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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Si se pudiese probar algo. Si alguien hubiese visto… Pero sabemos que nadie vio nada. Ya ves, no hay modo de probar que somos inocentes, salvo este solo… alejándonos uno del otro, renunciando a aquello por lo cual ellos creen que cometimos este crimen.

Ahora era el momento. Debía confesarle todo. Judith tropezó con el juguete de Carlyon, que lo había dejado allí, en el escalón más alto. Ella no lo vio. Lo sucedido era obvio, porque su zapato quedó enganchado en la tela. Me llevé el juguete porque no quería que la acción de Carlyon hubiese causado la muerte de Judith. No quería que ninguna sombra alcanzase a mi hijo. Pero había una nueva disyuntiva.

Yo podía exculpar a Justin y Mellyora; ellos podían casarse, podían tener un hijo.

No, yo no podía hacer eso. El Abbas era para Carlyon. Sir Carlyon. Qué orgullosa estaría yo cuando el título fuera suyo. Me había casado sin amor; había luchado con ahínco por lo que ansiaba; había soportado muchas cosas. ¿Acaso iba a renunciar a todo por el bien de Mellyora?

Tenía cariño a Mellyora. Pero ¿qué clase de amor era el de ella y Justin? De haber estado yo en el lugar de Mellyora, ¿habría permitido que mi amante se marchara? ¿Habría amado a un hombre que podía aceptar la derrota con tanta facilidad?

No, un amor como el de ellos no valía el sacrificio.

Yo debía seguir recordándome eso.

Si ellos se hubieran amado realmente, habrían estado listos para hacer frente a cualquier cosa el uno por el otro.

Yo estaba luchando por el futuro de mi hijo y nada debía interponerse en el camino.

CAPÍTULO 06

Se pueden olvidar los episodios desagradables de la vida durante días, semanas, meses tal vez, y luego ocurre algún incidente que los revive en toda su inquietante claridad. Yo era la clase de persona que buscaba excusas por mis pecados, que podía obligarme a ver las excusas como verdad. Me estaba volviendo cada vez más esa clase de persona. Pero la verdad es como un espectro que lo persigue a uno durante toda su vida, y que aparece repentinamente cuando uno está descuidado, para perturbarlo, para recordarle que no importa cuántas envolturas agradablemente coloreadas se pongan sobre la verdad, un solo ademán brusco puede arrancarlas en un instante.

Allí estaba yo, sentada a mi escritorio, planeando la cena festiva de esa noche. Vendrían los Fedder. Tenían negocios que discutir con Johnny. Aunque nada complacido, Johnny había tenido que invitarlos. Yo sabía muy bien que Johnny y los negocios no se avenían muy bien.

Era innegable el hecho de que los asuntos de la finca no eran tan hábilmente administrados como antes, cuando Justin estaba en el Abbas. Yo sabía que Johnny, si recibía cartas que le resultaban desagradables, las arrojaba en un cajón y procuraba olvidarse de ellas. Hubo quejas de diversas procedencias. Los agricultores decían que en la época de Sir Justin se había hecho esto y aquello, que ahora se descuidaba. Quedaban sin hacer reparaciones de cabañas que debían hacerse; y la circunstancia de que Johnny estuviese dispuesto a prometer cualquier cosa que le pidieran no ayudaba en nada, puesto que no tenía ninguna intención de cumplir sus promesas. Al principio había sido muy popular; ahora todos sabían que no podían confiar en él.

Dos años hacía desde la partida de Justin. Ahora estaba en Italia y pocas veces escribía. Yo siempre esperaba que un día llegase una carta para Mellyora, pidiéndole que se reuniera con él.

Cuando se ha perjudicado profundamente a alguien, los propios sentimientos hacia esa persona cambian. Había momentos en que casi odiaba a Mellyora; en realidad me odiaba a mí misma, pero como para una persona de mi carácter siempre es difícil hacer eso, la única salida es odiar a quien ha hecho que uno se odie a sí mismo. Cuando me dominaban esos estados de ánimo, procuraba ser más dulce con ella. Sería nodriza e institutriz de Carlyon hasta que éste tuviese edad para ir a la escuela, pero yo había insistido en que se la tratara como a un miembro de la familia, comiendo con nosotros y hasta viniendo a las cenas festivas; la gente la conocía como la señorita Martin, hija del difunto párroco, antes que como la institutriz y niñera del Abbas. Yo había enseñado a Carlyon a llamarla tía Mellyora. En ocasiones, poco era lo que yo no habría hecho por Mellyora.

