La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
El doctor Hilliard hablaba, dándome instrucciones; pero yo me limité a permanecer inmóvil y era como si toda la casa se burlara de mí.
* * *
Ese día, más tarde, los padres de Judith llegaron al Abbas. Su madre se parecía mucho a Judith; escultural, con los mismos ojos torturados. En esa ocasión eran torturados en verdad.
Fue al cuarto donde yacía Judith en su lecho, pues aún no le habían preparado el ataúd. Oí sus violentos sollozos y sus reproches.
—¿Qué le han hecho ustedes a mi hija? ¿Por qué permití que viniese a esta casa?
Los criados oyeron. En la escalera me encontré con la señora Rolt, que bajó los ojos para que yo no viese en ellos la excitación. Esa era una situación que encantaba a los sirvientes. Escándalo en altas esferas. Cuando hablaban de la muerte de Judith, hablarían también de su desdicha y de aquella última escena, cuando había delatado ante todos ellos sus celos de Mellyora.
* * *
Jane Carwillen llegó al Abbas, habiendo logrado que un caballerizo de Derrise la trajese. Doll, que la recibió, procuró impedirle entrar en la casa, pero ella hizo a un lado a la muchacha y exclamó:
—¿Dónde está mi joven señora? Llévenme hasta ella.
Al oír la conmoción, bajé al salón. Tan pronto como vi a la mujer, dije:
—Venga conmigo; la llevaré hasta ella.
Y abrí la marcha hacia el recinto donde yacía Judith en su ataúd.
Deteniéndose junto a él, Jane Carwillen contempló a
Judith. No lloraba, no hablaba, pero vi la congoja en su rostro, y supe que por su mente pasaban cien pequeños incidentes de la infancia de Judith.
—Y era tan joven —dijo por fin—. ¿Por qué tuvo que pasar esto?
—Estas cosas ocurren —susurré con dulzura.
Se volvió hacia mí con vehemencia.
—No tenía por qué ocurrir. Ella era joven. Tenía toda la vida por delante.
Se apartó, y cuando juntas abandonábamos el cuarto mortuorio, nos encontramos con Justin. La mirada de odio que le lanzó Jane Carwillen me sobresaltó.
La señora Rolt, que aguardaba en la sala, miró ávidamente a Jane Carwillen.
—Pensaba que a la señorita Carwillen le gustaría beber un vaso de vino como consuelo —dijo.
—No hay consuelo que usted ni nadie pueda darme —replicó la anciana.
—Siempre hay consuelo en un pesar compartido —insistió la señora Rolt—. Ábranos su corazón… y nosotros le abriremos el nuestro.
¿Era aquel un mensaje? ¿Significaba acaso: queremos decirle algo que creemos que usted debería saber?
Quizá Jane pensara eso, pues accedió a ir a la cocina y beber un vaso de vino. Media hora más tarde, sabiendo que Jane no había salido de la casa, busqué una excusa para bajar a la cocina.
Supe que los criados estaban hablando a Jane de esa ocasión en que Judith había acusado a su esposo y a Mellyora de ser amantes. Por primera vez se estaba diciendo que la muerte de Judith no era un accidente.
En la pesquisa judicial, el veredicto fue "muerte accidental". Al parecer, Judith se había hallado en un estado de semi-embriaguez, por lo cual, perdiendo pie en la escalera, había caído y había muerto.
Di testimonio, ya que la había encontrado, explicando cómo había entrado en la casa buscando el juguete de mi hijo; entonces había visto a Judith inerte al pie de la escalera y su zapato en uno de los escalones más altos. Nadie dudó de mí, aunque yo temía que mi nerviosidad me delatase. Se presumió que yo estaba alterada, lo cual era natural.
