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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– ¿Cómo está? -preguntaron al unísono en cuanto Gabriella apareció por la puerta.

– No lo sé. Sufrió una apoplejía y se golpeó la cabeza al caer. Tiene el lado derecho del cuerpo paralizado, pero por lo menos me reconoció. No puede hablar, aunque lo intenta, y parece muy acongojado.

No quería decirles que el aspecto del profesor era horrible, pero su cara hablaba por sí sol y la señora Rosenstein rompió a llorar. Gabriella la abrazó y le aseguró que el profesor se pondría bien.

– ¿Cómo pudo ocurrirle algo así tan de repente? -preguntó indignado Steve, y todos comentaron la suerte que había tenido de que lo hubiera encontrado antes de que hubiese sido demasiado tarde-. Supongo que el hecho de estar en pro tiene su lado bueno -comentó con cinismo, y Gabbie le miró tiernamente.

Steve había tenido muy mala suerte y Gabriella lamentaba haberle presionado tanto. Se sentía culpable. La situación del profesor le hizo pensar en los giros que podía dar la vida y lo fácil que era perder a los eres queridos. Sus problemas con Steve le parecían ahora nimiedades.

Steve se acercó y la abrazó.

– Lo siento, Gabbie.

Creía saber lo mucho que el profesor significaba para ella, pero en el fondo no lo sabía. El profesor se había convertido en el símbolo de la familia que Gabriella nunca había tenido, la única persona a quien podía acudir y con quien podía contar aparte de Steve. Era el padre que nunca había tenido, su confidente, su mentor. Él le había dado la esperanza, los elogios y el amor incondicional que Gabriella siempre había deseado. Aunque se conocían desde hacía poco, para ella significaba tanto como la madre Gregoria. Y habiendo perdido tantos seres queridos antes, sabía que la muerte del profesor la destruiría. No podía morir. No se lo permitiría.

Steve subió a su habitación y Gabriella llamó varias veces al hospital mientras la señora Boslicki y la señora Rosenstein la obligaban a cenar. Tras mucho esfuerzo y para tenerlas contentas, comió un poco de estofado y dos de los famosos buñuelos de la señora Boslicki. Y nada más terminar, se levantó de la mesa.

– Me voy al hospital -anunció mientras buscaba su bolso y entonces recordó que no tenía dinero.

Subió corriendo a su habitación. Tenía un sobre con doscientos dólares escondido en el cajón de las medias, pero al abrirlo lo encontró vacío; enseguida comprendió quién los había cogido. Y aunque no quería enfrentarse a Steve en ese momento, tampoco quería viajar en metro por la noche.

Bajó a la habitación de Steve y lo encontró leyendo unas cartas que acababa de escribir.

– Necesito dinero para un taxi -dijo Gabriella sin más.

– Lo siento, cielo, pero no tengo un céntimo. Tuve que comprar más sobres y fotocopiar mi currículum. Esas cosas cuestan una fortuna.

Parecía sentirlo de veras, pero Gabriella no estaba de humor para sus excusas.

– Venga y, Steve. Cogiste los doscientos dólares que tenía en el sobre y casi todo el dinero que llevaba en el monedero.

Los dos sabían que nadie más podía haberlo hecho.

– No he sido yo, cariño, te lo prometo. Solamente te cogí diez pavos para las fotocopias, pero con todo lo ocurrido se me olvidó decírtelo. Sólo me quedan dos dólares.

Steve le mostró la cartera. A Gabriella le indignó aún más el hecho de que mintiera. Sabía que a Steve le avergonzaba cogerle dinero y que a veces le mentía al respecto, pero sus embustes no iban a pagarle el taxi.

– Steve, por favor, necesito dinero. Tengo que ir al hospital y no cobro hasta el viernes. No puedes seguir haciéndome esto.

Últimamente, cada vez que abría el monedero par pagar algo lo encontraba vacío.

– Yo no he hecho nada -dijo Steve, mostrándose ofendido-. Siempre me estás acusando de algo. ¿No te das cuenta de lo difícil que es para mí? ¿Crees que me gusta esta situación?

– Ahora no puedo hablar de eso -dijo Gabriella, que sólo quería volver junto al profesor.

– Deja de echarme la culpa de todo. No es justo.

