estados y le iban a caer muchos años. Era un milagro que no le hubiesen atrapado antes. De haberlo hecho, probablemente Gabriella no estría ahora en el hospital. La agresión iba a costarle a Steve muchos años entre rejas. Le leyeron sus derechos y le arrestaron allí mismo. Le acusaban de intento de asesinato e iban a tratar de acusarle también de homicidio sin premeditación por la muerte del profesor. Gabriella, entretanto, les escuchaba atónita.
– ¿Irá a la cárcel? -preguntó.
– Irá y permanecerá en ella mucho tiempo.
Todavía se deprimía al recordar lo ocurrido y se angustiaba cuando pensaba en el profesor. Hubiera preferido tenerlo a él en lugar de su dinero. Antes de irse, la policía le dijo que sus amigos de la pensión estaban muy contentos y le enviaban saludos, pero aún no tenían permitido visitarla. Vendrían a verla en cuanto el médico lo autorizara.