Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Pero ahora, impulsada por una larga noche de aflicción que, en cierto modo, había resultado mucho más dolorosa de contemplar que la suya, se mantuvo firme al ver el coche de color burdeos bajando por la carretera, hizo que Spirit se diera la vuelta de forma que quedó justo enfrente de él y Van Cleve se vio obligado a pisar a fondo los frenos y detenerse con un chirrido delante de la tienda, haciendo que los peatones —un buen grupo, dado que la tienda tenía una oferta especial de harina— se detuvieran a ver lo que pasaba. Van Cleve miró parpadeando a la chica del caballo a través de su parabrisas, sin saber al principio quién era. Bajó la ventanilla.
—¿Has perdido la cabeza del todo, Alice?
Alice le fulminó con la mirada. Dejó caer las riendas y su voz sonó clara como el cristal a través del aire en calma, echando chispas por la rabia:
—¿Le ha pegado un tiro a su perro?
Hubo un breve silencio.
—¿Le ha pegado un tiro al perro de Margery?
—Yo no he pegado ningún tiro.
Ella levantó el mentón y le miró a los ojos.
—No, por supuesto que usted no. Jamás se ensuciaría las manos, ¿verdad? Probablemente ha ordenado a sus hombres que fueran a dispararle a ese cachorro. —Negó con la cabeza—. Dios mío. ¿Qué clase de hombre es usted?
Vio entonces, por el gesto inquisitivo con que Bennett se giró para mirar a su padre, que él no lo sabía y una pequeña parte de ella se alegró.
Van Cleve, que se había quedado boquiabierto, recuperó rápidamente la compostura.
—Estás loca. ¡Vivir con esa O’Hare te ha vuelto loca! —Miró por la ventanilla y vio que los vecinos que se habían parado a escuchar empezaban a murmurar entre sí. Esta era una noticia muy suculenta para un pueblo tranquilo. «Van Cleve ha matado al perro de Margery O’Hare»—. ¡Está loca! Mírenla. ¡Ha llevado su caballo directo a mi coche! ¡Como si yo fuera a disparar a un perro! —Golpeó las manos contra el volante. Alice no se movió. Su voz se elevó un tono más—. ¡Yo! ¡Disparar a un maldito perro!
Y, por fin, cuando vio que nadie se movía ni decía nada:
—Vamos, Bennett. Tenemos que ir a trabajar. —Maniobró con el volante para rodearla con el coche y aceleró de forma brusca por la calle, dejando a Spirit haciendo una cabriola, asustado, cuando la gravilla le saltó a las patas.
No debería haber sido ninguna sorpresa. Sven se inclinó sobre la rugosa mesa de madera con Fred y las dos mujeres y empezó a transmitirles lo que se estaba diciendo en el condado de Harlan: hombres que eran sacados de sus camas por las crecientes disputas sindicalistas, matones con ametralladoras, sheriffs que hacían la vista gorda. En medio de todo aquello, un perro muerto no debería suponer ninguna sorpresa. Pero parecía haber dejado sin energías a Margery. Había vomitado dos veces por la conmoción y buscaba al perro de forma instintiva cuando estaban en casa, con la palma sobre la mejilla, como si aún esperara que apareciera dando saltos por la esquina.
—Van Cleve es astuto —murmuró Sven cuando ella salió de la habitación para ver cómo estaba Charley, tal y como hacía en repetidas ocasiones cada noche—. Sabía que Margery no iba a inmutarse si alguien la apuntaba con una pistola. Pero si le quitaba algo que ella quisiera…
Alice se quedó pensativa.
—¿Estás… preocupado, Sven?
—¿Por mí? No. Yo soy un empleado de peso en la empresa. Y él necesita un jefe de bomberos. No estoy sindicado, pero, si me pasa algo, todos los muchachos se irán. Lo hemos acordado así. Y, si nos vamos, la mina se cierra. Van Cleve puede tener al sheriff en el bolsillo, pero la tolerancia de la administración tiene un límite. —Tomó aire por la nariz—. Además, esto es un asunto entre él y vosotras dos. Y no querrá llamar la atención sobre el hecho de que está manteniendo una disputa con un par de mujeres. Para nada.
Dio un trago a su bourbon.
