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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Entró en la habitación que utilizaba cuando necesitaba echar una cabezada. Era el almacén de los productos químicos, pero disponía de una camilla.

El resto de la noche Gabriella estuvo vigilada por las enfermeras. No se movió una sola vez, y aunque no parecía respirar, los monitores mostraban unos signos vitales constantes. Por la mañana le hicieron otro electroencefalograma que resultó norma, si bien Gabbie seguía en coma.

En la casa de huéspedes los ánimos estaban por los suelos. La señora Boslicki informaba de la situación a los inquilinos que salían a trabajar y prometía llamarlos en cuanto hubiera novedades. Era lo peor que había sucedido en su casa aparte de la muerte del profesor. Todos sabían que Steve no había venido a dormir ni había telefoneado. Esa misma mañana la señora Boslicki denunció su desaparición a la policía. La noche antes los inspectores habían interrogado a todos los inquilinos y hecho muchas preguntas sobre Steve. Y fue entonces cuando todos se dieron cuenta de lo poco que sabían de él. Sabían que había estudiado en Stanford, y Yale, que llevaba ocho meses en la casa, que no tenía trabajo y que era el novio de Gabriella. Eso era todo. La policía se llevó una serie de mensajes telefónicos que la señora Boslicki guardaba para Steve en la cocina. Y cuando la mujer habló con la policía por la mañana, no habían averiguado nada nuevo.

Al caer la tarde los informes del hospital eran desoladores. El estado de Gabriella permanecía inalterado y el doctor Mason habló con la señora Rosenstein por teléfono en términos poco optimistas. Su estado todavía era crítico y la paciente seguía en coma. Era cuanto podía decirle por ahora, pero prometió llamarla si se producía algún cambio.

El turno de Peter debía terminar esa tarde, pero su compañero le había llamado poco antes para decirle que su mujer se había puesto de parto y que se hallaba en el piso de arriba ayudándole a dar a luz a su primer hijo. Peter aceptó cubrir su turno, lo que significaba que tenía otras veinticuatro horas de servicio por delante. Estaba acostumbrado a esas cosas y últimamente no tenía mucho que hacer, pero era la clase de situación que había arruinado su matrimonio.

– ¿Algo nuevo? -preguntó Peter en recepción cuando regresó de la cafetería.

Le comunicaron que acababan de llegar dos casos nuevos: un muchacho de diez años trasladado a la sección de quemados después de un incendio en Harlem y una mujer de ochenta y seis años que se había caído por una escalera de mármol. En otras palabras, nada interesante.

Y más por rutina que por la calma reinante, Peter decidió visitar a Gabriella. Observó los monitores durante un par de minutos y luego la examinó con cuidado. Y mientras lo hacía advirtió una mueca de dolor en su cara y se detuvo. Volvió a tocarla y observó la misma mueca, pero era difícil saber si se debía a un reflejo o a que estaba saliendo del coma. Leyó su nombre en la hoja clínica y se acercó un poco más a ella.

– ¿Gabriella?… Gabriella, abre los ojos si puedes oírme -viendo que no reaccionaba, Peter introdujo un dedo en la mano de Gabriella-. Aprieta el dedo si puedes oírme.

Estaba a punto de apartarlo cuando notó que la mano se movía. Le había oído, y Peter no pudo por menos que sonreír. Ésos eran los logros por los que vivía, por los que había renunciado a su matrimonio y a gran parte de su vida. Probó de nuevo y esta vez la presión fue más firme.

– ¿Puedes abrir los ojos? -preguntó con suavidad-. ¿O parpadear un poco? Aprieta los ojos o ábrelos… Me gustaría verte.

Durante un rato no sucedió nada, pero luego las pestañas de Gabriella temblaron levemente. Eso significaba que le oía y que su cerebro había dejado de inflamarse. Y también significaba que el trabajo de Peter acababa de comenzar. Llamó a la enfermera y le explicó lo ocurrido.

– Nos estamos acercando a la primera base. Hable con ella un rato, a ver qué pasa. Volveré más tarde.

