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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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22.-

El profesor Thomas, para sorpresa de todos, había dejado sus asuntos en perfecto orden. Con su aspecto de despistado, Gabbie había esperado encontrase un lío de papeles, pero el anciano lo había dejado todo pulcramente archivado junto con instrucciones detalladas y un testamento sellado. Quería una ceremonia sencilla, preferiblemente al aire libre, en la que se leyera un pasaje de Tensión y un poema de Robert Browning que siempre le había recordado a Charlotte. Tenía una caja de seguridad en un banco y un archivador lleno de correspondencia.

La señora Rosenstein estaba desolada y se comportaba como una triste viuda, mientras que la señora Boslicki y Steve ayudaron mucho en los preparativos. Fueron a una funeraria cercana y eligieron un ataúd oscuro. El profesor sería enterrado en Long Island, junto a Charlotte. Y todo se hizo de acuerdo con sus deseos.

Algunos huéspedes fueron a Long Island para el entierro en una limusina alquilada, y Gabbie permaneció largo rato a solas junto a la tumba y posó una rosa roja sobre el ataúd. Lo único que añadieron a la ceremonia descrita por el profesor fue un poema que Gabbie le había escrito y que leyó personalmente con voz trémula. Steve estaba a su lado y le sostenía una mano y ella intentó no pensar en Joe mientras leía. Agradecía la presencia de Steve en su vida y la fuerza que ahora le transmitía. Se había portado muy bien con todos y hasta la señora Boslicki volvía a tener ahora mejor opinión de él.

El profesor Thomas fue enterrado con su único traje y el resto de sus cosas fueron a parar a una sociedad benéfica. En el New York Times apareció una nota necrológica, y por lo visto su carrera docente estaba llena de honores y premios de los que nadie tenía conocimiento. Hubo una lectura formal del testamento en la sala de estar, dirigida por un huésped que era abogado jubilado. Explicó a todos el procedimiento que se debía seguir y retiró el sello del testamento. Estaba escrito con la letra pulcra y clara del profesor, y era más una formalidad que un acto legal, pues todos sabían que sus posesiones eran sumamente escasas.

Pero cuando el abogado empezó a leer el legado todos los presentes le miraron estupefactos. Al parecer el profesor había atesorado e invertido discretamente una suma importante de dinero. Y si vivía en la casa de huéspedes no era por necesidad sino porque le gustaba.

A sus buenas amigas Martha Rosenstein y Emma Boslicki les dejaba cinco mil dólares para cada una con su amor y su agradecimiento por la bondad que le habían dispensado a lo largo de sus muchos años de amistad a la señora Rosenstein le dejaba, además, su reloj de oro, su única joya, pues sabía que significaría mucho para ella. La mujer rompió a llorar cundo el abogado leyó esa parte. Y en cuanto al resto de sus bienes, lo único valioso par él era su biblioteca y se la dejaba toda a su joven amiga y protegida Gabriella Harrison, así como lo que quedaba de sus inversiones y cuentas bancarias, las cuales, en el momento de su muerte, ascendían a poco más de seiscientos mil dólares. Hubo una exclamación general y el abogado miró boquiabierto Gabriella. Los certificados de las acciones se hallaban en la caja de seguridad del banco y según el profesor, todo estaba en regla. Gabriella no daba crédito a sus oídos. Tenía que tratarse de una broma. ¿Por qué iba a dejarle todo eso a ella? Pero el profesor lo dejaba bien claro en la carta. Sabía que Gabriella utilizaría el dinero prudentemente y que le ayudaría a emprender una carrera como escritora sin tener que preocuparse por su situación económica. El dinero podría darle la seguridad de la que no había gozado en los últimos años. El profesor decía también que Gabriella era para él la hija que nunca había tenido, y le legaba aquella fortuna con todo su amor, todo su corazón y una gran admiración por ella como escritora y como persona. Acto seguido daba las gracias a todos y les deseba lo mejor. El testamento estaba fechado y firmado formalmente: “Profesor Theodore Rawson Thomas”. El abogado les aseguró que era legalmente correcto.

