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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Pero siempre hay un momento en que este tipo de cosas son imposibles de ignorar. Una noche de finales de febrero, Margery le dijo a Sven que no fuera por su casa y añadió con engañosa despreocupación que tenía que ponerse al día con unas cuantas cosas. Ayudó a Sophia con los últimos libros, se despidió de Alice cuando esta salió a la noche nevada y cerró la puerta para quedarse sola en la pequeña biblioteca. La estufa estaba encendida porque Fred, bendito fuera, la había llenado de leña antes de irse a comer, con la mente puesta en otra persona. Se sentó en la silla y los pensamientos se cernieron sobre ella en medio de la oscuridad hasta que, por fin, se puso de pie, sacó un pesado libro de texto de la estantería y pasó las páginas hasta que encontró lo que buscaba. Con el ceño fruncido, estudió con atención la información. La memorizó y, después, contó con los dedos: «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, cinco y medio».

Y, después, lo hizo una segunda vez.

A pesar de lo que la gente del condado de Lee pudiera pensar de la familia de Margery O’Hare, sobre el tipo de mujer que debía de ser, dado su pasado, no era muy aficionada a maldecir. Ahora, sin embargo, maldijo en voz baja una, dos veces, y dejó que la cabeza le cayera en silencio entre las manos.

15

Los banqueros, tenderos, editores y abogados de la pequeña ciudad, la policía, el sheriff, si no el gobierno, estaban al parecer al servicio del dinero y los empresarios de la zona. Era su obligación, aunque no siempre su deseo, estar a buenas con los que tenían el poder de causarles complicaciones materiales o personales.

THEODORE DREISER, Introducción de Harlan Miners Speak

Tres familias no me han dejado que les preste ningún libro a menos que leyéramos historias de la Biblia, una persona me ha cerrado la puerta de golpe en una de esas casas nuevas que hay cerca de Hoffman, pero parece que hemos recuperado a la señora Cotter ahora que ha entendido que no vamos a tratar de tentarla con asuntos de la carne y Doreen Abney dice que si puedo llevarle la revista con la receta de pastel de conejo, que se le olvidó escribirla hace dos semanas. —La alforja de Kathleen aterrizó con un golpe sordo sobre la mesa. Se giró para mirar a Alice y se frotó las manos para quitarse la mugre—. Ah, y el señor Van Cleve me ha parado por la calle para decirme que somos abominables y que cuanto antes nos vayamos de este pueblo, mejor.

—Ya le enseñaré yo lo que es ser abominable —dijo Beth con tono amenazante.

A mediados de marzo, Beth había vuelto a trabajar a jornada completa, pero nadie había tenido el valor de decirle a Kathleen que ya no la necesitaban. La señora Brady, que era una mujer justa aunque un poco estricta, había rehusado retirar el sueldo de Izzy desde que se había ido y Margery se limitó a pasarle a Kathleen el pequeño paquete envuelto en papel de estraza. Fue una especie de alivio, pues le había estado pagando de su propio bolsillo con los pocos ahorros que había estado escondiendo desde la muerte de su padre. La suegra de Kathleen había ido dos veces a la biblioteca para llevar a sus hijos y enseñarles en qué andaba metida su madre, con la voz llena de orgullo. Los niños eran muy bien recibidos por las mujeres, que les enseñaban los libros más nuevos y les dejaban sentarse en el mulo, y había algo en la suave sonrisa de Kathleen y en el cariño auténtico con que su suegra se dirigía a ella que hacía que todas se sintieran un poco mejor.

Al ver que Alice no iba a ceder en el asunto de su regreso a la casa, el señor Van Cleve había tomado una nueva dirección, insistiéndole en que se marchara del pueblo, que su presencia no era deseada, colocándose a su lado en su coche cuando ella salía a hacer sus rondas a primera hora de la mañana, de tal forma que Spirit ponía los ojos en blanco y hacía una cabriola de lado para apartarse del hombre que gritaba desde la ventanilla del conductor.

«No vas a poder mantenerte tú sola. Y esa biblioteca va a cerrar en cuestión de semanas. Me lo han dicho en persona en la oficina del gobernador. Si no vas a volver a la casa, más vale que te busques otro sitio. Vuélvete a Inglaterra».

