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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Tenemos que encontrarlo —ordené—. Debe de estar aquí, en alguna parte.

Bruscamente pasé junto a ella. Quería acusarla, reconvenirla por su descuido. Eso se debía a que el elefante de juguete en la ventana me había recordado vívidamente cuánto la había perjudicado yo a ella.

—Carlyon, ¿dónde estás? —llamé con aspereza.

Ella se sumó a mí; pronto comprobamos que no estaba en ninguna parte de los cuartos infantiles.

Ahora el miedo espantoso, angustiante, era una certeza. Carlyon se había perdido. No tardé en tener a todos los ocupantes de la casa buscándolo. Era necesario registrar cada recoveco del Abbas, interrogar a cada sirviente. Pero yo no estaba convencida de que ellos buscarían adecuadamente. Debía buscar yo misma; por eso recorrí toda la casa… recorrí cada aposento llamando a mi hijo para que saliese si estaba oculto, implorándole que no me asustara más.

Pensé en todas las cosas que podían haberle hecho daño. Lo imaginé pisoteado hasta morir por caballos al galope, secuestrado por gitanos, cogido en una trampa… estropeado como lo había sido el pobre Joe. Y allí estaba yo, en la parte antigua de la casa, donde las monjas habían vivido, meditado y orado; me parecía sentir que la desesperación me vencía y que estaba sola con mi congoja. Tuve entonces la horrible sospecha de que mi hijo había sufrido algún daño. Fue como si el espíritu de la monja estuviese a mi lado, como si ella se identificase conmigo, como si su pena fuese la mía; y entonces supe que, si perdía a mi hijo, sería como estar emparedada por un dolor que sería tan perdurable como los muros de piedra.

Me esforcé por alejar de mí el maligno hechizo que parecía envolverme.

—No —clamé en voz alta—. Carlyon, hijo mío… ¿Dónde estás? ¡Sal de tu escondite y deja ya de asustarme!

Al salir corriendo de la casa me encontré con Mellyora, y la miré esperanzada, pero ella sacudió la cabeza diciendo:

—No está en la casa.

Empezamos a explorar los alrededores gritando su nombre. Cerca de los establos vi a Polore.

—¿Está perdido el pequeño amo? —preguntó.

—¿Lo ha visto? —inquirí a mi vez.

—Hace más o menos una hora, señora. Me estuvo hablando sobre su caballito. Se enfermó por la noche y yo se lo estaba diciendo.

—¿Estaba preocupado?

—Pues, señora, él siempre tuvo cariño a ese caballito. Le habló, le dijo que no se inquietara, que pronto mejoraría. Luego regresó a la casa, lo vi.

—¿Y desde entonces no lo ha visto?

—No, señora. Desde entonces no lo he visto.

Ordené que todos tomaran parte en la búsqueda. Se debía abandonar todo. Era necesario encontrar a mi hijo. Habíamos establecido que no se hallaba en la casa; no podía estar lejos, ya que Polore lo había visto en los establos tan sólo una hora atrás.

No puedo explicar todo lo que sufrí durante la búsqueda. Una y otra vez surgieron esperanzas y quedaron rotas. Tenía la sensación de vivir años de tormento. Culpaba a Mellyora. ¿Acaso no debía cuidarlo ella? "Si algo le ha sucedido", pensé, "habré pagado con creces todo lo que le hice a Mellyora."

Ella estaba pálida y desolada; no la había visto tan desdichada desde que se fuera Justin. Recordando que ella amaba a Carlyon, me pareció que mi dolor sería siempre suyo. Compartíamos nuestros pesares… salvo en una sola ocasión, cuando ella perdió y yo gané.

Al ver que Johnny entraba a caballo en el establo, lo llamé.

—¿Qué demonios…? —empezó él. —Carlyon se ha perdido.

—¡Que se ha perdido! ¿Dónde?

—Si lo supiéramos, no estaría perdido —repliqué. Tan grande era mi pesar, que debí darle cauce parcial en ira. Me temblaban los labios sin que pudiera controlarlos—. Estoy asustada —dije.

—Estará jugando en alguna parte.

—Hemos registrado la casa y los alrededores… —repuse.