Sir Justin parecía haber envejecido diez años. Me di cuenta de que se hacía reproches. En cuanto a Mellyora, semejaba un espectro. Yo sabía que detestaba encontrarse con cualquiera de los criados. Lo había olvidado todo en cuanto a la entrevista que iba a tener, y tan aturdida estaba por lo sucedido, que ni siquiera podía pensar con claridad. ¡Qué distinta de mí era ella! De haber estado en su lugar, me repetía yo, en ese momento habría estado alborozada, viendo claro el futuro ante mí. Me habría burlado de las habladurías de los criados. ¿Qué motivos había para preocuparse cuando una pronto sería el ama de la casa, con poder para despedir a cualquiera de ellos? Ellos debían saberlo y acomodarían su actitud en consecuencia. Pero por el momento, no sabían con certeza qué giro iban a tomar los acontecimientos.
Pero tal vez yo fuese una de las personas más intranquilas de la casa. Estaba en juego el futuro de mi hijo, que ahora lo era todo para mí. No me gustaba observar mi propia vida con demasiada atención. Mi matrimonio no era satisfactorio, y en algunas ocasiones Johnny me desagradaba. Yo quería hijos; esa era la única razón por la cual lo toleraba. No lo amaba; jamás lo había amado; pero había entre nosotros un vínculo de sensualidad que oficiaba de amor. Con frecuencia había soñado en un amor que me daría todo lo que deseaba de la vida, y más especialmente entonces. Quería yo un marido a quien pudiese recurrir, que me consolara y que hiciese mi vida digna de vivirse aunque mis ambiciosos planes quedasen frustrados. Nunca me había sentido tan sola como en ese momento, porque había visto cómo, mediante un solo golpe del destino, los sueños podían ser destruidos. Me había sentido poderosa, capaz de obligar al destino a darme lo que yo quería; pero ¿acaso abuelita no me había dicho, una vez tras otra, que el destino era más poderoso que yo? Me sentía débil e indefensa, y sintiéndome así quería un brazo fuerte a mi alrededor. Pensaba cada vez más en Kim. Aquella noche en el bosque había sido importante en más de una manera. Había decidido mi futuro tanto como el de Joe.
A mi modo extraño y tortuoso, estaba enamorada de Kim, tal vez enamorada de una imagen; pero porque mis deseos siempre llegaban hondo, porque cuando quería algo lo quería apasionada y sinceramente, sabía que así era como debía amar a un hombre: profunda, apasionadamente. Y aquella noche, cuando era tan joven e inexperta que no comprendía plenamente mis sentimientos, había elegido a Kim, y luego había seguido construyendo su imagen. En el fondo de mis pensamientos estaba la creencia de que algún día Kim volvería, y que volvería por mí.
Y ahora, porque creía que podía perder todo lo que había querido para Carlyon, deseaba tener a mi lado un hombre fuerte que me consolara; me entristecía saber que ese hombre no era mi marido y que este matrimonio mío era un sórdido negociado… un matrimonio sin amor, un matrimonio entre un deseo tan feroz, por un lado, que había forzado este paso, y por el otro lado un deseo igualmente feroz pero, en mi caso, de poder y posición.
Aguardaba inquieta lo que iba a suceder; y entonces empecé a advertir que el destino me ofrecía otra oportunidad.
Habían comenzado los rumores.
Me di cuenta de esto cuando por casualidad oí un comentario hecho desde la cocina. La señora Rolt tenía una voz penetrante.
—Hay una ley para los ricos y otra para los pobres. Muerte accidental. Accidental… qué les parece. ¿Y dónde estaba él? ¿Y ella, dónde estaba? Bessie Culturther los vio, sí… caminando por el bosque de Trecannon… los caballos atados… iban tomados de la mano. Eso fue días antes. ¿Acaso hacían planes? ¿Y dónde estaban ellos cuando su señoría tuvo su muerte accidental? En fin, no conviene preguntar, ¿verdad?, porque son gente de alcurnia.
Rumores… Habladurías… Irían en aumento.
* * *
Así fue. Hubo habladurías, habladurías interminables. Todo era demasiado casual, decían las murmuraciones. Los acontecimientos no podían desarrollarse de modo tan simple. ¡Justin enamorado de Mellyora! ¡Mellyora a punto de marcharse! ¡La muerte repentina de la única persona que se interponía entre ambos! ¿Era natural suponer que Lady Saint Larston había tenido un accidente, precisamente en el momento adecuado para impedir que su marido perdiese a su amante?