Ella había aprendido a seguir cabalgando con la cara mirando al frente, como si no le oyera, y esto le ponía más furioso y siempre terminaba gritándole desde mitad de la calle, mientras Bennett se hundía en el asiento del pasajero.

«¡Ni siquiera eres ya tan guapa!».

—¿Cree que Margery está de verdad conforme con que yo me quede en la cabaña? —le preguntó después a Fred—. No quiero ser un estorbo. Pero él tiene razón. No tengo ningún sitio a donde ir.

Fred se mordió el labio, como si quisiera decir algo que no podía.

—Yo creo que a Margery le gusta tenerla cerca. Como a todos nosotros —respondió con cautela.

Alice había empezado a notar cosas nuevas en Fred: la seguridad con la que apoyaba las manos en los caballos, la fluidez de sus movimientos, no como Bennett que, a pesar de su físico, parecía siempre incómodo, controlado por sus propios músculos, como si en él el movimiento encontrara salida solo de forma esporádica. Alice buscaba excusas para quedarse en la cabaña hasta tarde, ayudando a Sophia, que mantenía los labios fruncidos. Lo sabía. Ay, todos lo sabían.

—Te gusta, ¿verdad? —preguntó Sophia con descaro una noche.

—¿A mí? ¿Fred? Dios mío, yo… —balbuceó Alice.

—Es un buen hombre —dijo Sophia haciendo énfasis en la palabra «buen», como si le estuviese comparando con otra persona.

—¿Alguna vez te has casado, Sophia?

—¿Yo? No. —Sophia se llevó un hilo a los dientes y lo cortó. Y justo en el momento en que Alice se preguntaba, una vez más, si habría sido demasiado directa, añadió—: Estuve enamorada de un hombre una vez. Benjamin. Un minero. Era el mejor amigo de William. Nos conocíamos desde niños. —Levantó la costura hacia la lámpara—. Pero está muerto.

—¿Es que… murió en las minas?

—No. Unos hombres le pegaron un tiro. No se estaba metiendo con nadie, simplemente volvía a casa desde el trabajo.

—Vaya, Sophia. Lo siento mucho.

La expresión de Sophia era impenetrable, como si llevase años de práctica ocultando sus sentimientos.

—No pude quedarme aquí mucho tiempo. Me fui a Louisville y me dediqué de lleno a trabajar en la biblioteca para gente de color de allí. Me hice una especie de vida allí, aunque le echaba de menos todos los días. Cuando me enteré de que William había sufrido un accidente, recé a Dios para no tener que regresar. Pero, ya se sabe, los caminos del Señor son inescrutables.

—¿Sigue resultándote difícil?

—Lo fue al principio. Pero… las cosas cambian. Ben murió hace ya catorce años. El mundo sigue girando.

—¿Crees que… algún día conocerás a otro?

—No. Ese tren ya ha pasado. Además, no me integro en ningún sitio. Demasiado educada para la mayoría de los hombres de por aquí. Mi hermano diría que soy demasiado testaruda. —Sophia se rio.

—Eso me suena de algo —dijo Alice con un suspiro.

—Ya tengo a William para hacerme compañía. Nos llevamos bien. Y tengo esperanzas. Las cosas van bien. —Sonrió—. Hay que saber agradecer lo que uno tiene. Me gusta mi trabajo. Ahora tengo amigos aquí.

—Es un poco como me siento yo también.

Casi de forma impulsiva, Sophia extendió una delgada mano y apretó la de Alice. Esta respondió apretando la suya, sorprendida por el inesperado consuelo que le producía la caricia de un ser humano. Se quedaron agarradas con fuerza y, después, casi con desgana, se soltaron.

—Sí que pienso que es bueno —comentó Alice un momento después—. Y… bastante atractivo.

—Pues lo único que tienes que hacer es decirlo, muchacha. Ese hombre va detrás de ti como un perro detrás de un hueso desde el día en que yo llegué.

—Pero no puedo, ¿no?

Sophia levantó los ojos.

—La mitad del pueblo piensa que esta biblioteca es un hervidero de inmoralidad y que yo estoy en todo el centro. ¿Te imaginas lo que dirían de nosotras si me juntara con un hombre? ¿Un hombre que no fuese mi marido?

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