—Solo intenta asustaros. Pero sus hombres no harían daño a una mujer. Ni siquiera esos matones suyos. Se rigen por las normas de las montañas.
—¿Y los que trae de fuera del estado? —preguntó Fred—. ¿Estás seguro de que también se rigen por ese código?
Sven no parecía tener una respuesta para eso.
Fred le enseñó a usar la escopeta. Le enseñó a nivelar la culata y a apretarla contra el hombro, a tener en cuenta el fuerte retroceso cuando apuntara, recordándole que no contuviera la respiración, sino que apretara el gatillo mientras soltaba el aire despacio. La primera vez que ella apretó el gatillo, él estaba a su lado, con las manos sobre las suyas, y ella rebotó con tanta fuerza contra él que estuvo sonrojada durante una hora.
Fred le decía que tenía un talento innato mientras colocaba latas sobre el árbol caído que había al final del terreno de Margery. En pocos días, Alice sabía tirarlas como si fuesen manzanas que cayeran de una rama. Por la noche, mientras echaba los nuevos cerrojos de las puertas, Alice pasaba las manos por el cañón, lo levantaba con cuidado hasta el hombro y disparaba balas imaginarias contra los intrusos invisibles que aparecían por el camino. Apretaría el gatillo por su amiga. No le cabía la menor duda.
Porque también había cambiado otra cosa, algo esencial. Alice había descubierto que, al menos para una mujer, era mucho más fácil sentirse furiosa por alguien a quien se quiere, alcanzar ese grado de frialdad, el de querer que alguien sufra cuando le ha hecho daño a quien quieres.
Resultaba que Alice ya no tenía miedo.
14
Al tener que pasar a caballo todo el invierno, una bibliotecaria iba tan abrigada que resultaba difícil recordar cómo era su apariencia por debajo de tanta ropa: dos chalecos, una camisa de franela, un jersey grueso y una chaqueta con, quizá, una o dos bufandas encima. Ese era el uniforme diario para ir por las montañas, quizá con un par de guantes de cuero gruesos de hombre por encima de los propios, un sombrero bien calado y otra bufanda levantada sobre la nariz para que la respiración rebotara y le calentara un poco la piel. En casa, se desnudaba a regañadientes, dejando expuesto a los elementos el menor trozo de piel desnuda posible entre la ropa interior y deslizándose temblorosa bajo las mantas. Aparte de cuando se lavaba con un trapo, una mujer que trabajara para la Biblioteca Itinerante podía pasar semanas sin ver mucho su cuerpo.
Alice seguía sumida en su propia batalla privada con los Van Cleve, aunque, por suerte, parecían haberse tranquilizado por ahora. A menudo, podía vérsela en el bosque, tras la cabaña, practicando con la vieja escopeta de Fred, con los chasquidos y los silbidos de las balas al golpear contra las latas resonando por el aire en calma.
A Izzy apenas la vislumbraban, siguiendo a su madre con gesto triste por el pueblo. Y solo había apariciones intermitentes de Beth, la única persona en que se podía confiar que habría notado estas cosas o que habría hecho bromas al respecto, y ahora estaba fundamentalmente preocupada por su brazo y por lo que podía y no podía hacer. Así que nadie se dio cuenta de que Margery había ganado un poco de peso ni hizo ningún comentario sobre ello. Sven, que conocía el cuerpo de Margery como el suyo propio, sabía de las fluctuaciones que tenían lugar en la silueta femenina y disfrutaba de todas ellas por igual y fue lo suficientemente listo como para no decir nada.
La misma Margery se había acostumbrado a estar exhausta, al tratar de duplicar las rutas y enfrentarse cada día a tener que convencer a los incrédulos de la importancia de las historias, de la información, del conocimiento. Pero esto y el constante ambiente de presagio hacían que cada mañana le costara más levantar la cabeza de la almohada. El frío le había dejado huella tras varios meses de nieve y las largas horas que pasaba al aire libre le hacían sentir un hambre voraz y permanente. A una mujer así se la podía excusar por no darse cuenta de cosas que otras mujeres habrían sabido ver antes o, si lo había hecho, por esconder ese pensamiento bajo el montón de asuntos de los que se tenía que preocupar.