Tras un breve silencio, la sala estalló en exclamaciones y felicitaciones para Gabbie. Todos se alegraban por ella y no le envidiaban su buena fortuna. Gabriella se sentía como una heredera y vio sonreír a Steve. Parecía contento por ella y se alegró de que no estuviera enfadado ni celoso. Nadie lo estaba. Todos pensaban que se lo merecía.

– Supongo que después de esto nos dejarás -se lamentó la señora Boslicki-. Ahora ya puedes comprarte tu propia casa -dijo, sonriendo entre lágrimas.

Gabbie le abrazó con fuerza.

– No seas boba. A mí nadie me mueve de aquí.

Todavía no podía creerlo, y los huéspedes no daban crédito a la fortuna amasada discretamente por el profesor. Nadie le hubiese creído poseedor de algo más que sus talones de la seguridad social, pero eso explicaba sus frecuentes salidas cenar con Gabriella. El testamento aclaraba mucha cosa, en particular lo que sentía por Gabbie, quien lamentaba no poder darle las gracias. El único agradecimiento que el anciano siempre había querido de ella era que se dedicara a escribir, y Gabriella tenía toda la intención de hacerlo, tanto en honor del profesor como por su propio placer.

– ¿Y ahora qué, princesa? ¿Un deportivo o unas vacaciones en Honolulu? -bromeó Steve mientras le posaba un brazo en los hombros.

Gabriella tenía que reconocer que la herencia iba a aliviar sus problemas. Lamentaba no poder compartir la noticia con la madre Gregoria y las hermanas de San Mateo. A lo mejor era cierto eso de que había una bendición en todo. Si no le hubieran cerrado las puertas, esto nunca habría ocurrido. Había sido un año extraordinario y le costaba creer que sólo hubieran pasado diez meses desde que dejó el convento. El profesor había escrito el testamento en junio, como si ya entonces hubiese presentido que se acercaba su hora.

Esa noche salieron todos a cenar y Gabriella invitó oficialmente, si bien la señora Boslicki tuvo que prestarle el dinero. Cuando regresaron a casa, Gabbie entró sigilosamente en la habitación del profesor para admirar la biblioteca que había heredado. Había libros muy hermosos, entre ellos la colección que le había regalado por Navidad. Gabriella se sentó frente al escritorio, contempló los archivos y abrió un cajón en busca de más papeles. Entonces reparó en un fajo de cartas marcado con el nombre de “Steve Porter” y extrañada, lo sacó del cajón. Eran copia de las cartas que el profesor había mostrado a Steve. Las cartas enviadas a Stanford y Yale y sus respuestas, así como sobres procedentes de diversos departamentos penales. Poco apoco los ojos de Gabriella se fueron llenando de horror. En ella se hablaba de un hombre que no conocía, o de varios, de un “monstruo” como el profesor le había llamad. Leyó la lista de los diferentes seudónimos, delitos y sentencias, el tiempo que había pasado en la cárcel principalmente por falsificación y exacción. Hbía estafado dinero a mujeres de varios estados. Tras entablar una relación a morosa con ellas, las utilizaba de toda las formas posibles hasta dejarlas sin un céntimo. Veces también vendía droga en pequeñas cantidades. Hacía lo que fuera necesario para sacarle el dinero a los demás. Una de las cartas hacía referencia a una entrevista entre un asistente social y Steve, quien, por lo visto, jamás terminó el bachillerato. Así que de Stanford y Yale, nada. Pero lo más aterrador no era su falta de títulos universitarios. Gabriella se daba cuenta ahora de lo que Steve había estado haciendo con ella durante los últimos siete meses. La había utilizado cruel y despiadadamente. Le traía sin cuidado quién era. No hubo ni accidente ni prometida. Sus padres murieron cuando él aún era un niño y se había criado en familias adoptivas e instituciones estatales. No tenía ninguna madre enferma en Des Moines y su padre no había fallecido el año anterior. Todo cuanto le había dicho para ganarse su compasión y su confianza era mentira. Todo. Hasta el nombre que utilizaba era falso. El Steve Porter que Gabriella conocía y creía amar era una invención.

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