– Lo siento -Gabriella siempre intentaba ser justa con é, pero la falta de equidad en la relación los volví a los dos muy susceptibles-. La señora Rosenstein no ha sido -prosiguió, fingiendo serenidad-, pero desde luego hay alguien que no para de quitarme dinero. No pretendía ofenderte.

– Te perdono -dijo Steve, acercándose para besarla-. ¿Quieres que te acompañe?

L disculpa de Gabriella le había apaciguado, pero seguía ofendido. Y ella siempre se sentía fatal cuando le acusaba de quitarle el dinero. Quizá no era él. Gabriella dejaba la puerta abierta muchas veces. A lo mejor era otro huésped y viendo la expresión de Steve empezó a creerlo.

– No, gracias, no hace falta. Te llamaré si ocurre algo.

Gabriella bajó al vestíbulo y, con suma vergüenza, le pidió a la señora Boslicki dinero prestado para un taxi. La mujer le entregó diez dólares de su bolsillo. Era la primera vez que Gabriella le pedía dinero, pero no le extrañó, pues todo el mundo sabía que estaba manteniendo ese sacacuartos. Los inquilinos estaban hartos de él, de sus historias sobre Stanford y Yale y las razones por las que no encontraba trabajo. No entendían cómo podía seguir todavía sin empleo. Quizá se creí demasiado bueno para los puestos que le ofrecían. Recibía muchas llamadas, y tenían que ser por ago. La señora Boslicki lamentaba haber empujado a Steve a interesarse por Gabbie. Pensaba que la muchacha podía aspirar mucho más.

– Llámanos par decirnos cómo está el profesor -dijo mientras Gabriella salía a toda prisa de la casa.

En cuanto le vio, comprendió que la cosa no iba bien. El profesor tenía aspecto de estar sufriendo. Se hallaba muy agitado y miraba Gabbie con una intensidad que la asustaba. Al final las enfermeras tuvieron que pedirle que se marchara, pero Gabriella decidió quedarse a dormir en el sofá del vestíbulo de la UCI.

Al alba la enfermera le comunicó que el profesor estaba despierto y algo más tranquilo y Gabriella regresó a su lado.

– Hola -le susurró al oído-. Todos los de la casa te envían un fuerte abrazo. -había olvidado decírselo la noche anterior, pero estaba segura de que el profesor ya lo sabía-. Y la señora Rosenstein quiere que seas bueno y te tomes tu medicina. -la mujer se lo dijo mientras e enjugaba las lágrimas con un pañuelo-. Todos te queremos mucho.

Gbriella había pensado en la posibilidad de dejar el trabajo durante unas semanas para cuidar del profesor cuando regresara a casa. Estaba segura de que Ian lo comprendería. Le habló de un relato que había empezado la semana anterior y le dijo que a Steve le estaba encantando. En ese momento el profesor arrugó la frente, levantó la mano izquierda y agitó débilmente su famoso dedo. Gabriella sonrió, convencida de que le estaba regañando por no escribir lo suficiente.

– Escribiré más -dijo ella-, pero es que últimamente he estado muy ocupada trabajando y ayudando Steve. Lo está pasando muy mal con esto de que no encuentra trabajo -el profesor volvió a agitar el dedo. Parecía que se iba a echar a llorar-. No intentes hablar. Si te alteras me obligarán a marcharme. Cuando vuelvas a casa repasaremos lo que he escrito.

No había vendido más relatos, pero sabía que no estaba trabajando todo lo que debía. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, y ahora esto. Mientras estuviera tan preocupada por el profesor, no podría escribir un asola palabra. Lo único que deseaba ahora era inyectarle vida y ayudarle a recuperarse.

El profesor cerró los ojos y dormitó, pero cada vez que abría los ojos y veía a Gabbie a su lado la miraba intensamente, como si quisiera comunicarle algo. Ella estaba sentada en un rincón, viéndole dormir y rezando por él. No había rezado con tanto fervor desde sus días en el convento. Pensó en las hermanas y en la madre Gregoria, en su fortaleza, en su convencimiento de que Dios siempre las protegería y amaría. Gabriella se inspiró en la fe que la había ayudado a sobrevivir y confió en que el profesor Thomas la sintiera con ella.

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