Fue a visitar a la mujer que había caído por una escalera de mármol y la encontró en muy buen estado. Se había roto la pelvis y la cadera y exigía que la devolvieran enseguida a casa porque tenía cita con el peluquero al día siguiente. Era una mujer arisca y aristocrática y Peter sabía que no habría dudado en azotarle con el bastón de haberlo tenido a mano. Le prometió que a enviaría a casa en cuanto pudiera manejar un andador, pero que tenían que operarla por la mañana.

Y a medianoche, tras poner al día unos cuantos papeles, Peter regresó junto a Gabriella.

– ¿Cómo está la Bella Durmiente? -preguntó a la enfermera.

La mujer se encogió de hombros. Gabriella no había vuelto a reaccionar en todo ese rato. Quizá había sido un reflejo o quizá estaba tan destrozada que ya no quería formar parte de este mundo y se había retirado a un lugar donde nadie podía dañara. A veces ocurría.

La enfermera se marchó y Peter se sentó junto a Gabriella. Le puso un dedo en la mano, pero no ocurrió nada. Parecía inmersa en un coma profundo. Estaba a punto de rendirse cuando Gabriella movió un brazo y estiró dos dedos en su dirección. Tenía los ojos cerrados, pero Peter sabía que le había oído.

– ¿Me hablas a mí? -preguntó con dulzura-. ¿Por qué no me dices alguna casilla? -necesitaban saber si podía hablar, y con el tiempo razonar. Pero por ahora le bastaba una palabra, una mirada, un sonido-. ¿Qué tal una canción?

El doctor Mason trataba de forma divertida y despreocupada a los pacientes bajo las circunstancias más devastadoras, y por eso tantos enfermos como personal le querían. Por otra parte, su increíble habilidad para devolverles a la vida le habían valido el respeto de sus colegas.

– Venga, Gabriella, cántame algo. ¿Qué te parece el himno nacional? O mejor Twinkle, Twinkle -Peyer tarareó la canción con desafío y una enfermera que pasaba por delante sonrió-. ¿Y el Abc? Es la misma melodía, ya sabes. Yo haré el Abc y tú el Twinkle, Twinkle.

En ese momento Gabriella soltó un gemido que no parecía humano.

– ¿Qué era eso? -preguntó Peter, sintiendo cerca la victoria-. ¿El Abc o el Twinkle, Twinkle? He reconocido la música, pero no la letra.

Gabriella volvió a gemir, esta vez más alto, y Peter comprendió que estaba volviendo al mundo. No se trataba de ningún reflejo. Sus pestañas vibraron. Estaba intentando abrir los ojos, pero todavía los tenía muy hinchados. Peter la ayudó con delicadeza y los ojos se abrieron lentamente. Distinguió una silueta humana junto a ella, pero lo veía todo borroso y no pudo apreciar las lágrimas que asomaban en los ojos del doctor. A base de esfuerzo, habían conseguido arrancarla de los oscuros nichos de la muerte. Y era posible, aunque sólo posible, que saliera de ésta.

– Hola, Gabriella. Bienvenida. Te hemos echado de menos.

Ella gimió de nuevo. Tenía lo slabios demasiado inflamados para hablar con claridad, pero Peter se daba cuenta de que lo estaba intentando. Eran muchas las preguntas que querían a hacerle referente a la paliza, pero aún era pronto.

– ¿Cómo te encuentras? ¿Te parece una pregunta estúpida?

Gabriella asintió con la cabeza y al hacerlo sintió un fuerte dolor. Soltó un gemido y cerró los ojos. Poco después volvió abrirlos.

– Apuesto a que sí.

Más adelante, Peter podría darle analgésicos y sedantes, pero no recién salida del coma. Gabriella tendría que vivir con el dolor durante un tiempo.

– ¿Podrías decirme algo? Aparte del Twinkle, Twinkle, claro.

Ella intentó sonreír, pero el gesto le hacía daño.

– Duele… -logró farfullar al fin.

– Apuesto a que sí. ¿La cabeza?

– Sí… -susurró Gabriella con voz algo más clara-. Brazo… cara…

Apenas quedaba alguna parte de su cuerpo sin apalear. Gabriella, no obstante, sonaba bastante coherente ahora que había otras preguntas que hacerle. La policía debía regresar por la mañana. Era la peor agresión que habían visto en años y querían agarrar al autor.

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