Mellyora había cambiado; parecía mayor, estaba más silenciosa. Era extraño, pero a medida que yo me tornaba más llamativa ella parecía volverse más descolorida. Usaba su hermoso cabello» rubio en lisas trenzas alrededor de la cabeza; yo llevaba el mío enroscado en alto, primorosamente, para que no perdiera ni un poco de su belleza. Ella vestía de gris y de negro, que sentaban bien a su piel clara, pero tan modestos. Yo pocas veces usaba negro; no me sentaba bien, y cuando lo hacía, siempre me lo ponía con un toque de vivo color; escarlata o mi verde jade favorito. Tenía vestidos de noche de gasa escarlata y seda verde jade; a veces usaba lavanda y una combinación de azul oscuro dominado por rosado.

Ahora yo era la señora del Abbas; no había nadie que se interpusiese en mi camino, y en los dos años transcurridos desde la partida de Justin había estabilizado mi posición. El desafecto de Justin me había ayudado considerablemente. Casi estaba convencida de que Haggety y la señora Rolt olvidaban durante largos períodos que yo no había nacido ni me había criado para la función que desempeñaba tan perfectamente.

Lady Saint Larston había muerto tranquilamente el año anterior, mientras dormía, por lo cual había tenido lugar otro funeral en el Abbas. Pero ¡qué distinto fue del de Judith! Serena, silenciosa y convencionalmente, tal como había vivido su vida, la dejó la anciana dama.

Y desde su muerte, mi posición se había tornado más segura todavía.

Alguien llamó a la puerta.

—Entre —dije con el tono adecuado de autoridad, ni arrogante ni condescendiente, dando simplemente una orden con naturalidad. Entraron la señora Rolt y la señora Salt.

—Oh, señora, es por la cena de esta noche —dijo la señora Salt.

—Estuve pensando en ella —dije.

Las miré, consciente de mí misma: la blanca mano sobre la mesa, sosteniendo levemente el lapicero; mi anillo de bodas con la esmeralda cuadrada, el que era un anillo de Saint Larston y Lady Saint Larston me había dado después de partir Justin. Mis pies en blancas chinelas de cuero asomando bajo la falda de mi vestido de noche, que estaba adornado con cintas de raso; mi cabello en un rodete encima de la cabeza… simple y elegantemente ataviada con las ropas matinales de una gran dama.

—Una sopa clara para empezar, señora Salt. Después creo, lenguado con una salsa que dejaré a su criterio. Perdiz o pollo… y la carne asada. Debe ser una comida simple porque, según tengo entendido por la señora Fedder, la digestión está dando algunas molestias al señor Fedder.

—No es de extrañarse, señora —dijo la señora Rolt—. Es por todo lo que se dice acerca de la mina. Aunque no creo que los Fedder tengan mucho motivo para preocuparse… Colijo que deben de haber estado preparándose para este momento. Pero ¿sabe usted, señora, si es verdad que la mina cerrará?

—No he oído nada —repuse con calma, antes de volverme hacia la señora Salt—. Un soufflé, creo, y además torta de manzana con crema.

—Muy bien, señora —dijo la señora Salt.

—Y Haggety estaba pensando en los vinos, señora —intervino la señora Rolt.

—Debe ver al señor Saint Larston con respecto a los vinos —repliqué.

—Bueno, señora, es que… —empezó a decir la señora Rolt.

Incliné la cabeza. Esta era una de esas mañanas en que ambas se estaban volviendo demasiado parlanchinas. En casi todas las ocasiones yo podía someterlas completamente.

Con altanería incliné la cabeza y tomé mi lapicero. Ellas cambiaron miradas, y salieron murmurando:

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