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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Al llegar la tarde seguía dormitando. Su estado parecía estable y Gabriella decidió ir a casa para darse una ducha e informar a los demás. Le besó en la mejilla, pero esta vez el anciano no se movió. Por fin dormía profundamente y una vez en la puerta Gabriella se volvió para sonreírle. Estaba segura de que se recuperaría. Era fuerte y estaba luchando por seguir vivo. Y así se lo dijo a los demás. La señora Rosenstein tenía previsto visitarle esa tarde y la señora Boslicki ya estaba hablando de la comida que iba a prepararle cuando regresara. Steve no estaba en casa pero había dejado una nota a Gabriella: había ido al parque a jugar a béisbol con un amigo que sabía de un trabajo para él, y prometía verla más arde.

Gabbie permaneció en la ducha largo rato, sintiendo el agua caliente en la piel y pensando en el hombre que estaba luchando por sobrevivir en la UCI y que tanto significaba par ella. El profesor era mucho más que un a migo, era parte de su ser y sabía que no podía perderle. Haría lo que fuera para conservarlo vivo, vertería su propia vid en él si era necesario. Dios se lo había dado y no permitiría que se lo arrebatara. No tenía derecho a hacerlo. Ya se había llevado a demasiadas personas de su lado. Y su sentido de la justicia le decía que esta vez iba a ser diferente.

Esa tarde, cuando Gabriella llegó al hospital, la señora Boslicki y la señora Rosenstein le explicaron con lágrimas en los ojos que el profesor había sufrido una recaída. La parálisis del lado derecho había empeorado y le costaba respirar. Le habían hecho una traqueotomía y conectado a un respirador. Cundo Gabbie entró en la luminosa habitación, el anciano parecía exhausto.

– Me han contado por ahí que hoy has sido un poco malo -dijo ella al sentarse-. Por lo visto has pellizcado a todas las enfermeras.

Los ojos del profesor sonrieron débilmente y una vez más, la miraron con intensidad. Pero esta vez no movió el dedo, y el respirador no le permitía emitir sonidos. El profesor parecía algo más débil pero tenía mejor color. Sabedora de que podía oírle, Gabriella le habló de las cosas que harían cuando regresara a casa y se quejó de que ya nunca la sacaba a cenar.

– El hecho de que Steve forme ahora parte de mi vida no significa que no podamos salir. No tiene celos de ti, aunque debiera.

Gabriella le besó en la mejilla y el anciano cerró los ojos. Parecía estar librando una terrible batalla. Gabriella le contó que Steve estaba jugando a béisbol con un amigo que sabía de un trabajo. Los ojos del anciano se abrieron de par en par y miraron fijamente a Gabriella, pero en la habitación reinaba el silencio. Sólo se oían las máquinas que le mantenían vivo.

Gabbie pasó la tarde con él y al final llamó a Steve y le dijo que iba a quedarse toda la noche en el hospital. Steve le contó que tenía previsto cenar con los tipos con los que había jugado a béisbol es tarde. Lo habían pasado muy bien y su equipo había ganado. Todos trabajaban en despachos de Wall Street. Era un excelente contacto para él, y Gabbie se alegró de que estuviera ocupado. Se había sentido mal por dejarlo solo y después de colgar se preguntó cómo iba a pagarse la cena.

El profesor tuvo una noche bastante tranquila gracias al respirador, pues ya no tenía que esforzarse por respirar. Y a medianoche alargó una mano y tomó la de Gabbie.

– Te quiero -susurró ella.

A veces pensaba que el profesor la confundía. Su mirada era sumamente dulce y Gabriella tuvo la sensación de que se sentía feliz. Probablemente sabía que iba a ponerse bien, se dijo. Quizá, después de todo, Gabriella había conseguido infundirle ánimos, razón por la que quería estar allí con él.

