El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Gabriella no sabía si había ganado o perdido. Y tampoco le importaba. Todos, a su manera, habían intentado matarla: su madre, su padre, Joe, Steve… pero sin éxito. Habían llegado muy hondo e intentado destruir su espíritu, pero éste estaba fuera de su alcance y por eso la odiaban más que nunca. Gabbie rodó sobre su espalda y contempló el techo con los ojos llenos de sangre y dolor, y vio a Joe allí de pie, mirándola, diciéndole que lo sentía. Y esta vez, cuando él le tendió la mano, Gabriella miró hacia otro lado y, lentamente, se adentró sola en la oscuridad.
23.-
Esa tarde, camino de su cuarto, la señora Rosenstein vio a Gabriella tirada en el suelo de la habitación del profesor. Los muebles estaban volcados y había sangre por todas partes. Gabriella parecía una muñeca de trapo. Tenía la cara irreconocible, el pelo empastado de sangre y el cuello amoratado. Se hallaba en una postura tan forzada que la señora Rosenstein pensó que estaba muerta. Tenía que estarlo, pues no parecía respirar. Cuando la mujer empezó a gritar, los demás inquilinos acudieron alarmados.
Llamaron a una ambulancia y aguardaron apiñados en torno Gabriella, llorando. Un huésped le comprobó el pulso y dijo que, aunque débil, todavía tenía. Era imposible calcular la gravedad de su estado. A juzgar por los golpes en la cabeza, susurró otro huésped, probablemente sufría una lesión cerebral irreversible… Tan joven, tan bonita… Qué horror, musitaron mientras se preguntaban quién podía haberle hecho una cosa así. La señora Boslicki, que no podía dejar de llorar, se dijo que a lo mejor había sido Steve y que luego había huido, pero cambió de opinión al ver que sus cosas seguían en el cuarto. Le preocupaba cómo iban a contarle lo ocurrido.
Seguían alrededor de Gabriella, como dolientes en un velatorio, cuando los enfermeros irrumpieron en la casa. Tras examinarla, la trasladaron a la ambulancia y desaparecieron con la sirena aullando.
Pero esta vez Gabriella no oyó nada ni tuvo visiones. Había entrado en coma poco después de que Steve se marchara. Se hallaba en un lugar remoto, libre de todo dolor.
El equipo de la sección de traumatología al completo la atendió toda la tarde. Le encajaron el brazo y le cosieron las heridas. Las magulladuras eran espantosas y tenía casi todas las costillas rotas, si bien eran las contusiones de la cabeza lo realmente preocupante. Le hicieron varios electroencefalogramas, pero lo más importante era que el cerebro soportara la inflamación. Poco después llegó un cirujano plástico para tratarle el rostro. Gabriella tenía una herida alargada en el mentón y otra en la ceja izquierda. El médico, no obstante, se mostró satisfecho con su trabajo. Habiendo reparado en las marcas del cuello, salió del quirófano sacudiendo la cabeza y luego se detuvo a hablar con el jefe del equipo de traumatología, Peter Mason, un joven médico con quien había trabajado con anterioridad.
– Bonita paliza -comentó el cirujano plástico mientras hacía anotaciones en la hoja clínica. Gabriella había soportado dos intervenciones esa tarde, una con él y otra con el ortopedista, que le había tratado el codo-. Debió de cabrear mucho a alguien.
Le extrañaba que no la hubieran matado.
– Probablemente le quedaron duros los garbanzos -dijo Peter sin sonreír.
Necesitaban esa clase de humor para seguir adelante. Veían demasiados casos de esa índole, desde accidentes de coche y paliza casi mortales hasta gente que saltaba por una ventana y sobrevivía pese a sus esfuerzos por morir. Peter odiaba, sobre todo, ver los malos tratos que recibían los niños. La crudeza del departamento de traumatología era talque no dejaba lugar para la imaginación.
– ¿La ha visto la policía? -preguntó el cirujano plástico.
– Le hicieron fotos después de que le encajaran el brazo. Su aspecto era tremendo.
Y lo seguía siendo. Nadie podía adivinar cómo era Gabriella en realidad.
– ¿Crees que saldrá de ésta?
Peter Mason soltó un silbido. Tenía la bata manchada de sangre, la lista de las heridas era interminable y las radiografías revelaban un montón de viejas lesiones, quizá causadas por un accidente de coche. Pero esta vez el daño había sido casi mortal. Gabriella tenía el hígado y los riñones maltrechos a causa de las patadas. Se diría que ninguna parte de su cuerpo se había librado.
– Me gustaría pensar que sí -dijo Peter, aunque en realidad no lo creía.
Las heridas de la cabeza sólo constituían una complicación más. El resto de la lesiones hubiera bastado par matarla. Hasta tenía dañado un ojo.
– Espero que cojan al hijo de puta que se lo hizo -comentó el cirujano plástico.
– Su marido, probablemente -dijo Peter.
Estaba familiarizado con esta clase de casos. Maridos o novios celosos, borrachos o trastornados por nimiedades, que creían justificado cargarse otra vida para apaciguar su ego. Había visto muchas tragedias como ésa en los últimos diez años. Tenía treinta y cinco, estaba divorciado y temía estar volviéndose cada vez más amargo. Su esposa le había dejado porque ya no podía más. Nunca estaba en casa y cuando estaba tenía el busca encendido. Siempre andaba pensando en sus pacientes o salvando víctimas de accidente de coche. Su mujer aguantó cinco años y luego le dejó por un cirujano plástico que sólo hacía liftings. Y Peter, en el fondo, no la culpaba.
Esa noche comprobó varias veces el estado de la nueva paciente y todo parecía estable. Gabbie se hallaba en la UCI de traumatología junto con una mujer que había saltado desde un tercer piso y aterrizado sobre dos niños que habían muerto a causa del impacto. Otra cama la ocupaba una víctima de sobredosis de heroína que había caído a la vía del metro y estaba destinada a morir. Pero lo de Gabbie era un enigma.
Sobreviviría si luchaba lo suficiente, siempre y cuando saliera del coma.
Las enfermeras comentaron que varias personas de la casa donde Gabriella vivía habían llamado par saber cómo estaba, pero que entre elos no había familiares. Al parecer tenía un novio del que nadie sabía nada. Peter pensó que probablemente había sido el autor de la paliza, ya que un desconocido no se habría ensañado tanto. Al agresor sólo le había faltado prenderle fuego.
– ¿Ha habido algún cambio? -preguntó Peter a la enfermera de a UCI.
– No. Permanece estable.
– Esperemos que continúe así.
Era medianoche y en el departamento reinaba la tranquilidad, de modo que Peter decidió echar una cabezada. Nunca se sabía lo que podía ocurrir más tarde. En la UCI de la sección de traumatología trabajaban en turnos de veinticuatro horas y el suyo acababa de empezar.
– Avíseme si ocurre algo.
La enfermera le sonrió. Le encantaba trabajar con el doctor Mason. Era un hombre muy agradable y más guapo de lo que osaría confesar a su marido. Tenía ojos marrones y un pelo moreno y desgreñado. Pero no siempre era fácil trabajar con él. Peter Mason era muy exigente y un médico sensacional.