—Miré a mi alrededor desesperada; entonces divisé el reflejo del sol sobre las Vírgenes.

Entonces fui presa de un súbito temor. Pocos días atrás yo le había mostrado las piedras, que le habían fascinado. "No te acerques a la, vieja mina, Carlyon, prométemelo." Él lo había prometido sin vacilar, y no era propenso a faltar a su palabra. Pero y si mis palabras mismas habían despertado en él alguna curiosidad, si había quedado tan fascinado que no pudo resistir la tentación de observar la mina, si había olvidado su promesa… Después de todo, aún era muy pequeño. Volviéndome hacia Johnny, le apreté un brazo diciendo:

—Johnny, y si fue a la mina…

Jamás había visto tan asustado a Johnny; sentí afecto hacia él. En algunas ocasiones le había reprochado su falta de interés en nuestro hijo. "Dios santo", pensé. "Tiene tanto miedo como yo."

—No —dijo Johnny—. No.

—Pero si lo hizo…

—Allí hay un aviso…

—No sabría leerlo. O si lo hizo, puede haber hecho que quisiera explorar.

Nos miramos con fijeza, desesperados. Luego dije:

—Tendremos que averiguarlo. Tendrán que bajar.

—¡Bajar a la mina! ¿Estás loca… Kerensa?

—Pero él puede estar allí…

—Es una locura.

—En este momento mismo puede estar yaciendo allí, herido…

—Una caída semejante lo mataría.

—¡Johnny!

—Es una idea descabellada. Él no está allí. No hay tiempo que perder. Está en la casa… Está…

—Tenemos que explorar la mina. No hay tiempo que perder. Ya… ya.

—¡Kerensa!

Lo aparté con violencia y eché a correr hacia los establos. Llamaría a Polore y algunos hombres más. Debían prepararse sin demora. Este nuevo terror me obsesionaba. Carlyon se había caído por el pozo de la vieja mina. Imaginé su miedo si estaba consciente; el horror de que no lo estuviese.

—¡Polore! —llamé—, ¡Polore!

Entonces oí ruido de cascos, y mi cuñada Essie entró a caballo en el establo. Casi ni la miré. No tenía tiempo para ello en una ocasión semejante. Pero ella me gritaba:

—Oh, Kerensa, Joe me pidió que viniese a avisarte sin demora, porque estarías preocupada. Carlyon está con su tío…

Casi me desmayé de alivio. Essie continuó:

—Llegó hace quince minutos. Dijo algo de que su caballito necesitaba a Joe. Joe me dijo que viniese enseguida y te dijese dónde está él. Dijo que tú estarías a punto de morirte de preocupación.

Johnny estaba de pie a mi lado.

—Oh, Johnny —exclamé, pues vi que él estaba tan contento como yo.

Entonces me eché en sus brazos y nos abrazamos. Jamás me había sentido tan cerca de mi marido.

* * *

Una hora más tarde, Joe llevó a Carlyon de vuelta al Abbas. Carlyon iba con Joe, de pie en el coche liviano; Joe le había permitido sujetar las riendas con él, de modo que Carlyon creía que él mismo conducía el coche. Pocas veces lo había visto yo tan feliz.

También Joe estaba feliz. Amaba a los niños y anhelaba un hijo propio; hasta el momento no había señales de que Essie le fuese a dar uno.

—¡Mamá! —llamó Carlyon tan pronto como me vio— Tío Joe vino a curar a Carpony.

Carpony llamaba a él a su caballito, un nombre derivado de "pony de Carlyon". Encontraba su propio nombre especial para todo lo que él amaba.

Inmóvil junto al coche yo lo miraba, lleno mi corazón de gratitud por verlo vivo, sano. Casi no podía contener las lágrimas. Joe, que advirtió mi emoción, dijo con suavidad:

—Envié a Essie tan pronto como él llegó, sabiendo cómo te sentirías.

—Gracias, Joe —repuse con vivacidad.

—Es un verdadero hombrecito… ya conduce mi coche ¿qué harás después?

—Ya conduzco el coche —repitió Carlyon, muy contento—. ¿Irás ahora a curar a Carpony, tío Joe?

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