A partir de ahí durmieron cogidos de la mano, y Gabriella tuvo un sueño extraño en el que aparecían Joe, su padre, Steve y el profesor. Estaba soñando con este último cuando despertó y por la ventana divisó el horizonte cubierto de vetas rosadas. Era el principio de un nuevo día y la lucha continuaba. Pero Gabriella ya no dudaba de que el profesor sobreviviría y cuando le miró tenía los ojos cerrados y la mandíbula floja. Estaba totalmente relajado. Gabriella observó el respirador y en ese momento uno de los monitores soltó un silbido y otro empezó a pitar. Sin darle tiempo a preguntarse qué ocurría, dos enfermeros irrumpieron en el curto y empezaron a presionar el tórax del profesor al tiempo que contaban las compresiones. La habitación se llenó súbitamente de gente mientras Gabbie, pesa de pánico, observaba y escuchaba. El pulmón de acero seguía respirando por el profesor, pero su corazón se había detenido. Trabajaron frenéticamente durante largo rato, hasta que alguien sacudió la cabeza y una enfermera se acercó a Gabriella.

– Ha muerto… lo siento mucho.

Gabbie miró fijamente al equipo médico, segura de que mentían. Tenían que estar mintiendo. El profesor no podía hacerle eso. Ella le había sostenido la mano y deseado con todas sus fuerzas que viviera. No podía morirse ahora. No se lo permitiría. Pero había muerto. Se había despedido lentamente de la vida para reunirse con su amada Charlotte.

Tras apagar el respirador, el equipo médico salió de la habitación y Gabbie se quedó sola, negándose a creer que el profesor hubiese muerto. Entonces se sentó a su vera, le cogió la mano y le habló como si todavía pudiera oírle.

– No puedes hacerme esto -susurró con el rostro anegado en lágrimas-. Te necesito… no me dejes aquí sola… no te vayas, por favor… vuelve…

Pero sabía que no volvería. El profesor estaba ahora en paz. Había tenido una vida llena. Ochenta y un años. y no le pertenecía a Gabriella, nunca le había pertenecido. Sólo se lo habían prestado una temporada, una temporada demasiado breve. El profesor pertenecía a dios y a Charlotte. Y al igual que los demás, la había abandonado. Sin malicia, sin rencor, sin acusaciones ni reproches. Ella no había hecho nada para herirle o alejarle. Él no la culpaba de nada. Sólo habían compartido cosas buenas. Pero aún así se había ido, cuando le llegó el momento, a otro lugar, a otro tiempo, donde ella no podía acompañarle.

Una enfermera entró para preguntarle si necesitaba algo y Gabriella se negó con la cabeza. Sólo deseba estar con el profesor el máximo tiempo posible. Y más arde le preguntaron sobre la voluntad del difunto.

– La desconozco. Tendré que consultarlo.

Pero Gabriella no sabía a quién. A la señora Rosenstein, quizá. El profesor no tenía familia ni hijos, sólo los amigos de la pensión donde había vivido cerca de veinte años, y Gabbie. Era un final triste para una vida plena y una gran pérdida para todos. El profesor le había dado tanto amor, tanta sabiduría, tanto poder a su escritura… Gabriella no podía ni imaginar qué iba a hacer sin él.

Finalmente se levantó y e dio un último beso. Entonces notó que el profesor ya no estaba, que su espíritu había volado y sólo quedaba el cuerpo, exhausto e insignificante. Lo mejor de él ya no estaba allí.

– Saluda a Joe de mi parte -le susurró, segur de que se encontrarían.

Abandonó lentamente la UCI y salió al sol radiante de julio. Hacía un día precioso y la gente entraba y salía del hospital charlando y riendo. A Gabriella se le hacía extraño que la vida continuara sin más, que el mundo no se hubiera detenido, aunque sólo fuera brevemente, para honrar la muerte del profesor. Notaba una fuerte opresión en el corazón que le trajo a la memoria el día que abandonó el convento. Y mientras regresaba caminando a casa, oyó el sonido de una puerta al cerrarse. Esta vez no tenía dinero ni para el metro, pero no le importaba. Quería un poco de aire y tiempo para pensar en el profesor. Podía sentirlo cerca, y comprendió que en realidad no la había abandonado. Le había dejado muchas cosas, muchas palabras, muchos sentimientos, muchas historias. Y aunque se había marchado como los demás, ella sabía que esta vez era diferente.

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